Al igual que hay poesía debajo de las piedras, también surgen mariposas tras la desolación de una guerra, entre los dedos de una niña que toca el piano o en la imaginación de una mujer que se ve obligada a permanecer escondida.
Es lo que han hecho los grandes novelistas de nuestra tradición. Y si en este tiempo actual eso mismo lo procura un novelista al margen de modas y brillos mediáticos, este no hará más que rescatar lo mejor del género, en un reivindicativo y plausible ejercicio libre de complejos.
Nadie está pidiendo que escribamos como Mann, Zweig, Walser o Roth, pero uno sospecha que los lectores actuales, se reconozca o no, agradecerán el esfuerzo y la valentía de quienes —rara avis— afrontan su obra a partir de robustos parámetros de compromiso y calidad, más allá de oportunismos a vuela pluma. Porque escribir una buena novela tiene mucho de malabarismo y prestidigitación, destreza y magia; esto es, oficio, rediós, oficio.
Pues bien, oficio es lo que en primera instancia caracteriza a Manuel García Rubio, quien se muestra seguro y firme en su trabajo, experto en el manejo de los entresijos del lenguaje literario y sus arquitecturas. Tanto es así que en Mariposas sobre el piano abunda la enumeración de adjetivos en forma de eso que llaman «tríada literaria» (véase Valle-Inclán). Dicho recurso, que en otros casos puede inducir a la ramplonería retórica, en esta novela (como ocurre con Valle-Inclán) no viene sino a ratificar el virtuosismo del escritor que sabiamente se entrega a la minuciosidad descriptiva, y lo hace con la inteligente intención de que nada se nos pierda; es decir, para asegurar la exacta comprensión por parte del lector; en definitiva, para afianzar el mensaje y sus polisemias.
En Mariposas sobre el piano García Rubio crea una ambiciosa historia, donde se entremezclan denuncia, memoria y fantasía, para trasladarnos a un tiempo y un lugar sobrados de referentes y reminiscencias, pero aun así fuera de los vericuetos de un calendario al uso y un mapa oficial, pues nos adentramos en las verdaderas lindes de la literatura.
Estamos en un tiempo de posguerra muy siglo XX y ante unos hechos fácilmente aplicables a nuestra omnipresente guerra Guerra Civil del 36.
Es la historia personal de Wanda —voz narradora— y sus vicisitudes, románticamente entregada a la resistencia contra el orden opresor que resultó vencedor en la reciente contienda. Una guerra, en efecto, que queda sin nombrar pero que sentimos próxima y logramos ubicar en un espacio íntimo y desoladoramente cercano, más que ninguna otra de las guerras que hemos tenido que memorizar en la escuela, ver en los repetitivos documentales (del NO-DO a RTVE) o escuchar a diario en el entorno.
Es como si el escenario de la nueva novela de García Rubio no fuese otro que el vergonzante amasijo de guerras europeas modernas, haciendo de ellas una sola, conectándolas conceptual, sentimental y temporalmente para obtener un enorme conflicto expansivo, incomprensible y lamentable. Pero real. Estamos, pues, ante el primer gran logro que nos depara Mariposas sobre el piano.
Ello, a partir del marchamo inconfundible de este autor, que consigue depurar una prosa tan elegante como exigente, siempre invitando a la reflexión, limando hasta el extremo la correcta simbiosis entre la anécdota y la técnica y, por supuesto, permitiendo la gratificante clave de humor característica en sus trabajos, ingredientes que hacen inconfundible su prosa, al llegarnos minuciosamente calculados con sabiduría encomiable y artesanal oficio. Nada es casual. Estamos, pues, ante un escritor metódico capaz de alcanzar, como pocos, eso que llamaríamos la «perfección anárquica».
Sea por nostalgia o, quién sabe, por precisión crítica, el caso es que la nueva novela de MGR nos invita a evocar la gran prosa europea (centroeuropea, para ser más exactos) de la literatura del siglo XX; o sea, de Zweig a Hesse, de Mann a Roth, de Karinthy a Walser, y por ahí.
Al leer Mariposas sobre el piano nos adentramos en una historia densa y construida en base a tres postulados de elevada consideración: la metáfora, el lenguaje y la anécdota. Ello envuelto en un escenario no por ficticio menos real (lo cual es una gran virtud), tan histórico como utópico, tan verosímil como sorprendente.
Luego están los personajes que pueblan la novela. Principalmente, claro está, Wanda, quien nos cuenta su historia, y en torno a ella una galería de seres que enseguida se nos hacen entrañables, salvo Kremer, encarnación de la perversidad y padrino de Cindy. Precisamente es Cindy el otro referente en cuanto a la emotividad contenida en el libro y metafóricamente sustentada en el retrato inacabado que Wanda pretendió hacerle desde que, estando escondida en casa del profesor de dibujo Markus Althaus, a su vez tío de Cindy, conoció fugazmente a la muchacha.
Wanda y Cindy, por supuesto, pero también nos acompañan personajes retratados con una limpieza y minuciosidad psicológica ciertamente encomiables: el mencionado Markus Althaus (quien da refugio en su palacete a Wanda), su hermana Frederika o Patrick Berger (compañero y pareja de Wanda). Todos son amados por la protagonista, y he aquí el logro que intentamos desvelar: también por nosotros. Si bien la propia Wanda nos dice: «Vivíamos la amistad como una mutilación».
Al finalizar la lectura del libro un perdurable regusto nos acompaña desde el instante en que reconocemos que, en realidad, hemos asistido a una fábula (relato moralizante), una historia que nunca olvidaremos. Eso es, en última instancia, Mariposas sobre el piano.
Recalquemos ese otro valor que otorga una dosis significativa de credibilidad a la novela: el acierto con los nombres y las toponimias, porque nos llevan a otro lugar, igualmente reconocible, sin sacarnos de este, del nuestro. Pura magia literaria. Elementos, además, tocados de una sutil intención simbólica, así en el caso del Campo de Mandelbäum (traducido: Campo de los Almendros, como aquel que existió en Alicante recién acabada la Guerra Civil española) o, en la segunda parte de la novela, ese guiño del propio autor (nacido en Montevideo) a sí mismo al llamar la ciudad en que acabará viviendo, y triunfando, Wanda como Mountain See (es decir, Monte Video). Seguramente hay más guiños como estos dos. Tal vez el impulso biográfico subyazca en mayor medida de lo que a simple vista podamos atisbar.
En fin, el espacio de estas líneas es limitado como el teclado de un piano en la memoria. Con mariposas o sin ellas, pero siempre con guerras de por medio.
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Autor: Manuel García Rubio. Título: Mariposas sobre el piano. Editorial: Ediciones de la Torre. Venta: Todos tus libros.


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