Inicio > Libros > Adelantos editoriales > El pueblo maldito, de John Wyndham

El pueblo maldito, de John Wyndham

El pueblo maldito, de John Wyndham

Admirado por Stephen King y Margaret Atwood, John Wyndham está considerado como uno de los mejores escritores ingleses del siglo XX. Este clásico contemporáneo es la mezcla perfecta de ciencia ficción y terror.

En Zenda ofrecemos el primer capítulo de El pueblo de los malditos (RBA), de John Wyndham.

***

1

PROHIBIDA LA ENTRADA EN MIDWICH

Uno de los accidentes más afortunados en la vida de mi esposa fue el de ir a casarse con un hombre nacido un 26 de septiembre. De lo contrario, no cabe duda de que la noche del 26 al 27 habríamos estado en casa, en Midwich, lo cual habría tenido unas consecuencias de las que, nunca dejaré de agradecerlo, ella consiguió librarse.

Sin embargo, dado que era mi cumpleaños, y también, en cierta medida, dado que el día anterior había recibido y firmado un contrato con una editorial estadounidense, el 26 por la mañana partimos rumbo a Londres a modo de discreta celebración. Fue muy agradable. Unas cuantas visitas satisfactorias; langosta y Chablis en Wheeler’s, la última extravagancia de Ustinov; una cena moderada y vuelta al hotel, donde Janet disfrutó del cuarto de baño con esa fascinación que siempre le despierta la fontanería ajena.

A la mañana siguiente emprendimos sin prisas el regreso a Midwich. Paramos brevemente en Trayne, la localidad con tiendas más cercana, para comprar comida; luego seguimos por la carretera principal, atravesamos el pueblo de Stouch y giramos a la derecha por la carretera secundaria para entrar en… Pero no: un carril estaba bloqueado por un poste del que colgaba un cartel: carretera cortada. A su lado, un policía levantaba la mano.

Así pues, me detuve. El policía se acercó al lado del conductor y lo reconocí como alguien de Trayne.

—Disculpe, señor, pero la carretera está cortada.

—Entonces, ¿tengo que dar la vuelta por Oppley Road?

—Me temo que también está cortada.

—Pero…

Oí que alguien tocaba el claxon detrás.

—Si no le importa, señor, retroceda un poco hacia la izquierda. Obedecí, algo desconcertado, y un camión militar de tres toneladas, por cuyos laterales asomaban jóvenes vestidos de caqui,
pasó junto a nosotros y junto al policía.

—¿Ha estallado la revolución en Midwich? —pregunté.

—Maniobras —me contestó—. La carretera está intransitable.

—Pero no pueden ser las dos, ¿verdad? Verá, agente, vivimos en Midwich.

—Lo sé, señor. Pero ahora mismo no hay ningún acceso. Yo, en su lugar, volvería a Trayne hasta que se pueda entrar de nuevo. No puede quedarse aparcado aquí, porque hay que dejar paso.

Janet abrió la puerta del acompañante y cogió la bolsa de la compra.

—Me adelanto a pie. Tú ven cuando se pueda pasar en coche —me dijo.

El agente vaciló, y después se dirigió a ella en voz baja:

—Como usted vive allí, señora, voy a decírselo…, pero es confidencial. No sirve de nada intentarlo. Simple y llanamente, nadie puede entrar en Midwich.

Lo miramos boquiabiertos.

—Pero ¿por qué demonios no? —dijo Janet.

—Eso es precisamente lo que están tratando de averiguar, señora. Ahora, si van al Eagle, en Trayne, me encargaré de que les manden recado en cuanto la carretera esté despejada.

Janet y yo nos miramos.

—Bueno —le dijo al agente—, me parece muy raro, pero si está seguro de que no podemos pasar…

—Lo estoy, señora. Son las órdenes. Los avisaremos tan pronto como sea posible.

De poco serviría montarle un escándalo a ese agente, porque el pobre solo cumplía órdenes, y con toda la amabilidad posible.

—De acuerdo —dije con resignación—. Me llamo Gayford, Richard Gayford. Dejaré dicho en el Eagle que tomen nota si llega un recado para mí.

Conduje marcha atrás hasta llegar a la carretera principal y, confiando en la palabra del agente de que la otra carretera que conducía a Midwich también estaba cortada, di media vuelta y regresé por donde habíamos llegado. Después de cruzar Stouch, salí de la carretera y paré junto a la entrada de un terreno.

—Esto me huele a chamusquina —dije—. ¿Vamos campo a través, a ver qué pasa?

—Además, ese policía también tenía un comportamiento un poco extraño. Vamos —convino Janet, abriendo la portezuela.

Lo que hacía que aquel suceso fuese aún más inusitado era el hecho de que Midwich era, casi notoriamente, un lugar donde nunca pasaba nada.

Janet y yo llevábamos allí poco más de un año y habíamos descubierto que esa era prácticamente su principal característica. De hecho, si a la entrada del pueblo nos hubiéramos encontrado un poste con un triángulo rojo y debajo un cartel que dijera: mid-wich –no molestar, no nos habría parecido improcedente. En cuanto al motivo de que se eligiera Midwich entre otros mil pueblos para el curioso suceso del 26 de septiembre, parece que seguirá siendo un misterio para siempre.

Porque vamos a considerar lo anodino que es el sitio. Midwich queda a unos trece kilómetros al oesnoroeste de Trayne. La carretera principal que sale de esta última localidad en dirección oeste atraviesa las localidades vecinas de Stouch y Oppley, desde donde parten las correspondientes carreteras secundarias que llevan a Midwich. Así pues, el pueblo se encuentra en lo alto de un triángulo de carreteras en cuyos vértices inferiores están Oppley y Stouch; el tercer y último acceso es un camino que, como salido de un relato de Chesterton, serpentea entre colinas unos ocho kilómetros hasta llegar a Hickham, que en realidad queda a menos de cinco kilómetros hacia el norte.

En el corazón de Midwich hay un parquecito triangular, ornamentado con cinco hermosos olmos y un estanque con su barandilla blanca. El monumento a los caídos ocupa la esquina que da a la iglesia, y hacia los laterales se disponen la iglesia propiamente dicha, la casa parroquial, la posada, la herrería, la estafeta de correos, la tienda de la señora Welt y un puñado de casitas. En total, cuenta con unas sesenta casas de pueblo o de campo, un salón comunal y dos mansiones: Kyle Manor y The Grange.

La iglesia es en su mayor parte de estilo gótico perpendicular o decorado, aunque la puerta oeste y la pila bautismal son normandas. La casa parroquial es de estilo georgiano; The Grange, victoriana; Kyle Manor sostiene, sobre sus raíces tudor, numerosos injertos posteriores. Las casas de campo exhiben la mayoría de los estilos que han existido entre la primera Isabel y la segunda, pero aún más recientes que las dos últimas casas de promoción pública del condado son los anexos utilitarios que se construyeron junto a The Grange cuando la adquirió el Estado con el fin de dedicarla a la investigación.

No hay crónicas convincentes que expliquen la existencia de Midwich. No se encontraba en una posición estratégica para albergar un mercado; ni siquiera quedaba cerca de una vía de transporte relevante. Parece que surgió, sin más, en algún momento indeterminado. En el censo de Domesday figura como aldea, y actualmente es poco más que eso, ya que la era del ferrocarril pasó de largo, igual que las líneas de transporte público. Por no llegar, no llegaron ni los canales de navegación.

Que se sepa, no cuenta con yacimientos deseables: ningún ojo administrativo vio la posibilidad de que el pueblo fuera un buen lugar para establecer un aeródromo, un campo de tiro o una academia militar. Solo el ministerio metió las narices, y la remodelación de The Grange tuvo poco efecto en la vida del pueblo. Midwich ha, o más bien había, vivido y dormitado sobre su tierra fértil en una indiferencia arcádica durante un millar de años, y hasta la tarde del 26 de septiembre, no pareció que hubiera el menor motivo para que no siguiera igual durante el próximo milenio.

Sin embargo, eso no significa que Midwich carezca por completo de historia. Ha tenido sus momentos. En 1931 fue el epicentro de un brote de fiebre aftosa cuyo origen nunca se llegó a rastrear. Y en 1916, un zepelín se desvió de su rumbo y soltó una bomba sobre un campo de labranza, pero por suerte no estalló. Y antes de eso saltó a la primera plana… o, bueno, al menos a algún lugar del periódico, cuando Polly Parker la Dulce abatió a tiros a Ned el Negro, un bandolero de segunda, en las escaleras de la posada The Scythe and Stone, y, aunque es probable que la naturaleza de ese gesto de reproche fuera más personal que social, la alabaron profusamente por ello en las baladas de 1768.

Luego, además, hubo el sensacional cierre de la cercana aba-día de Saint Accius y la redistribución de los monjes por razones que en la zona han sido objeto de conjeturas intermitentes desde que tuvieron lugar los hechos, en 1493.

Otros acontecimientos incluyen la estabulación de los caballos de Cromwell en la iglesia y una visita de William Wordsworth, que se inspiró en las ruinas de la abadía para crear uno de sus sonetos laudatorios más baladíes.

Sin embargo, al margen de estos episodios, el tiempo parece haber discurrido por Midwich sin la menor turbulencia.

Tampoco sus habitantes, salvo, quizá, algunos jóvenes en su breve inquietud prematrimonial, habrían querido que fuera de otra forma. De hecho, a excepción del párroco y su esposa, de los Zellaby de Kyle Manor, del médico, de la enfermera del distrito, de nosotros mismos y, ni que decir tiene, de los investigadores, en su mayoría habían vivido allí durante numerosas generaciones en una plácida continuidad que se había convertido ya en un derecho.

No parece que aquel 26 de septiembre hubiera ningún indicio premonitorio, si bien puede que la señora Brant, la esposa del herrero, sintiera una leve inquietud al ver nueve urracas en un campo, según afirmó posteriormente, y que la noche anterior la señorita Ogle, la funcionaria de correos, se sintiera perturbada después de haber soñado con murciélagos vampiros de tamaño descomunal; pero, en tal caso, es una lástima que la frecuencia de los presagios de la señora Brant y los sueños de la señorita Ogle invalidara su valor como alarmas. No se han encontrado otras pruebas que indiquen que ese lunes, hasta el anochecer, en Midwich reinara otra cosa que la normalidad, como reinaba cuando Janet y yo partimos rumbo a Londres. Y, sin embargo, el martes 27…

Dejamos el coche cerrado, saltamos la verja y emprendimos la caminata por un campo de rastrojos, sin apartarnos del seto. Cuando se terminó, llegamos a otro campo sin arar y lo cruzamos subiendo hacia la izquierda. Era un terreno de buen tamaño, con un seto frondoso al otro lado, y tuvimos que desplazarnos más a la izquierda para encontrar una verja que escalar. Cuando ya habíamos superado la mitad de los pastos del otro lado, llegamos a la cima de la colina, desde donde ya se divisaba Midwich. No se veía gran cosa por los árboles, pero distinguimos un par de len-guas de humo grisáceo que se elevaban perezosamente y el campanario de la iglesia, que sobresalía por encima de los olmos.

Además, en la pradera contigua había cuatro o cinco vacas tumbadas, aparentemente dormidas.

No me crie en el campo; solo vivo en él, pero recuerdo haber pensado, como de pasada, que había algo raro: es muy habitual ver vacas que se echan a rumiar; pero vacas tumbadas, profundamente dormidas, pues no tanto. Sin embargo, en aquel momento solo tuve una vaga sensación de que algo no marchaba como debería. Seguimos adelante.

Saltamos la valla del prado donde estaban las vacas y empezamos a cruzarlo también. Nos llegaron unos gritos desde la izquierda. Miré a mi alrededor y distinguí una figura vestida de caqui en medio del campo contiguo. Voceaba algo ininteligible, pero la forma en que agitaba el bastón era, sin duda, una indicación de que diéramos media vuelta. Me detuve.

—Vamos, Richard. Aún faltan kilómetros —dijo Janet con impaciencia, y echó a correr hacia delante.

Yo seguía dubitativo, mirando a la figura que ahora agitaba su bastón más enérgicamente que antes y gritaba más alto, aunque seguía sin resultar inteligible. Decidí seguir a Janet, que me llevaba unos veinte metros de delantera, y entonces, justo cuando yo apretaba el paso, se le doblaron las piernas, se desplomó sin emitir un sonido y se quedó inmóvil.

Paré en seco. Fue algo involuntario. Si se hubiera torcido un tobillo o simplemente hubiera tropezado, habría corrido hacia ella. Pero fue tan repentino y absoluto que se me pasó por la cabeza la estúpida idea de que le habían pegado un tiro.

La parada fue solo momentánea. Reemprendí la marcha, vagamente consciente de que el hombre de la izquierda seguía gritando, pero yo no le prestaba atención. Fui directo hacia ella…, pero no llegué a alcanzarla.

Mi desvanecimiento fue tan inmediato que ni siquiera vi acercarse el suelo.

————————————

Autor: John Wyndham. Título: El pueblo de los malditos. Traducción: Natalia Cervera de la Torre. Editorial: RBA. Venta: Todos tus libros.

1/5 (1 Puntuación. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios