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La memoria de las bellas durmientes

La memoria de las bellas durmientes

«Las corrientes del tiempo nunca son iguales para dos personas, ni siquiera tratándose de amantes», escribe Kawabata. El tiempo es diferente, y las experiencias que vivimos en conjunto son, a su vez, únicas en su desarrollo. La vivacidad que experimenta alguien puede encontrar su contrapartida emocional en otra persona. Y, con el paso de los años, ciertas sensaciones se contemplan a través de un prisma distinto, anhelando el candor o la viveza de las primeras veces.

En esto mismo, en la melancolía y en el silencio, es donde se yergue la pluma creativa de Yasunari Kawabata, cuyo territorio literario está plagado de pausas, de caminatas nocturnas y de belleza en lo sutil. Y esa belleza puede llegar a tornarse grotesca o repulsiva, asfixiante, según la forma en que se materialice. Pocas obras ilustran mejor esta idea que La casa de las bellas durmientes (Seix Barral, edición de 2026).

"Kawabata, primer japonés ganador del Premio Nobel de Literatura, en 1968, y precursor del estilo Shinkankaku-ha, consigue concebir en esta breve pieza lo que su discípulo Mishima definió como un fascinante submarino de opresión"

Yasunari Kawabata, primer japonés ganador del Premio Nobel de Literatura, en 1968, y precursor del estilo Shinkankaku-ha, consigue concebir en esta breve pieza lo que su discípulo Mishima definió como un fascinante submarino de opresión, donde lo sensual se ve retorcido al enfocar la mirada, donde lo ético se desdibuja conforme suceden los acontecimientos y donde el lector termina valorando y reflexionando sobre su propia moral.

Kawabata presenta al sexagenario Eguchi, un hombre que ve cómo tiene más pasado que futuro. Movido por la curiosidad despertada por el comentario de un amigo, decide visitar al anochecer una casa próxima al mar, mecida por el viento y el rumor de las olas. En ella, una construcción simple y austera que solo aloja a un cliente por visita, se narcotiza a jóvenes. Chicas de las que emana el calor de la juventud, a las cuales drogan y desnudan por completo antes de acostarlas en una habitación envuelta por el tono carmesí. Allí, los clientes de confianza, hombres sumergidos en la senilidad, se desnudan y se acuestan junto a los cuerpos jóvenes de esas chicas anónimas. La encargada de la casa solo pide respeto hacia ellas y que no infrinjan la norma de intentar despertarlas.

Los pensamientos iniciales, el choque de la escena y el pudor que experimenta Eguchi al comienzo exploran la ética de la situación. El hecho de si se está actuando de manera ilegal o irrespetuosa, de si se está entrando en el campo del acoso sexual o de si penetramos en el terreno de El lector, de Bernhard Schlink, o de Lolita, de Nabokov: tocar los pechos, el cabello o partes más íntimas de las jóvenes mientras irradian la suave calidez de una juventud próxima a extinguirse.

Porque es en ese espacio donde, con el contacto de las bellas durmientes, los clientes evocarán sus recuerdos, bellos y trágicos. Una exploración de su psique enmarcada en la presencia de la figura femenina. Eguchi se abre para mostrar sus amoríos, desgracias emocionales y preocupaciones filiales a lo largo de su trayectoria vital. El olor de las jóvenes dormidas, una distinta en cada ocasión que visita la casa, impulsa la reminiscencia de amantes ya fallecidas y de traiciones a su mujer. Le hace sentirse culpable y, a la vez, agradecido por la situación. Piensa en cómo sería morir al lado de una joven como las que allí se encuentran.

"Kawabata fascina con un estilo pulcro y bello, directo, aunque sutil. Nos desconcierta por la manera en que los japoneses conciben sus relaciones sentimentales y eróticas"

La asfixiante situación que proyecta Kawabata sirve para ahondar, a su vez, en lo que simboliza la vejez, en la fealdad que allí reside. En lo grotesco que puede llegar a ser alcanzar cierta edad, donde reinan el dolor, la pérdida o la enfermedad. En cómo se contrapone la belleza de las jóvenes con la decrepitud de los ancianos, los cuales no llegan a quebrantar la inocencia y virginidad de las bellas durmientes, muchas de ellas menores. Las conciben como elementos sagrados que les insuflan ímpetu en su solitaria situación, porque la senectud está inmersa en grandes sumas de soledad.

Kawabata fascina con un estilo pulcro y bello, directo, aunque sutil. Nos desconcierta por la manera en que los japoneses conciben sus relaciones sentimentales y eróticas. Condensa un laberinto de sensualidad, tan reprobable como necesario, para desnudar la condición humana: la soledad de la vejez, la ambición de la juventud, la mercantilización del cuerpo y la atracción por lo prohibido.

Y es que con La casa de las bellas durmientes erige una de sus obras cumbre, una que fascina y repugna mediante la estética de la belleza, la juventud y la decadencia. En el fondo, esa es una de las funciones esenciales de la literatura: confrontarnos con realidades incómodas, aquellas que intentamos ignorar.

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Autor: Yasunari Kawabata. Título: La casa de las bellas durmientes. Traducción: M. C. Editorial: Seix Barral.

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