Si hay algo que nos enseñó Chaves Nogales en Barbarie y civilización en el siglo XX, de Francisco Cánovas Sánchez (Alianza, 2024), título y autor reseñado en esta casa, es que al autor sevillano «no solo le dolió la dictadura de Miguel Primo de Rivera, la sublevación de Franco, el sufrimiento del campesinado andaluz, la corrupción de Lerroux, la tibieza de Azaña y el fanatismo de Largo Caballero, sino el fascismo de Mussolini, la personalidad demagógica de Hitler y la irracional y animal dictadura soviética». Esta equidistancia la defendió hasta su muerte y fue la que le llevó a afirmar que «las responsabilidades de los desmanes fueron de los matarifes del franquismo y de las organizaciones revolucionarias».
Así que regreso a los desmanes, a la ficción solapada a una atroz realidad que se manifiesta en todos los relatos que componen esta antología. Todos estos magistrales relatos han soportado la criba del tiempo, como señala Martínez de Pisón, a pesar de que Chaves Nogales ha estado algo oculto y olvidado, como le sucedió también, permítanme la comparación, a Bach. Su rescate en los años 90 y consolidación en estas dos décadas del siglo XXI, sobre todo a partir de A sangre y fuego (Libros del Asteroide, 2013), evidencian que se ha convertido, tras el cribado literario, en un clásico.
Todos los relatos son estremecedores. Todos: «Hospital de sangre» (05/12/1937), «El refugio» (30/12/1937), «El traidor» (06/01/1938), «La última lección» (20/01/1938), «Timidez» (27/01/1938), «Un excelente verdugo» (10/02/1938), «Tragedia en la Sierra de Pancorvo» (17/02/1938), «Carabinero» (24/02/1938), «La tanguera» (03/03/1938) y «Lo de Badajoz», el más brutal. En ellos se explotan las cabezas de los seres hacinados en los sótanos y refugios y se escuchan los gritos desesperados de padres buscando a sus hijos después de un bombardeo. Los cuerpos destrozados, los cadáveres que sepultan los grititos de una niña que bisbisea casi un «papá, sácame de aquí»; y que una vez rescatada, se convierte en el cadáver caliente que transporta un padre destrozado, que va caminando por la calle cuando un «avión escupió sobre aquella figura que parecía petrificada la rociada de plomo de su ametralladora […] las balas fustigaron el aire y la tierra en torno suyo, pero el hombre no se movió. El dolor le habría hecho invulnerable e invencible».
Las descripciones que el autor realiza de los bombardeos que se suceden en muchos de los relatos son desgarradoras. De igual manera, surge una pregunta cansina, que es la misma que se formulan algunos de los protagonistas: «¿Será posible que quienes así proceden sean cristianos y vivan en el santo temor de Dios?» Es este, sin duda, uno de los temas que considero nucleares a lo largo de los relatos: la esquizofrenia de muchos de los personajes de las secuencias que señalan impíamente a los agresores, significando para ellos el fusilamiento. Y viceversa: «¡Estas tías puercas! ¡Dios y su madre! ¡Cuándo acabaremos con ellas!», que son los blasfemos gritos de dos milicianos hacia las monjas que le cuidaban para curar sus heridas y mutilaciones. El odio irracional que se destila en los relatos es asfixiante. En ambos bandos. Si bien en Guerra total hay una sobreponderación hacia el bando franquista, esta deformación y desequilibrio temático no oculta que la España en guerra no era una España dividida en dos, sino una España dividida en tres, en la que dos partes trataron de hacerse con el capital humano de la tercera, sensata, viva e inteligente, que nada, pero nada de nada, pudo hacer contra las dos partes más instintivas y enfrentadas ideológicamente. Había una España de ciudadanos honrados y buenos que fue usurpada, una España, por ejemplo, en la que pilotos profesionales y valiosos prefirieron soltar las bombas que portaban en el mar antes que volar por los aires, como ya hicieron con Jaén y Guernica, Plentzia.
Hay relatos muy bien armados, como «Última lección», cuyo protagonista es salvado por el estudio; literalmente «se entregó furiosamente a la lectura» y se hizo maestro por los motivos por los que muchos nos hacemos maestros: para luchar contra la indigencia cultural, ya que la cultura y la formación son el fundamento de la socialización y la civilización. Maestro que castigat ridendo mores, o corregía las costumbres y los malos modos riendo frente al cura que «miraba a las rapazas con intención torcida y blasfemaba entre dientes con cierta soltura».
En los relatos se realzan las cualidades de los personajes que son vapuleados por lo tribal y el instinto ideológico. Personajes y gentes honradas que son caracterizados como ese «tenedor de libros y buena persona» y que percibían en la sociedad que les rodeaba algo falso y cruel. En todos los relatos se desvela este propósito del autor: mostrar que ambos bandos solo procuraron la higiene social, una higiene social fundamentada en sus pilotes ideológicos. Ideologías que validaban que un hombre podía matarse fríamente, cobardemente, sin juicio ni apelación, en mitad de un campo, al anochecer, o al amanecer. Personajes que gritan que «la guerra es más humana» que asesinar con esas infames maneras. Y para ello, solo hay que leer uno de los relatos más atroces, truculentos y salvajes del libro: «Lo de Badajoz». En él se narran —ya decía al principio que la ficción tuvo que estar muy solapada a la atroz realidad— las acciones más brutales y violentas. En ese relato, basado en hechos reales, «la mayoría de los presos eran conducidos a la plaza de toros. Pero algunos no llegaron al circo taurino. La soldadesca del Tercio y los rifeños, de cuando en cuando, se encaraban con uno de los detenidos: —A ver, tú, que tienes cara de valiente… Y lo colocaban en la fila a golpes de machete; enseguida, un machetazo brutal en la yugular y lo dejaban tendido en medio de la calle». Porque la noche trágica de Badajoz tuvo episodios de una crueldad inconcebible, como los acaecidos en la «casa de un vendedor de frutas, mientras dos sargentos de la Legión hollaban a una muchacha de veinte años, inmovilizada por un síncope, su hermana, de catorce, se debatía inútilmente para desprenderse de los hercúleos brazos de un moro, que la aprisionaba como tenazas. Indignado por las voces y patadas de la chiquilla, el morazo la sujetó con la mano izquierda por el pelo y, con la diestra, le clavó la bayoneta en un pómulo, saltándole uno de los ojos». ¡Basta!
Y así, en mitad de la barbarie física y moral de estos brutales relatos, en los que el salvajismo está tan minuciosamente descrito, brilla la lucidez que siempre ha caracterizado a Chaves Nogales y la negativa, su negativa, sin ninguna duda, a entregarse al fanatismo que emborrachó a ambos bandos. Por el contrario, Chaves Nogales, con la escritura de estos textos, evidencia la aniquilación de la tercera España, la de las gentes decentes, buenas, honradas que solo quisieron vivir en paz, pero fueron aplastadas por la maquinaria del odio.
Los relatos de Guerra total son muy crudos, estamos de acuerdo. En algunas ocasiones nauseabundos. No buscan complacer y tampoco excusar, evidentemente, pero a nosotros nos deben hacer tambalear y servir para recordarnos acerca de la certeza de que un país civilizado, cuando se agrieta, produce bestias uniformadas e ideologizadas. Chaves Nogales lo supo y evidenció, y por ese motivo dejó constancia escribiendo estos relatos con un solo fin: que tuviésemos la obligación de recordarlos. En realidad, la polémica inicial —salvada ya la distancia por un par de párrafos— en torno a la autoría de estos relatos, es secundaria. Lo que ahora nos interesa es que son relatos que merecen la pena que perduren como testigos, como testimonios desgarradores, como civilizatoria literatura y seria advertencia.
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Autor: Manuel Chaves Nogales. Título: Guerra total. Episodios de la guerra civil española. Editorial: Renacimiento. Venta: Todos tus libros.


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