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Donde empezó la aventura

Ilustración para Las Cuatro Plumas, de Augusto Ferrer-Dalmau.

Muchas veces me han preguntado por qué terminé dedicando mi vida a recorrer guerras, catástrofes y fronteras con una cámara al hombro. La respuesta nunca ha sido sencilla, porque no empezó en un campo de batalla, ni el día que crucé mi primera frontera como reportero, ni siquiera cuando entré en Informativos de Televisión Española. Empezó mucho antes, siendo un niño en el interior de Galicia, cuando todavía no sabía que el mundo podía caber dentro de un libro o detrás del objetivo de una cámara.

Nací en Ourense, en una Galicia muy distinta de la actual. En aquellos años, la palabra “aventura” no tenía nada que ver con exploradores, piratas o selvas exóticas. La aventura era otra cosa. La aventura era marcharse.

En casi todas las familias había alguien que había emigrado. Un hermano en Suiza, un primo en Venezuela, un tío en México o en Argentina. La emigración era el paisaje humano de Galicia. No era una excepción; era casi una forma de vida. Las despedidas en las estaciones de tren, las cartas que tardaban semanas en llegar y las fotografías enviadas desde el otro lado del océano formaban parte de nuestra cotidianeidad.

"Yo los escuchaba con la fascinación con la que otros niños escuchaban cuentos de corsarios. Para mí eran exploradores modernos"

Cuando llegaba el verano regresaban algunos de ellos. Venían con coches cargados de regalos, con una manera distinta de vestir y con historias que para un niño sonaban a auténticas expediciones. Hablaban de ciudades inmensas, de montañas nevadas, de fábricas donde trabajaban doce horas seguidas, de idiomas imposibles y de personas que vivían de una forma completamente distinta a la nuestra.

Ellos nunca hablaban de aventuras. Hablaban de trabajo, de sacrificio y de ahorrar hasta el último céntimo para regresar algún día a Galicia y abrir un pequeño negocio. Pero yo los escuchaba con la fascinación con la que otros niños escuchaban cuentos de corsarios. Para mí eran exploradores modernos. Habían cruzado el mundo sin mapas del tesoro, únicamente con una maleta y la esperanza de encontrar una vida mejor.

Entre todos aquellos familiares hubo uno que dejó una huella especial en mí. Era primo de mi madre y sacerdote paúl. Había pasado muchos años como misionero en Venezuela. Cuando regresaba no presumía de las dificultades que había vivido ni de su labor. Lo que hacía era contar cómo vivía la gente a la que acompañaba: cómo eran sus casas, qué comían, cómo trabajaban, cómo sufrían y cómo seguían sonriendo a pesar de las dificultades.

Sin saberlo, me estaba enseñando algo que marcaría toda mi vida: viajar no consiste en acumular kilómetros, sino en aprender a mirar la vida desde los ojos de los demás.

Aquellas conversaciones fueron mis primeros viajes.

"La aventura no garantiza el éxito; garantiza el cambio. Mi hermana regresó distinta. Había descubierto que el mundo no siempre era justo, pero también que uno podía volver a empezar"

También recuerdo a unos primos que trabajaban en Suiza. Vivían con una austeridad casi heroica. Apenas gastaban dinero porque todo lo que ahorraban tenía un destino muy concreto: regresar algún día a Ourense y montar un negocio que les permitiera vivir dignamente. Comprendí que la aventura no siempre tiene la épica de las novelas. Muchas veces consiste simplemente en levantarse cada mañana en un país desconocido y seguir adelante.

Hasta mi propia hermana estuvo a punto de emigrar. Había conseguido un contrato para trabajar en Suiza y salió llena de ilusión. Sin embargo, al llegar a Barcelona alguien le arrebató aquella oportunidad y el contrato terminó en manos de otra persona. Recuerdo perfectamente la tristeza con la que volvió a casa. Durante mucho tiempo pensé que aquello había sido un fracaso. Hoy creo que también fue una aventura. Porque la aventura no garantiza el éxito; garantiza el cambio. Mi hermana regresó distinta. Había descubierto que el mundo no siempre era justo, pero también que uno podía volver a empezar.

Mientras todas aquellas historias iban formando mi imaginación, llegó un libro que terminó de cambiar mi forma de mirar.

Mi hermana puso en mis manos Nada, y así sea, de Oriana Fallaci.

Aquel libro me abrió una puerta completamente nueva. Descubrí que existían personas cuyo trabajo consistía en viajar allí donde estaban ocurriendo las cosas, para después regresar y contarlas. Vietnam dejó de ser un nombre perdido en un mapa para convertirse en un lugar donde hombres y mujeres vivían, sufrían, luchaban y morían. Y una periodista podía subir a un avión militar, acompañar a los soldados y narrar aquella realidad con una fuerza que hacía imposible dejar de leer.

Sin saberlo, aquella mujer acababa de enseñarme el oficio al que terminaría dedicando mi vida.

Poco después la vida volvió a sorprenderme.

Muchos años antes de que yo naciera, una empresa sueca había participado en la construcción de la presa de San Esteban de Ribas de Sil. Algunos ingenieros hicieron amistad con mis padres y, cuando regresaron definitivamente a Suecia, aquella relación quedó dormida durante décadas.

Hasta que un día volvieron.

"Seguíamos siendo un país gris, todavía muy cerrado al exterior. Para un muchacho gallego viajar solo a Suecia durante cuatro meses era casi como viajar a otro planeta"

Ya jubilados, decidieron recorrer los lugares donde habían trabajado de jóvenes. Buscaron a mis padres y una tarde aparecieron de nuevo por casa. Después de recordar viejos tiempos hicieron una propuesta inesperada: querían que pasara el verano con ellos en Suecia.

Yo tenía quince años.

Era 1976.

España acababa de iniciar la Transición. Franco había muerto hacía pocos meses. Seguíamos siendo un país gris, todavía muy cerrado al exterior. Para un muchacho gallego viajar solo a Suecia durante cuatro meses era casi como viajar a otro planeta.

Acepté sin pensarlo.

Aquel tren que me llevó hasta el norte de Europa fue mucho más que un medio de transporte. Fue una escuela.

Recuerdo observar durante horas los paisajes que iban cambiando lentamente, las estaciones impecables, la puntualidad casi matemática de los trenes alemanes y suecos, la tranquilidad con la que parecía funcionar todo.

Pero lo que más me impresionó no fueron los paisajes.

Fue la libertad.

Viví con una familia que me trató como a un hijo más. Descubrí otra manera de educar, otra forma de relacionarse, otro concepto de igualdad entre hombres y mujeres y otra manera de entender la convivencia.

"Comprendí que los países no solo se diferencian por sus carreteras o sus edificios. Se diferencian por aquello que consideran normal"

Una noche vi por televisión unas imágenes de la carga policial durante los Sanfermines. Aquellos policías grises que yo había visto tantas veces en España aparecían ahora en la televisión sueca golpeando a manifestantes.

La familia con la que vivía no entendía lo que estaba viendo.

Yo tampoco supe explicarlo.

Poco después emitieron una obra de teatro donde una pareja mantenía relaciones sexuales con absoluta naturalidad. Yo me puse rojo. No sabía dónde mirar. En España aquello era sencillamente impensable.

Comprendí que los países no solo se diferencian por sus carreteras o sus edificios. Se diferencian por aquello que consideran normal.

Aquel verano aprendí algo que después me serviría para toda la vida: antes de juzgar un país, hay que comprender por qué vive como vive.

El regreso fue tan importante como la ida.

El tren descendía desde Suecia atravesando Alemania y Francia con una precisión admirable. Los horarios se cumplían al minuto. Todo funcionaba como un mecanismo perfectamente engrasado.

Hasta que llegamos a Hendaya.

Allí cambiamos al tren español.

Y comenzaron los retrasos.

"El mayor enemigo casi siempre vive dentro de nosotros y la única forma de descubrir de qué somos capaces consiste en abandonar la comodidad y aceptar la incertidumbre"

Recuerdo a los emigrantes protestando indignados porque el tren acumulaba horas de demora. No protestaban por impaciencia. Protestaban porque ya se habían acostumbrado a otra manera de hacer las cosas.

Aquella escena me enseñó que emigrar no solo cambia el lugar donde uno vive.

También cambia la forma de mirar el propio país.

Cuando llegué a España comprendí que el verdadero viaje no había sido el recorrido entre Galicia y Suecia.

El verdadero viaje había ocurrido dentro de mí.

Poco después otra historia terminó de darle sentido a todo.

Vi por televisión Las cuatro plumas.

Más tarde leí la novela.

Muchos la consideran una historia de aventuras ambientada en una guerra. Yo siempre vi algo distinto.

Vi a un hombre enfrentándose a su propio miedo.

Comprendí que la valentía no consiste en no tener miedo, sino en avanzar a pesar de él. Que el mayor enemigo casi siempre vive dentro de nosotros y que la única forma de descubrir de qué somos capaces consiste en abandonar la comodidad y aceptar la incertidumbre.

Aquella novela me llevó a otras muchas. Stevenson, Conrad, Kipling, Jack London, Verne… Todos ellos hablaban aparentemente de mares, selvas o desiertos, pero en realidad escribían sobre la condición humana.

Y entendí algo que nunca me abandonaría.

Los libros de aventuras no hablan de aventuras.

Hablan de personas.

Con el tiempo descubrí otra herramienta capaz de contar esas mismas historias.

La fotografía.

Al principio pensé que una cámara servía para hacer imágenes.

Muy pronto comprendí que servía para hacer preguntas.

Una fotografía no termina donde acaba el encuadre. Empieza precisamente ahí. Obliga al espectador a imaginar lo que ocurrió antes y lo que sucederá después. Descubrí que una cámara era una llave que permitía entrar en la vida de los demás con el respeto suficiente para contarla.

Cuando aprobé las oposiciones para Informativos sentí que acababa de abrir otra puerta. Los primeros años fueron duros. Muy duros. Los veteranos pertenecían a una generación que enseñaba desde la exigencia. No había elogios fáciles. Aprendías observando, equivocándote y volviendo a empezar. Aquellos maestros no pretendían formar operadores de cámara. Pretendían formar periodistas capaces de mirar antes de grabar.

Con los años comprendí que todas aquellas experiencias tenían un hilo invisible que las unía.

La emigración de mi Galicia natal.

Las historias del misionero en Venezuela.

Oriana Fallaci.

Suecia.

Las cuatro plumas.

La fotografía.

Nada de aquello ocurrió por casualidad.

Todo formaba parte de la misma aventura.

Porque la aventura nunca ha consistido para mí en buscar el peligro.

Consiste en salir de uno mismo para comprender mejor a los demás.

Y quizá por eso, cuando muchos años después crucé las fronteras de Irak, Bosnia, Afganistán, Ucrania o Gaza con una cámara al hombro, tuve la sensación de que, en realidad, aquel viaje había comenzado mucho tiempo atrás, en un pequeño pueblo del interior de Galicia, escuchando a unos emigrantes que simplemente regresaban a casa para contar cómo era la vida al otro lado del mundo.

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