Narrada desde la memoria, esta novela de iniciación recorre los pliegues de una infancia que despierta a la conciencia del cuerpo, de la fe, de la raza y de la sexualidad. Su protagonista será testigo de un mundo que cambia y se desmorona, mientras ella misma se transforma.
En este making of Yanina Vidal explica cómo escribió Niñas vírgenes (Consonni).
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Niñas vírgenes fue una novela que nació a partir de la pandemia. En 2020, cuando se decretó la emergencia sanitaria, comencé a dar clases, es decir, a trabajar desde mi casa. Tenía algunas ventajas: para ese entonces no estaba en Montevideo, me encontraba en Maldonado, una ciudad rodeada de costas que tiene las playas más lindas de Uruguay. La situación me agarró con mucho trabajo y demanda de los estudiantes. Por otro lado, recién se había publicado mi ensayo Tiemblen, las brujas hemos vuelto. Me resultaba extraño llamarme autora, así como hacer la promoción de mi libro a la distancia, con entrevistas y participación en presentaciones. Tanto el ensayo como la docencia me exigían cierta seriedad, que me fue abrumando. Hoy diría que buena parte de mí ya no se toma la escritura desde ese lugar. Me gusta utilizar para estas cosas el verbo “mudar”, pero con el significado del portugués, que es “cambiar”, mientras que en español es irse de un lugar. Y para mí fueron las dos cosas: cambié yo y me fui de una manera de concebir lo literario.
Sin embargo, todo había empezado con un taller que el escritor Alejandro Palomas había dado en el Centro Cultural de España; allí nos dio una consigna que me motivó a continuar escribiendo. Si pienso en el proceso, lo que menos hay es estructura. La primera versión comenzó con un manuscrito a mano, del cual todavía conservo los cuadernos. Luego fui pasando todo eso a la compu y haciendo modificaciones. Una vez que terminé lo mandé a una editorial que, por suerte, no me dio bola, porque la versión mejoraría y porque, además, con Niñas vírgenes vendrían cosas muy buenas que mi autoestima aún no sabía.
La novela, se podría decir, tiene una base autoficcional. En la primera versión primó eso, pero durante el año en que la fui pasando me enteré de un llamado que hizo la UNAM para primeras novelas, que consiste en una tutoría que dura un año. Me presenté y quedé, y es de las mejores experiencias literarias que he tenido. Primero, porque los docentes trabajaron conmigo y con otros siete compañeros en la lectura de nuestras creaciones; segundo, porque mis compañeros resultaron ser entrañables. A partir de esa formación me fui dando cuenta —aunque ya lo sabía por mi formación literaria— de que la literatura es, sobre todo, técnica. Y ahí comencé a modificar la historia: al entrar la fineza de la técnica entra la ficción. Quité capítulos, agregué personajes, quité otros, inventé cosas y realicé un sinfín de reformulaciones que me hicieron tomar al texto como artificio.
Después de esa experiencia, presenté la novela al Premio Nacional de Literatura y gané. A partir de ahí comenzó el trabajo con el editor de Uruguay. Los cambios fueron mínimos, pero efectivos. Si tuviera que decir cuál fue el germen de la historia, diría que yo misma, pero, como mencionaba anteriormente, no fue algo planificado. Sabía que quería hacer una historia desde una perspectiva femenina; también sabía que quería tratar el tema del racismo desde un punto de vista generacional y de qué modo lo religioso participa en eso. Todo eso lo tenía yo, y así comencé a escribir. Terminaba un capítulo que se focalizaba en un personaje y me iba al otro, y así sucesivamente. Fue un proceso de lo más orgánico.
Me pasa ahora que, en lo nuevo que estoy escribiendo, tengo un bloc de apuntes por un lado, notas en el celular por el otro, un cuaderno chiquito con anotaciones de gente que ya lo ha leído o me ha hecho una devolución al respecto, y, por otro lado, hojas sueltas con cosas que se me ocurren. Con Niñas vírgenes eso no pasó. Lo primero fue pasar en limpio el manuscrito casi sin reprimir nada; luego vinieron las correcciones y devoluciones de la tutoría, que me ayudaron a amplificar más.
Recuerdo que una de las devoluciones que me hizo Pedro Ángel Palou fue que no dijera las cosas, sino que las escenificara, y para mí fue un despertar absoluto. Eso me llevó del decir al crear a través de la ficción; fue como que me diera una definición de novela que yo misma comencé a indagar a partir de mi propia escritura. Hoy lo llevo al pie de la letra, y no porque alguien me haya dicho que hay que hacerlo así, sino porque me gusta mucho colocarme en situaciones, mentes y afectos que no son los míos. Más que técnica, entiendo a la escritura como un juego en el que, con el paso del tiempo, podés animarte a experimentar más, a probar más, a hacer cosas más complejas y, otras tantas, a perder y salir lastimado. Jugar es eso: si pensamos en cuando éramos niños, no siempre ganábamos, no siempre jugábamos con todas las reglas, había trampa, lastimaduras, suciedad, peleas… y la literatura aún conserva ese espacio manipulable. Por eso la escritura es un juego que me tomo en serio, porque me permite ser una niña mestiza, o una poeta frustrada, o una macumbera. Todo eso soy, y a la vez me puedo desprender de todo cuando mi deseo de jugar quiera irse a otros parques.
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Autora: Yanina Vidal. Título: Niñas vírgenes. Editorial: Consonni. Venta: Todos tus libros.


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