De Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897 – Londres, 1944) había leído, hasta ahora, el volumen de cuentos A sangre y fuego (1937, Santiago de Chile), donde hablaba de la violencia de la guerra civil, perpetrada por ambos bandos. Fue un libro que me gustó mucho y, desde entonces, he tenido ganas de volver a él. Hace unos años encontré en una librería de segunda mano del barrio de Pueblo Nuevo una edición prácticamente nueva de Los secretos de la defensa de Madrid, publicada por la editorial Renacimiento de Sevilla, en 2017. Con mi desbarajuste de lecturas habitual, en el que priorizo los libros que pido a editoriales sobre los que compro yo, se me había ido quedando sin leer, hasta este mayo de 2026, en el que me apeteció hacer un alto en el libro Novelas cortas, de Iván Turguénev, y me puse con este libro de Chaves Nogales.
Después del prólogo de Antonio Muñoz Molina hay una «nota del editor» en la que se le informa al lector de que esta edición de 2017 es algo diferente de la que ya existía de 2011, principalmente porque en 2011 no pudieron conseguir de la revista mexicana Sucesos Para Todos el capítulo X y se tuvo que retraducir al español de una traducción al inglés. Además, en 2017 pudieron utilizar una edición en rústica completa y disponer así de todo el material gráfico. Además aquí se han añadido dos trabajos finales de Chaves Nogales, publicados en la revista mexicana Hoy el 18 en 1939.
Los acontecimientos que narra Chaves Nogales en este libro son los mismos de los que se ocupa el libro de cuentos Largo noviembre de Madrid (1980), de Juan Eduardo Zúñiga, cuando se organizó la defensa de Madrid, por parte de la república, contra las fuerzas franquistas que deseaban conquistarla. Zúñiga centraba su atención sobre todo en la gente de las calles de Madrid, atemorizada por los bombardeos franquistas sobre la capital. También leí sobre estos hechos en el libro de historia La Guerra Civil española, de Paul Preston, aunque en el libro de Preston esta defensa de Madrid no ocupaba tantas páginas ni era contada con tanto detalle como lo hace Chaves Nogales en Los secretos de la defensa de Madrid.
En gran medida, la crónica de Chaves Nogales es una reivindicación de la figura de José Miaja, que fue el general que, fiel a la República, se quedó en Madrid organizando su defensa mientras el gobierno huía hacia Valencia. En noviembre de 1936, Miaja es un militar, con una carrera poco destacada, que ya tiene cincuenta y ocho años, pero con unas convenciones firmes sobre sus funciones en la guerra, en un contexto que, como vamos a ver, le era bastante desfavorable. En cambio, dentro del bando republicano, Chaves Nogales va a tener una mirada negativa sobre Francisco Largo Caballero, el presidente del gobierno en ese momento. «Largo Caballero ha recorrido los frentes de la Sierra disfrazado de caudillo tropical, cubierto con un inverosímil sombrero de alas anchas y armado con un rifle» (pág. 18). De hecho, Chaves Nogales va a documentar la tensión entre Miaja y Largo Caballero, ya que este último pensaba, desde Valencia, que quizás Miaja tuviera el deseo de convertirse en la cabeza de la República, quitándole el puesto, y esto hará que Largo Caballero, por ejemplo, no le envíe armas en momentos complicados de la contienda y Miaja vaya a la retaguardia a apropiarse de ellas por la fuerza, lo que dificultará aún más las relaciones entre ambos líderes.
Aunque la figura de Francisco Franco aparece de un modo difuminado y lejano en este libro, Chaves Nogales también le lanza alguno de sus dardos: «Si Franco hubiese sido efectivamente un gran capitán, sus tropas hubieran entrado aquella mañana en Madrid. Le faltó la intuición genial, la resolución fulminante, la videncia típica del caudillo» (pág. 32).
Otro problema con el que se va a enfrentar Miaja es que el pueblo de Madrid desconfía de los militares fieles a la República, porque piensa que pueden ser traidores, y se fían mucho más de los líderes populares, salidos de los sindicatos, muchos de los cuales tienen buena voluntad, pero no formación militar. De este modo, es difícil para Miaja organizar una defensa sólida de la ciudad, ya que los sindicatos y asociaciones obreras funcionan, en gran medida, de un modo independiente, y pronto, además, empezarían las tensiones entre los comunistas y los anarquistas. «Otros son hombres de acción de los partidos revolucionarios, bárbaros caudillos del pueblo, guerrilleros típicamente españoles, dignos descendientes del Empecinado, hombres jóvenes, fuertes, temerarios, pero incapaces de sostener la lucha contra un ejército moderno y bien equipado con tanques y aviación”. (pág. 33).
La mano derecha de Miaja va a ser el teniente coronel Vicente Rojo, al que Miaja nombra jefe del Estado Mayor del ejército que defiende Madrid. En menos de seis horas desde que se marchó el gobierno, Miaja ha rehecho un aparato defensivo para Madrid.
En las páginas del libro se homenajea a algunas personas anónimas del pueblo de Madrid que actuaron de una forma heroica, como a la costurera Teresa, que sale a la puerta de su casa a arengar a los milicianos y morirá de un balazo, o Antonio Coll, un marinero que se atreve a ponerse delante de un tanque franquista, con un cinturón de bombas que le arroja, y logrará reventar uno, aunque perecerá al tratar de repetir su hazaña.
También hay ciudadanos que no participan en la defensa de Madrid, y algunos de ellos, al salir del metro, son obligados a ir a cavar zanjas para hacer trincheras. «Treinta y seis mil hombres ha costado a Madrid su resistencia este primer mes», leeremos en la página 133. Entre otras cosas, los primeros días Madrid pudo salvarse de su caída, porque llegaron a la ciudad unos 3.500 soldados de las Brigadas Internacionales, sobre todo comunistas alemanes e italianos, que habían combatido en la Primera Guerra Mundial y tenían experiencia en la guerra de trincheras.
Cuando escribí mi novela de no ficción sobre la Guerra Civil, en la que investigaba sobre un caso de asesinato en el que se vio envuelto un familiar mío, contacté con historiadores aficionados de la Guerra Civil y uno de ellos me contó una historia que recoge también aquí Chaves Nogales: las fuerzas españolas capturan un tanque en el que un militar muerto tiene un documento con la estrategia para tomar Madrid, y al poder diseñar una contraestrategia, en función de esta información, se pudo contener el ataque.
Uno de los escenarios de la guerra en Madrid va a ser la Ciudad Universitaria, muchos de cuyos edificios se habían levantado hacía poco, y allí tenían que aguantar los soldados republicanos casi sin medios, envueltos en periódicos para soportar el frío de las noches.
En las páginas 132-133 leemos: «Con más sosiego ya, Miaja, asistido por la Junta de Defensa, se dedica a organizar la vida de esta ciudad de un millón de habitantes que están bajo el fuego continuo de las baterías enemigas. Crea un consejo ordenador de los servicios de vigilancia, centraliza los abastecimientos en los que había antes una rapiña indecorosa, persigue implacablemente a los asesinos que actuaban a favor de la impunidad revolucionaria y poco a poco va creando una normalidad y un orden en medio del caos de la guerra y la revolución». Chaves Nogales está en contra de los asesinatos de civiles que se cometieron en el lado republicano y honra a Miaja al hablar de su preocupación por este tema. «¡Hay que acabar con los asesinos! Esa fue la obsesión de Miaja desde el primer día», leemos en la página 141. Muchos de estos asesinatos provenían de agentes descontrolados que se movían por la venganza personal y el deseo de robar joyas y dinero de las víctimas. Miaja tendrá también que mediar con líderes anarquistas como Cipriano Mera que, ante un revés en el frente, cree que sus hombres han sido traicionados por los militares republicanos, y también tendrá que lidiar en las tensiones entre comunistas y anarquistas, cada vez más tensas por el control de los escasos víveres que llegan a Madrid por la carretera de Valencia.
Algo llamativo es que, dentro del dramatismo y la tensión de todo lo contado, Chaves Nogales encuentra ocasión para narrar algunos sucesos con humor, un humor que se desprende del pueblo de Madrid, capaz de enfrentarse a la tragedia desde la broma. Me he reído con una historia sobre unos soldados franquistas apresados, que al encarcelarlos piensan (debido a la propaganda fascista) que se encuentran entre bestias, que no van a dudar en matarlos de inmediato. Además de que piensan que los soldados de Madrid son todos rusos, entre otras cosas porque los madrileños han jugado a confundirlos con esto, cantando en las trincheras coplillas con un lenguaje inventado, que imitaba al idioma ruso, y prisioneros y carceleros acaban todos riendo al descubrirse el engaño. La escena y el capítulo, sin embargo, acaban con un soldado franquista que empieza a suplicar que le dejen libre para visitar su casa familiar, donde vive su madre, porque ha estado durante semanas bombardeando Madrid y teme haber sido el causante de su muerte. Absurdo, humor y drama se hilan en un revoltijo muy ibérico.
Antes de llegar al apéndice, el libro termina con un alegato final en contra de la guerra, usando la metáfora de los combates precisamente en la Ciudad Universitaria, un centro que debería haber sido de saber: «Esa mala levadura que hay en el comunismo y en el fascismo, así como en la barbarie anarquista o autárquica y en el internacionalismo revolucionario o el nacionalismo reaccionario, fue la que hizo morir y matar a aquellos millares de bárbaros que se acometieron como fieras rabiosas precisamente en el terreno que España había destinado a los más soberbios templos de la cultura que se habían erigido en Europa. No por demasiado fácil es desdeñable el simbolismo de que fuese allí precisamente, en la Ciudad Universitaria, donde el destino quiso que se afrontasen las dos modernas concreciones de la humana bestialidad». En cualquier caso, no se puede hablar de equidistancia en Chaves Nogales, porque se muestra de forma clara en contra del golpe de estado franquista.
Me ha gustado mucho Los secretos de la defensa de Madrid. Chaves Nogales escribe con un grandísimo sentido del ritmo, y lo narrado siempre tiene interés. Los detalles de los que nutre su crónica son muy vivos. He pensado en algún momento que estaba novelando y que se inventaba algunas partes, o las suponía, como los sentimientos de Miaja, pero, por lo que leo en internet, se entrevistó con testigos y se documentó bastante para escribir este libro.
Me han gustado menos los textos del apéndice, titulados Los días de agonía del gobierno del Dr. Negrín y Cómo cayó Madrid: horas de angustia, que no formaban parte de la crónica de Madrid y me han parecido algo innecesarios. En cualquier caso, ha regresado a mí el mismo sentimiento con el que acabé de leer A sangre y fuego: debo leer más libros de Manuel Chaves Nogales, porque es un grandísimo escritor.


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