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El universo, de Isaac Asimov

El universo, de Isaac Asimov

Como lector adolescente de libros de ciencia ficción, sentía interés por los misterios del cosmos. De hecho, de Isaac Asimov (Petrovichi, Rusia, 1920 – Nueva York, 1992) leí quince novelas entre los catorce años y los dieciocho, entre las que se encontraba la saga de la Fundación y las novelas de detectives galácticos protagonizadas por Elijah Baley y R. Daneel Olivaw. Sin embargo, nunca había leído ningún libro de divulgación de Asimov. En 1992, no mucho después de su muerte, que sentí casi como la de un familiar, me matriculé en la facultad de Físicas de la Universidad Complutense, estudios que abandoné a los tres años. Las dotes antipedagógicas de los profesores que allí conocí consiguieron que olvidara mi interés por el universo.

Hace unos diez años, me tocó acompañar a unos alumnos del colegio al Planetario de Madrid. Lo cierto es que —a diferencia de a mis alumnos— me gustó mucho lo que allí escuché. Se lo comenté a mis amigos y por mi cumpleaños me regalaron dos libros relacionados con el tema: El universo, de Isaac Asimov, e Historia del tiempo, de Stephen Hawking. Fue un regalo desconcertante; eran libros que me interesaban pero no quería acercarme a ellos. Mi relación de amor-odio con el cosmos seguía vigente. Sin embargo, durante los últimos meses de 2025 me ocurrieron dos asuntos que me hicieron volver a interesarme por estos libros. En primer lugar, estaba acabando una novela de autoficción sobre los años de hierro que pasé en Físicas y en segundo lugar me interesó bastante el tema del cometa 3I Atlas, que atravesó el sistema solar. De vídeos sobre el 3I Atlas, pasé a vídeos sobre agujeros negros, galaxias, relatividad, etc. Y volví a hojear el libro de Asimov. La edición que me regalaron mis amigos era de 2009, y leí en internet que existe otra de 2012, con una revisión científico-técnica a cargo de David Galadí-Enríquez. También leí en internet que para alguien que se quiere iniciar en los misterios del cosmos, este libro de Asimov —publicado en 1966— seguía siendo una lectura válida. Así que decidí comprarme esta edición de 2012, que además tiene el nuevo formato de Alianza que permite abrir el libro mejor que el de 2009.

"La idea de la Tierra plana se fue abandonando con la experiencia de los navegantes, que observaban que según se desplazaban por el mar no siempre veían las mismas estrellas"

Los comentarios, o actualizaciones de los datos, están hechos por Galadí-Enríquez a pie de página. Sin embargo, creo que el propio Asimov fue corrigiendo su obra, porque hay comentarios en su texto que son posteriores a la fecha de 1966. También, por ejemplo, están actualizadas las fechas de muerte (posteriores a 1966) de los científicos que se nombra, en el propio texto, sin notas a pie.

El hilo argumental del libro es el siguiente: el hombre, 600 años a. C., no sabía cuáles eran los límites del mundo en el que vivía. El viaje que Asimov nos propone es el de descubrir cómo se fueron conociendo, y agrandando, los límites del mundo en el que habitamos. La idea de la Tierra plana se fue abandonando con la experiencia de los navegantes, que observaban que según se desplazaban por el mar no siempre veían las mismas estrellas. «Hacia 350 a. C. ningún científico dudaba ya de que la Tierra fuese una esfera». (pág. 22). Me sigue emocionando la historia de Eratóstenes de Cirene (276 – 196 a. C.) que con la ayuda de un palo, las matemáticas y su ingenio pudo calcular que la circunferencia de la Tierra era de unos 40.000 kilómetros, cifra muy cercana a la real.

Asimov nos hablará sobre cómo se pudo descubrir la distancia entre la Tierra, la Luna y los planetas, gracias al sistema del paralaje. Los griegos llamaban al Sol, la Luna, Venus, Júpiter, Saturno y Mercurio planetes, que significa «errantes», porque, en apariencia, eran los cuerpos celestes que se movían entre las estrellas quietas.

"Hacia 1840 los astrónomos consiguieron resolver el problema de la distancia de las estrellas. Sin embargo, la humanidad aún no sabía si solo había una galaxia o muchas de ellas"

Es curioso saber que, durante unos 1800 años, después de los griegos la astronomía no progresó nada hasta que llegaron a escena científicos como Nicolás Copérnico, para decir que era el Sol y no la Tierra el centro del universo. En 1608 Galileo Galilei reinventó el telescopio. En 1609 Johannes Kepler se dio cuenta de que las órbitas de los planetas alrededor del Sol no eran circulares sino elípticas. En 1781 Wilhelm Herschel descubrió el planeta Urano y el diámetro del sistema solar se incrementó hasta el doble de lo que se pensaba.

Más difícil que calcular la distancia de la Tierra a los planetas con la técnica del paralaje fue calcular la distancia a las estrellas. La solución me parece ingeniosa: en vez de mover la posición del observador sobre la Tierra los científicos se beneficiaron del propio movimiento de la Tierra alrededor del Sol, para hacer sus mediciones cada seis meses, cuando la Tierra se encontraba a la máxima distancia de su posición anteriormente medida. Me ha parecido bonita la historia en la que Halley (el del cometa que lleva su nombre) logra demostrar en 1718 que las estrellas sí cambian su posición respecto a nosotros, comparando su posición actual con el primer mapa estelar conocido, que fue elaborado por Hiparco en 134 a. C., momento en el que registró la posición de 800 estrellas.

"Asimov es un buen narrador y consigue que el lector se interese por esta historia de curiosidad y descubrimientos, que acaba siendo un canto al espíritu humano"

Hacia 1840 los astrónomos consiguieron resolver el problema de la distancia de las estrellas. Sin embargo, la humanidad aún no sabía si solo había una galaxia o muchas de ellas. Para saber que los brillos de algunas estrellas provenían de mucho más lejos que otras, ya que unas pertenecían a nuestra galaxia y otras a galaxias exteriores, los científicos tuvieron que desarrollar la técnica de la espectroscopia, es decir, el análisis de las longitudes de onda de la luz que llega de las estrellas. Mayor corrimiento al rojo significa más distancia.

En 1920 la posición del ser humano en la galaxia sufrió otra alteración drástica. Copérnico desplazó el centro de la Tierra al Sol, y Shapley apuntó que el Sol no era el centro de la galaxia, sino que se hallaba en realidad a las afueras de ese centro. Ya en el siglo XX se descubriría que la luz que recibíamos desde la nebulosa de Andrómeda venía desde fuera de la Vía Láctea y, por tanto, se trataba de una nueva galaxia.

Hasta la página 160, El universo me parece un libro precioso. Asimov es un buen narrador y consigue que el lector se interese por esta historia de curiosidad y descubrimientos, que acaba siendo un canto al espíritu humano. Ninguno de los astrónomos de los que se habla en el libro iba a sacar ningún beneficio económico por sus descubrimientos, pero querían saber, y ese querer saber acaba siendo definitorio y hermoso.

"En algunos momentos, el trasfondo de las explicaciones científicas puede ser un tanto complicado, pero Asimov, pese a hablar en más de una página de temas técnicos, consigue que su libro sea ameno"

El capítulo siete —titulado La edad de la Tierra— me ha gustado menos que los anteriores, pero en realidad sé que esto tiene más que ver con mis intereses personales que con la historia científica que Asimov registra en su obra. Me ocurre algo parecido con el capítulo siguiente, La energía del Sol, aunque sí que me ha gustado saber que la composición de las estrellas es principalmente hidrógeno y que, gracias a las fusiones nucleares, se va transformando en helio, que son los dos elementos más abundantes del universo. Seguía un capítulo titulado Tipos de estrellas, donde se nos hablará de las gigantes rojas, las enanas blancas, las enanas negras…

«Cuando preguntamos entonces si el Universo es eterno, lo que estamos preguntando es, en esencia, si la fusión del hidrógeno es capaz de perdurar para siempre». (pág. 283)

Asimov también nos hablará del origen del universo y de la teoría del Big Bang y de ahí pasará a hablarnos de las partículas sin masa. El libro acabará hablando de los cuásares, que son partículas de luz procedentes de los lugares más lejanos del universo conocido y, con un recorrido circular, volvemos al inicio: por ahora conocemos estos límites, pero ¿dónde acaba el universo que podemos conocer?

Como ya he apuntado, algunos temas me han resultado más interesantes que otros. En algunos momentos, el trasfondo de las explicaciones científicas puede ser un tanto complicado, pero ya he apuntado que Asimov, pese a hablar en más de una página de temas técnicos, consigue que su libro sea ameno. En definitiva, Asimov rinde homenaje en El universo al espíritu humano de conocimiento y superación y, esto, en la mayoría de las páginas, es un viaje emocionante.

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