Quizá la novela negra sea el género más alejado de la autobiografía, el más pudibundo a la hora de reflejar la intimidad del autor, el que con mayor firmeza defiende la pura invención en una época tan pródiga en autoficciones. Sus autores suelen ser gente apacible, de vidas hogareñas, sin condenas por robos, chantajes o asesinatos y sin vínculos con los ambientes de mafias, narcotráficos o distintas violencias que con tanta solvencia describen. Salvo muy contadas excepciones, no narran experiencias personales camufladas bajo la tercera persona. Ni lo necesitan: nadie ha descrito una pelea de cuchillos mejor que Borges, que era ciego.
Ignoro si los lectores actuales ven en la novela negra una reacción contra la autoficción y agradecen que aporte a la azarosa vida una lógica que la vida no siempre tiene. Los relatos negros despiertan temor, inquietud, indignación, rabia ante una violencia cometida para, a continuación, restituir la verdad y la justicia por parte de la policía o el detective.
Si es así, esa reacción sin duda ayuda a la excelente salud del género en España. Hoy día se publica una novela negra por minuto, todas las editoriales la incluyen en sus catálogos, en todas las librerías hay una mesa reservada para las negrotecas y en todas las bibliotecas aparece entre las obras más solicitadas.
Su aceptación abarca todas sus variedades, las que hurgan en los bajos fondos del corazón y las que brotan del malestar social de una comunidad como el estornudo brota del pecho irritado por una infección. En uno y otro caso, en el misterio y en el daño, en el ‘kárate mental’ de la novela de enigma o en el kárate a muerte del thriller, en las alcobas o en las calles, con los buceadores del veneno o con la caballería de las pistolas, estos relatos siempre denuncian que algo huele a podrido.
Su éxito se manifiesta también en multitud de festivales negros por toda la geografía nacional, organizados por gente estupenda y entusiasta que hace virguerías con su reducido presupuesto. En esas jornadas, los escritores charlan con los lectores y asisten a firmas y encuentros con la esperanza de ganar votos y ser elegidos para los primeros puestos, como en los caicus estadounidenses. En las mesas redondas se intenta poner orden en su caótica exuberancia y se analizan la naturaleza y los límites del género, su origen y su evolución, las virtudes de la sanguina o del cozy crime, la necesidad de mantener la pureza o de favorecer el mestizaje. Los análisis, debates y discrepancias entre criterios y opiniones distintas resultan enriquecedores, porque para que haya debate, antes tiene que haber ideas.
Y, por supuesto, el vigor del género también se advierte en el curioso fenómeno de la glocalización: una ciudad o una comarca se convierte en escenario de la narrativa criminal y, a partir de ahí, genera un turismo literario en auge.
Por un motivo u otro, hoy día miles de lectores, libreros y bibliotecarios nos entregan un tesoro impagable a quienes la practicamos: su lectura.
En agradecimiento, debemos hacer lo posible para no malversarlo con una inflación de títulos que lleven el género a la bancarrota y para no defraudar su confianza cayendo en la repetición de novelas de silicona, o en el uso del pegamento y la tijera. Necesitamos innovar y profundizar en policías y detectives de carne y hueso, en investigadores que duden, porque investigar es dudar; si se tiene seguridad, no se puede ser un buen investigador. Necesitamos ficciones que le hagan una higa al algoritmo y que teletransporten al lector de las calles al corazón, del corazón a las calles. Y siempre cuidando el lenguaje, pero sin pasarse de frenada para no caer en una prosa ornitológica más agradable de oír que llena de contenido.
En la literatura, como en la biología, termina por actuar la selección natural darwiniana y sobreviven los textos más evolucionados, los que se adaptan a los nuevos tiempos, a un nuevo clima, a las nuevas realidades. Cuando todo alrededor es mestizaje —en la piel, en las familias, en la cocina, en la música—, yo creo que cualquier género que pretenda mantener incólume su genoma corre el riesgo de caer en la repetición y en la rutina.
No hay razones para exigirle a la novela negra un purismo que no se le exige a la poesía, ni al teatro, que sigue incorporando nuevas técnicas, ni a la gran novela que dio el gran salto en las primeras décadas del siglo XX cuando asumió con entusiasmo los recursos de las vanguardias.


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