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Matar a un rico, de Sandrone Dazieri

Matar a un rico, de Sandrone Dazieri

En un rascacielos habitado por los multimillonarios de Milán, un famoso exfutbolista aparece muerto en su lujoso apartamento. Colomba Caselli, antigua subjefa de policía que ahora colabora con los servicios secretos, se encargará de un caso que se precipita cuando aparecen más cadáveres entre la clase alta. Necesitará la ayuda de su colaborador Dante Torre, genial y maniático perfilador de mentes criminales, con quien comparte las cicatrices de un pasado traumático. Pronto las calles se empiezan a llenar de pintadas incitando a matar a los ricos, y Dante y Colomba deberán investigar a contrarreloj quién está detrás de los asesinatos antes de que arda la ciudad entera.

Zenda adelanta un extracto de Matar a un rico, de Sandrone Dazieri.

***

1

El hombre que morirá dentro de doce horas aterriza en el aeropuerto de Linate a bordo de su Dassault Falcon 2000LXS. Se llama Jesús Martínez y tiene cuarenta y nueve años. En su juventud fue jugador del Paris Saint-Germain, pero una vez que colgó las botas se dedicó a las máquinas de fitness y a los suplementos alimenticios. Tuvo éxito. Mucho. Además de la tripulación del avión y del propio Martínez, a bordo viajan cuatro guardaespaldas, su asistente personal y dos colaboradores. Esa noche cena en el restaurante del Bulgari con un par de amigos y los empleados, celebrando con ellos su inclusión en la lista de los quinientos hombres más ricos del mundo de Forbes. Parte de su séquito se queda a dormir en el hotel, mientras que Martínez, con dos de sus guardaespaldas, se irá hasta el centro de Milán. Tiene un apartamento en la planta vigésimo quinta de uno de los dos rascacielos de la Jungla Urbana, llamada así por las fachadas cubiertas de plantas perennes, como las ciudades abandonadas de El planeta de los simios, aunque en la Jungla no haya ni una hoja siquiera fuera de lugar, o un rincón que no esté cuidado y revisado. La privacidad es tan hermética que resulta imposible saber quién vive allí realmente, aparte de un par de deportistas o exdeportistas como Martínez, y unos cuantos directivos de bancos que tienen su sede en esa misma plaza, construida sobre los escombros de un viejo barrio cuya memoria se está perdiendo.

Por la noche, se toma los suplementos elaborados por su marca —melatonina, fisetina y apigenina—, duerme, se despierta a las seis, toma sus suplementos matinales —cromo, zinc, berberina y quercetina—, un té verde, y luego dedica una hora a intensos ejercicios de pesas y media hora a la meditación, mientras se le seca el sudor. Después se pone la ropa interior, los guantes y los calcetines protectores y entra en la criosauna. Esta, también fabricada por su marca, es el Ferrari de las criosaunas, un cubo de cristal de tres metros de lado que contiene un gran cilindro metálico de metro y medio, perforado con boquillas cromadas que liberan el nitrógeno. Martínez levanta el cilindro mecánico, que desciende a su alrededor, dejando al descubierto tan solo la cabeza. Acto seguido, inicia el tratamiento con una orden de voz. Es lo último que dice.

Sus doce horas se han agotado.

2

El cadáver de Martínez está tendido boca abajo en el suelo de la sauna. Su brazo izquierdo, recubierto de ampollas de quemaduras, se estira hacia la puerta de cristal, en el desesperado intento por alcanzarla. Sobre la mano lleva aún el guante protector: al arrastrarse ha perdido el otro y los calcetines. Tiene llagas y ampollas negruzcas por todo el cuerpo, y los tatuajes tribales que lucía en brazos y piernas están ahora cuarteados, evidenciando en qué zona falta por completo la piel.

Colomba Caselli recorre las imágenes del muerto en la tableta y las compara con la realidad de la criosauna vacía que tiene delante. Es una mujer de pelo corto y negro, iris de un verde que cambia según la luz y el humor, hombros anchos de nadadora, pómulos altos vagamente orientales. Se acerca ya a los cuarenta años, pero solo se le nota alrededor de los ojos. Se agacha para ver mejor, mordiéndose el labio inferior por la concentración. Hay un amplio charco de sangre seca que se extiende en una estela hasta el cilindro metálico del centro. El cilindro está manchado con otras estelas color rojo oscuro. Mientras mira, Colomba tiene cuidado de no tocar el cristal del cubo con la cara y de no respirar encima. Aunque ya se han hecho los exámenes de la policía científica, las viejas costumbres siguen vigentes.

Han pasado dos días desde la muerte de Martínez y se ha hablado mucho del tema. Las acciones de sus empresas han subido y bajado en bolsa, en la red se desempolvan sus goles en los Mundiales y los viejos anuncios en los que aún era solo un embajador de la empresa de suplementos.

Colomba sigue estudiando la sauna. Con esas huellas rojas parece una sala de torturas hipertecnológica.

—¿Qué dice el forense? —pregunta.

—Infarto por frío, más o menos —dice Donatella Sermonti, mientras guarda su tableta en el maletín de piel. Tiene unos sesenta años, lleva un traje chaqueta color azul acero y es la directora del dis, el Departamento de Información para la Seguridad: responde directamente ante el Gobierno y coordina las actividades de las agencias de los servicios secretos.

Colomba se levanta y se limpia las manos en los vaqueros.

—Estos trastos suelen ser seguros. ¿Qué ha pasado? —Ella había utilizado uno en el nuevo gimnasio y el intenso frío le resultó extrañamente tolerable. Le trajo a la memoria una sensación que experimentaba siendo niña, cuando empapada de sudor abría la puerta de la nevera en verano. Era así. Agradablemente molesto.

Sermonti señala la base de la sauna: se ha levantado un panel que deja ver el perfil de dos bombonas grandes y achaparradas, y marañas de hilos y cables.

—Durante el tratamiento, se nebulizan cinco litros de nitrógeno líquido en el cilindro. Al evaporarse, el nitrógeno baja la temperatura a ciento treinta grados bajo cero durante tres minutos. Estas bombonas contenían unos doscientos litros antes de que el señor Martínez entrara en la sauna. Y ahora están vacías —dice. Tiene un acento de la zona norte de Nápoles, el de la buena burguesía partenopea.

—¿Martínez lo recibió todo de golpe?

—Y a alta presión. El nitrógeno salió con tanta rapidez que las boquillas se hicieron añicos. Cuando el señor Martínez pulsó el botón de emergencia, el cilindro debería de haber subido automáticamente, pero no ocurrió así, de modo que salió por arriba…

—Ahí es donde se hirió —dice Colomba, mientras sigue mirando las manchas en el metal.

—El cilindro estaba helado, la piel se le quedó pegada —sonríe apenada—, una muerte horrible, aunque fue rápida. Los técnicos que han examinado la criosauna dicen que la unidad de control se estropeó. Creen que hubo una subida de tensión, porque el procesador y la memoria están quemados.

—¿Hay rastros de manipulación?

—De momento no los han encontrado.

—Si alguien saboteó la sauna, podría haber entrado incluso hace un mes. O quizá ni siquiera tuvo la necesidad de entrar. —Colomba señala el símbolo del wifi en una placa de la sauna—. Está conectada a la red.

—En teoría solo para un diagnóstico a distancia. Pero con la memoria quemada, es imposible saber si se produjo un acceso.

—¿Tampoco en el servidor?

—Martínez utilizaba la conexión vía satélite y siempre la encriptaba. La privacidad es un arma de doble filo.

Colomba piensa lo mismo y asiente. Sermonti le cae bien, de un modo instintivo, aunque sea la primera vez que la ve. Valora su estilo, su forma de actuar, la confianza en sí misma que demuestra.

La subdirectora la llamó la noche anterior para que se reuniera con ella en Milán. No le explicó de qué se trataba, pero Colomba partió de todos modos con el Frecciarossa desde Roma Termini al día siguiente, después del amanecer. Sin pensárselo demasiado. Como cuando tu amigo deportista llama al interfono de casa para ir al gimnasio y tú encuentras una excusa para despegarte del sillón. Aunque Colomba hace incluso demasiado deporte y nunca había hablado antes con Sermonti. Sin embargo conocía su carrera, de jefa de Antiterrorismo a prefecta. Esperaba tener que aclarar algo de su pasado con ella, como ya le había ocurrido con otros agentes de los servicios secretos; en cambio, mientras estaba en el tren, recibió un mensaje para que se reunieran en la Jungla Urbana.

—Quiero que vea una cosa —le dijo, mientras la esperaba en la entrada con los hombres de su escolta.

—¿Hay algo más que le interese? —pregunta ahora Sermonti.

Colomba niega con la cabeza. Es la primera escena de un crimen que examina en más de dos años, no lo echaba de menos en absoluto.

—¿Por qué me ha hecho venir hasta aquí, doctora? —pregunta.

—Vayamos a hablar a la terraza —responde Sermonti—. Que nos dé un poco el aire.

Atraviesan de nuevo el apartamento, al que Colomba solo dedicó un vistazo al entrar, confusa por la situación. Es enorme, tiene dos niveles, una sala de cine, cuatro dormitorios y un jacuzzi en la terraza, con una máquina de olas. Los muebles están hechos a medida y hay obras de arte pop en las paredes. Warhol, Lichtenstein, cositas así. A saber quién las heredará ahora. Hay también una sala de música, con un amplificador que pesa una tonelada y que parece una sonda alienígena. En passant, Sermonti le ha dicho que cuesta más de un millón de euros. Ella es melómana, le encanta la música clásica y sabe de lo que habla. Le ha dicho que por primera vez en su vida ha tenido ganas de robar algo. Pero que si lo encendiese en su casa, se vendrían abajo las paredes.

Sermonti abre la puertaventana y le hace señas para que salga.

—La vista no está nada mal.

Colomba la sigue. Más allá de las plantas que rodean la terraza y dan nombre a la Jungla Urbana, se ve el cielo violentamente azul de Milán, y la parte de ciudad que se extiende hasta las agujas del Duomo iluminadas por el sol de junio a través de la plaza y el parque de diseño. Se apoyan en la balaustrada, entre dos plantas de hoja perenne; les llega desde abajo el sonido del tráfico lejano y los ecos de las risas que ascienden como si fueran chispas.

—En su opinión, ¿cómo cree que se desarrollará la investigación? —pregunta Sermonti.

Colomba se cuestiona si la está poniendo a prueba por algo que no sabe, o si se trata de su forma habitual de conversar.

—Actualmente se considera un hecho accidental, ¿verdad?

—Por ahora, sí. El juez de instrucción realizará hoy las diligencias previas, luego desmontarán la sauna y la llevarán al laboratorio.

—Si aparece algo extraño, se abrirá una investigación por asesinato o por homicidio imprudente; de lo contrario seguirá siendo un accidente —dice Colomba.

—¿Cuánto tiempo se suele tardar en determinarlo?

—Semanas, como mínimo.

Sermonti sonríe, Colomba se da cuenta de que eso es lo que esperaba oír.

—Por eso la he hecho venir, doctora Caselli. Si ha sido un asesinato, queremos saberlo lo antes posible. Y nos gustaría que fuera usted la que se ocupara de ello.

A Colomba no la coge por sorpresa del todo, aunque un poco sí. Se queda unos instantes escuchando a los chicos que salen de la escuela y se arremolinan en la plaza de abajo, piando alegremente.

—Yo ya no estoy en la policía.

Sermonti hace una mueca irónica. Su pelo en casquete, blanco como la nieve, brilla al sol como si fuera alambre.

—No lo ignoraba.

—Y no renuncié para cambiar de uniforme, doctora. Sobreviví a dos atentados y a una cuchillada en el estómago. Creo que ya he entregado bastante sangre a la patria.

—No la estoy alistando. Me gustaría que se ocupara usted del caso de forma independiente. La familia ha contratado a una gran agencia privada francesa, y necesitan a alguien en Italia para hacer el trabajo. Tengo la oportunidad de proponer su nombre: usted trabajaría para ellos y para sus clientes, y, en calidad de tal, averiguaría si fue asesinado o no. Y podrá, con discreción, mantenernos informados de sus progresos.

—¿Por qué les interesa Martínez?

Sermonti se encoge de hombros con elegancia.

—Cuando un hombre factura como un pequeño Estado entra, naturalmente, en nuestra esfera de intereses. Sobre todo si hace negocios incluso con países difíciles como China.

—Tienen ustedes un montón de agentes…

—No con su experiencia y su especialización en investigaciones de asesinato. Mi oficina valoró mucho su trabajo con el Padre.

En cuanto oye nombrar al Padre, Colomba siempre siente una pequeña opresión en el pecho.

—No creo ser la persona adecuada, doctora.

—¿Está demasiado ocupada? —dice Sermonti, irónica.

—Estoy pensando en abrir un bar.

Sermonti sonríe.

—No la creo. Echa de menos su trabajo.

—¿Me está leyendo la mente, doctora?

—No, pero la he visto manos a la obra allí dentro, mientras estudiaba la escena del crimen. Lo echa de menos, vaya si lo echa de menos.

Colomba ve fragmentos de sus agotadoras carreras por el Tíber, del gimnasio, de las noches que pasa leyendo para no pararse a pensar en lo inútil que se siente. Pero sabe que volver sería un error.

—No quiero volver a primera línea, doctora.

—En primera línea se encuentra la policía, Caselli, y nosotras ya no estamos en la policía. —Sermonti se sopla un vilano que ha volado hasta su manga—. Hagamos una cosa: vamos a almorzar y hablamos del resto. Hay un sitio aquí cerca, ya he hecho una reserva. Cocina milanesa. Sé que le gusta la carne, preparan un ossobuco fantástico.

Colomba no sabe qué decir. Vuelven a entrar. El ascensor se abre directamente en el salón, uno de los agentes de escolta lo mantiene abierto para ellas. Sermonti entra, Colomba duda un momento.

—¡Vamos, Caselli! ¿No es capaz de ver que se encuentra delante de una buena oferta? Súbase a bordo.

Colomba suspira. Esto no le va a gustar nada a Dante, piensa mientras se mete en la cabina cromada.

3

Los cinco chicos de la Última Generación se sientan sobre la base de la Fuente de los Cuatro Ríos, levantan los carteles y gritan consignas contra el cambio climático. Por detrás de ellos, el agua que mana se está volviendo completamente negra mientras el colorante alimentario obstruye los filtros de reciclaje. Como mínimo durante unas horas permanecerá turbia e insalubre, y los chicos esperan que al menos algunos de los que se agolpan a su alrededor lo vean y entiendan lo que quieren decir.

Una del grupo se ha alejado de la fuente para repartir octavillas, fotocopiadas a escondidas en el colegio, donde explican sus razones en italiano y en inglés. Se pasea por entre las mesitas de los bares y, pese a la hostilidad de muchas personas, las acaba casi de inmediato. Intenta darle la última a un tipo vestido de negro en el que se ha fijado desde el principio, sentado con un cóctel delante. No se ha unido ni a los que gritan insultos ni a los pocos que parecen apoyarlos, ni los ha fotografiado con el móvil como hace todo el mundo. Se ha limitado a observar con interés, y ella, que estaba observándolo a su vez a él, se ha quedado sorprendida con su aspecto. Es alto y delgado, viste una chaqueta negra encima de una camiseta de un grupo de rock muerto y enterrado y un panamá calado sobre las gafas oscuras y que hace que se parezca mucho a David Bowie. O a un vampiro de Crepúsculo, pero de unos cuarenta años y metro noventa, delgado. Extrañamente, solo lleva un guante, negro, chamuscado por las brasas de los cigarrillos. El hombre de negro tiene uno a un lado de la boca, que se agita esparciendo ceniza cuando le sonríe.

—No, gracias.

—¿Usted no cree en el cambio climático?

—Creo, vaya si creo. He visto un glaciar milenario del Polo Norte derrumbarse y fundirse delante de mis ojos. Pero no creo en la inteligencia humana, y muchos menos en que nuestra especie deba seguir asolando la Tierra.

La chica se pregunta si el hombre se está burlando de ella, pero parece sincero. No obstante, antes de que pueda responderle, llega uno de los camareros, hecho un basilisco.

—¡No puedes venir a molestar a los clientes! —grita—. Largo de aquí —le ordena.

—A mí no me está molestando —dice el hombre de negro, tajante—. De hecho, me molesta usted, que me está gritando al oído.

El camarero se esperaba más comprensión y se siente decepcionado.

—Disculpe, pero es que ya no aguanto más….

—Mire, le están llamando —dice el hombre de negro, señalando detrás del camarero—. Quieren la cuenta.

El camarero se aleja.

—Gracias —dice la chica.

—Si quieres sentarte a la mesa conmigo, eres bienvenida.

La chica duda. El tipo tiene cierto encanto, pero es demasiado mayor para ella.

—No estoy intentando ligar, solo pretendo que no te detengan.

La chica se da la vuelta. Con el lío de antes no se ha dado cuenta de que las voces de fondo han cambiado, se han vuelto más bajas y graves. Ahí está la policía. Unos diez agentes con cascos y escudos se han acercado a pie, a través de la multitud, y ya están forcejeando con el primer chico.

La chica se queda helada. Cuando se unió a Última Generación, sabía que podía acabar esposada y lo aceptaba. Ver a sus amigos arrastrados sobre los adoquines por la fuerza pública, sin embargo, es algo que mina seriamente su determinación. Incapaz de moverse hacia ellos, tampoco es capaz de esconderse. Mientras se lo piensa, el camarero de antes hace señas, se la señala a la policía. Dos antidisturbios se separan del grupo y corren hacia ella, con el mismo celo que cabría esperar ante un atraco.

—Me parece que ya es demasiado tarde —dice el hombre de negro. A continuación hace algo que la chica no se esperaba: se levanta y se interpone entre ella y los agentes—. Oigan, la chica no está haciendo nada, no hace falta que…

Los policías lo empujan como si fuera una ramita y aferran a la chica por los brazos.

—Muévete —dice uno de ellos.

El hombre de negro vuelve a interponerse entre ellos.

—¿Se puede saber por qué están tan nerviosos? Está repartiendo folletos, no pegándole fuego al bar.

Uno de los dos policías le lanza un porrazo a la frente. El hombre de negro cae de espaldas sobre la mesita y derriba la copa de cóctel y el servilletero. El camarero grita desesperado por los daños, llegan más policías que también aferran al hombre de negro, que ha perdido el sombrero y las gafas. El hombre de negro mantiene la calma hasta que se da cuenta de que a empujones lo están llevando hacia el furgón blindado situado en una esquina de la plaza, donde han ido cargando uno a uno a los otros chicos a base de patadas y bofetadas. Entonces empieza a zafarse y casi consigue liberarse, tan frenético y escurridizo resulta, pero llegan otros agentes de refuerzo y lo levantan. Están a punto de arrojarlo al furgón blindado. El hombre de negro tan solo puede ver el oscuro agujero que está a punto de tragárselo. Ni el furgón blindado, ni a los policías, ni a los chicos su alrededor…, ni siquiera sabe que está en Roma. Solo ve un agujero donde están a punto de encerrarlo, sin luz ni aire.

—¡No! —grita—. ¡No! ¡No! ¡No!

—No te preocupes, no van a hacerte nada —dice la chica, preocupada por él. Pero él no la oye. Tiene una mirada enajenada. Se apuntala con los pies contra la puerta del furgón blindado, se resiste como un muelle humano. Los policías lo sacan a porrazos y lo lanzan dentro como un fardo. Cae de espaldas en el interior del furgón atestado de jóvenes, quienes enseguida se inclinan para ayudarlo a levantarse. Pero el hombre de negro no repara en ellos. Está viendo algo invisible para los demás, algo aterrador.

El último policía sube a bordo y cierra la puerta con un ruido sordo. El vehículo blindado se pone en marcha, se mueve a paso de tortuga entre los coches. Suena la sirena. El hombre de negro se acurruca, se aferra las rodillas con sus delgados brazos, mientras sigue viendo su película privada. Ya no está con ellos. Ya no es un adulto. Es un niño asustado que contempla el horror.

—Eh, a este hay que llevarlo al hospital —dice uno. En ese mismo instante, un inspector con una perilla a lo Italo Balbo lo mira directamente a la cara y se da un manotazo en el casco. —¡No me jodas! ¿Pero es que sois gilipollas o qué? —les dice a los demás—. ¿No sabéis quién es este?

—No… —responde un agente.

—Os acordáis de quién era el Padre, ¿verdad? El que secuestraba a niños. ¿O ni siquiera eso os lo han enseñado?

—Sí, claro… —dice el otro.

—Pues bien, este era uno de ellos. Y cuando creció, lo encontró e hizo que una compañera nuestra lo matara. Y no solo hizo eso.

El más joven sigue mirando al tipo acurrucado.

—¿No será por casualidad Dante Torre?

—Muy bien.

—Oh, coño.

Sacan a Dante Torre del furgón blindado en la primera plaza con que se topan y lo dejan en un banco.

Es allí donde lo encuentra Colomba una hora más tarde. Lo abraza y espera a que deje de temblar.

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Autor: Sandrone Dazieri. Traducción: Francisco Javier González Rovira. Título: Matar a un rico. Editorial: Alfaguara. Venta: Todos tus libros.

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