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La ascensión, de Vasil Bykaŭ

La ascensión, de Vasil Bykaŭ

Es pleno invierno en la retaguardia del frente oriental y dos guerrilleros se adentran en la zona ocupada por los nazis en busca de provisiones. En el momento de ser descubiertos y capturados por el enemigo, se desencadena un intenso duelo moral en torno a la lealtad, la traición y la dignidad.

En Zenda ofrecemos un extracto de La ascensión (Altamarea), de Vasil Bykaŭ.

***

Iban a través del bosque por un camino perdido en la nieve, en el que se habían borrado las huellas de los cascos de los caballos, las rodadas de los carros y las pisadas del hombre. Por allí, seguramente, incluso en el verano había habido poco movimiento, y ahora, después de las prolongadas nevascas de febrero, la nieve lo había igualado todo, y si no fuera por el bosque —los abetos alternaban con los alisos, que sobresalían desigualmente por ambos lados, formando un corredor que apenas blanqueaba en la noche—, hubiera sido difícil darse cuenta de que aquello era un camino. Y, sin embargo, lo habían visto. Mirando a través de los desnudos arbustos, envueltos en la sombra del crepúsculo, Rybak reconocía cada vez más aquellos lugares que ya había recorrido en el otoño. Entonces él y otros cuatro del grupo de Smoliakov pasaron al atardecer por este camino para llegar al caserío, y también iban con intención de abastecerse de algunas provisiones. Sí, allí estaba la barrancada, que él recordaba bien: al borde de ella se sentaron a fumar tres de los del grupo, mientras esperaban que los otros dos, que se habían adelantado, dieran la señal de seguir. Pero ahora no había manera de llegar hasta el barranco; en la orilla se había formado una cornisa de nieve, y los pequeños árboles sin hojas que se agarraban a las laderas estaban hundidos en ella hasta la misma copa.

Al lado, sobre las cimas de los abetos, se deslizaba lentamente por el cielo una brumosa luna menguante, que apenas alumbraba: solo se percibía débilmente entre el frío centelleo de las estrellas. Pero con ella no se sentía uno tan solo en la noche: parecía como si algún ser bondadoso los acompañara por este camino. Un poco más lejos, el bosque se tornaba tenebroso debido al oscuro tejido de los abetos, al boscaje, a las sombras confusas y al entramado de las ramas heladas; pero cerca, el camino se distinguía bien sobre el limpio manto de nieve. Y aunque el hecho de que el camino pasara allí por la impoluta llanura de nieve hacía la marcha más difícil, en cambio les protegía contra cualquier sorpresa, y Rybak pensó que no era probable que alguien les estuviera acechando en aquella espesura. Pero, pese a todo, había que estar en guardia, sobre todo después de lo de Gliniány, donde dos horas atrás habían estado a punto de toparse con los alemanes. Afortunadamente, a la entrada de la aldea se encontraron con un hombre que llevaba leña y les advirtió del peligro; entonces volvieron a entrar en el bosque y durante largo tiempo anduvieron errando por los matorrales, hasta que lograron salir al camino por el que ahora avanzaban.

A Rybak no le asustaba mucho la idea de un encuentro casual en el bosque o en el campo: iban armados. La verdad es que no tenían muchos cartuchos, pero qué se le iba a hacer: los que se habían quedado en el pantano de Gorely les dieron los que podían de sus más que escasas reservas.

Ahora, además de los cinco cartuchos que llevaba en la carabina, a Rybak de vez en cuando le tintineaban tres cargadores en los bolsillos de la zamarra, y otros tantos tenía Sótnikov. Lástima que no se hubieran provisto también de algunas granadas de mano, pero a lo mejor no les hacían falta y para el amanecer ya estarían los dos de vuelta en el campamento. Por lo menos, deberían estar. Aunque, a decir verdad, Rybak se daba cuenta de que después del contratiempo en Gliniány se habían retrasado un poco y tenían que apresurarse, pero su compañero le estaba fallando.

Mientras caminaban por el bosque, Rybak iba oyendo todo el tiempo a sus espaldas la tos profunda y catarrosa de su compañero, que unas veces sonaba cerca y otras se alejaba. Pero de pronto dejó de oírse por completo, y Rybak, acortando el paso, miró hacia atrás: Sótnikov, que se había quedado muy rezagado, apenas si avanzaba entre la oscuridad de la noche. Dominando su impaciencia, Rybak observó un instante con cuánta dificultad caminaba por la nieve, arrastrando los pies hundidos en sus rígidas y gastadas botas de paño, con la cabeza gacha y el gorro calado hasta las orejas. Aun desde lejos, en el silencio de la gélida noche, se oía su respiración jadeante, que Sótnikov no podía calmar ni cuando se detenía.

—Qué, ¿puedes seguir?

—¡Ah! —dejó escapar Sótnikov con tono indefinido, al tiempo que se colocaba bien el fusil sobre el hombro—. ¿Cuánto nos queda?

Antes de contestar, Rybak se detuvo y escrutó la flaca figura de su acompañante, envuelta en un corto capote con el cinturón muy apretado. Él sabía que Sótnikov no daría el brazo a torcer y, aunque no pudiese, se haría el animoso y diría que no pasaba nada. ¿Sería para evitar la compasión ajena? Otra cosa no tendría, pero lo que es amor propio y tozudez tenía para dar y tomar este Sótnikov. Le había tocado esta tarea debido en parte a su amor propio: estaba enfermo, pero no quiso decírselo al jefe cuando este vino junto a la hoguera para buscar un compañero para Rybak. Primero el jefe llamó a dos —a Vdovets y a Glúschenko—, pero Vdovets acababa de desarmar la ametralladora y se disponía a limpiarla, y Glúschenko dijo que tenía los pies mojados: había ido a por agua y se cayó en una charca, hundiéndose hasta las rodillas. El jefe llamó entonces a Sótnikov, y este se levantó sin decir ni una palabra. Cuando ya se encontraban en camino y a Sótnikov empezó a fastidiarle la tos, Rybak le preguntó que por qué no había dicho nada, cuando los otros dijeron que no podían. Entonces Sótnikov contestó: «Por eso precisamente no me negué, porque los otros se habían negado». Rybak no podía comprenderlo, pero después pensó que, al fin y al cabo, no había por qué alarmarse: el hombre se mantenía en pie, y la tos no era gran cosa. En la guerra no se muere de un resfriado. Llegarían a alguna casa, se calentaría, comería patatas calentitas y todo el mal desaparecería como por encanto.

—Vamos, ya estamos cerca —dijo Rybak con tono animoso, y se volvió para continuar el camino.

Pero no había tenido tiempo ni de dar un paso cuando Sótnikov, de nuevo, se atascó con un prolongado golpe de tos que le salía de las entrañas. Haciendo esfuerzos para contenerse, se doblaba, se tapaba la boca con la manga, pero con esto solo conseguía que la tos se hiciese más fuerte.

—¡La nieve! ¡Toma un puñado de nieve, eso te ayudará! —le aconsejó Rybak.

Luchando contra el ataque de tos, que le desgarraba el pecho, Sótnikov tomó un puñado de nieve, la chupó, y la tos, en efecto, se le calmó un poco.

—¡Diablos! ¡Cuando te agarra, es para reventar!

Rybak, preocupado, por primera vez frunció el ceño, pero no dijo nada y siguieron su camino.

Del barranco llegaba hasta el camino una hilera regular de huellas. Rybak se quedó mirando con atención y comprendió que, no hacía mucho, había pasado por allí un lobo (también, seguramente, buscando una casa habitada, pues a nadie le gusta el bosque con tanto frío). Ambos se desviaron un poco hacia un lado y ya en adelante no se apartaron de este rastro, que en la oscura penumbra de la noche no solo indicaba el camino, sino también dónde había menos nieve: el lobo no se equivocaba nunca. Por otra parte, su camino ya debía de acercarse al final, de un momento a otro aparecería el caserío, y esto animó a Rybak.

—¡Allí está Liubka, que es toda fuego! —dijo en voz baja sin volverse.

—¿Qué? —preguntó Sótnikov, que no había oído bien.

—Digo que en el caserío hay una mujer que, cuando la veas, se te pasarán todos los males.

—¿Todavía tienes humor para pensar en mujeres?

Sótnikov, que con visible esfuerzo iba arrastrando los pies detrás de él, agachó la cabeza y se encogió todavía más. Por lo visto, toda su atención estaba concentrada en no perder el ritmo que le permitían sus fuerzas.

—¿Y por qué no? Por lo menos comer…

Pero ni siquiera el recuerdo de la comida influyó en Sótnikov, que de nuevo empezó a quedarse a la zaga. Rybak, acortando el paso, miró hacia atrás.

—Sabes, ayer me quedé medio dormido en el pantano y soñé con pan. Llevaba una hogaza caliente escondida en el pecho. Me desperté, y era el calor de la hoguera. ¡Me dio una rabia…!

—No es de extrañar que sueñes —asintió con voz ahogada Sótnikov—. Una semana a centeno hervido…

—Y hasta el centeno se ha terminado. Ayer Gronski nos dio lo último que quedaba —dijo Rybak y luego se calló, para no seguir la conversación sobre lo que verdaderamente le preocupaba.

[…]

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Autor: Vasil Bykaŭ. Título: La ascensión. Traducción: Josefina López Ganivet. Editorial: Altamarea. Venta: Todos tus libros.

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