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Azul oscuro preñado de lunares

Azul oscuro preñado de lunares

Podría decir que, desde que Mar me llevó al subsuelo del puerto deportivo de Lo Pagán, me obsesioné con el inframundo. No me refiero a ese lugar en el que habita el Infierno con sus demonios, sino a las calles que contienen la vida bajo nuestros pies sin que sepamos siquiera de su existencia. Lo de Mar Carrillo era un pasillo de portales, lo que hay aquí debajo es otra cosa. Y también tiene sus demonios. Solo que no son como los imaginamos ni tan malos como creemos. Me recuerda a Midian y sus gentes. Un barrio marginal para aquellos indeseados que existen alejados de la sociedad y de los límites mismos de la realidad. Hasta ahora creía que Lola, Faruk, Paco, Rubén… —todos ellos— venían de esas puertas invisibles que nos rodean, que aparecen y desaparecen para vomitar sobre nuestro mundo a todas esas criaturas que hoy en día cohabitan con nosotros con casi total normalidad. No todos llegan de ese otro lado, sino que siempre estuvieron aquí, con nosotros. Hasta que se borraron las fronteras y la superpoblación obligó a los de abajo a mezclarse con los de arriba.

No solo sucede en Los Alcázares. Ya he localizado dos entradas en los pueblos de al lado. Cuando uno sabe mirar, es más fácil identificarlas. No todas están en las ciudades, pero sí la mayoría. Por logística. Entrar, hoy en día, es más complicado que salir. No importa. No quiero desvelar el paradero de esos accesos, por si acaso se crean facciones con ideas de exterminio y purificación. Ya hubo más que suficiente de eso. Solo diré —para preservarlo en mi memoria y dar pistas para aquellos que me conocen bien en caso de que esto caiga en sus manos— que ese lugar está allí donde nos sentamos a fumarnos el último cigarrillo antes de dejarlo. Bajo las escaleras deslucidas de aquel portal que lleva décadas clausurado a ojos de todo el pueblo, en el corazón mismo y junto a una de las arterias principales. Con esto debería bastar.

"La primera vez que bajé al Midian de Los Alcázares, creí que deliraba. Se parecen a nosotros en lo justo: dos brazos, dos piernas, una cabeza. Y para de contar"

Se entra y se sale por el mismo lugar. Parece un callejón sin salida, diminuto, en uno de los laterales. Hay algo de escombro y basura, mero atrezo para disimular el trasiego habitual de aquellos que salen a tomar aire fresco. En verano es más complicado para ellos; la población hace que el latido de sus habitantes sea tan corto como sus noches y apenas hay espacio para llenar los pulmones entre el petardeo del último motor, casi siempre el del camión de la basura, y el primero de los repartidores. Hay almas insomnes que se beben las estrellas acodados en las barras de los clubes que aprovechan la época para regalar sueños y tambores, pero esos no se meten. Tampoco, a esas horas, tienen el raciocinio sincronizado con la cordura.

La primera vez que bajé al Midian de Los Alcázares, creí que deliraba. Se parecen a nosotros en lo justo: dos brazos, dos piernas, una cabeza. Y para de contar. El resto resulta inverosímil por extraño y complicado. La ubicación de sus dedos, sus ojos perlados, de pupilas brillantes como imbuidas de queroseno, sus bocas difíciles de ubicar. Sin embargo, hablan nuestro idioma. Lo conocen, más bien. Ahí abajo tienen su propio lenguaje y rara vez han de usar la voz. Se han adaptado a la oscuridad y el silencio, a los susurros de esa noche eterna llena de humedad y encierro. No quiero que si alguien llega a leer esto piense que se trata de algo parecido a una cueva, porque no es así. Hay ciudades enteras aquí abajo. Debajo de cada lugar hay gobiernos y leyes. No necesitan salir fuera. Y, sin embargo, lo hacen. Se quedan sin sitio.

"Mientras estuve allí, no me adentré en ese submundo. Aquí, sin embargo, paseé por sus calles como un turista. Lejos de lo que cabría esperar, no me miraron con extrañeza, sino con amabilidad"

La última vez que estuve allí lo hice de madrugada, aún sudando por la carrera. Estiré sobre los escalones, observando de reojo la entrada. Incluso a esas horas el calor es insoportable. Por eso es fácil llamar la atención si llevas una sudadera con capucha. Por muy oscuro que esté, ese outfit te delata. Cuando vuelva Paloma de su viaje le preguntaré si ella sabe algo de esto. Ella no solo lleva viviendo aquí media vida, sino que ha viajado mucho por todo el mundo. Puede que ella también haya visto otros accesos en Francia, Inglaterra, Nueva Zelanda o Estados Unidos. Me doy cuenta de que yo, en cierto modo, sí que los he visto, solo que no los había racionalizado. En Pakefield, junto a los acantilados de sílex y las aguas negras. Allí había un acceso en las rocas, oculto tras un mechón de maleza rizada que se descolgaba desde las alturas y oscilaba con la brisa marina. El brillo de dos puntitos que vi entonces no era el reflejo de la luna sobre una superficie lisa y cristalina. Ahora lo sé.

Mientras estuve allí, no me adentré en ese submundo. Aquí, sin embargo, paseé por sus calles como un turista. Lejos de lo que cabría esperar, no me miraron con extrañeza, sino con amabilidad. Los demonios de los que hablaba estaban sentados a una mesa, jugando a las cartas y mirando de soslayo, las armas al cinto y los cuernos afilados. Me recordaron un poco a Faruk, pero sin esa cara de toro que le caracteriza. Estos demonios son rojos y amarillos, negros como la brea o de un azul oscuro preñado de lunares diminutos, como constelaciones enteras sobre la piel desnuda. Porque llevan el torso al descubierto. Son ellos los que más se parecen a nosotros. Con su boca, sus ojos, sus orejas y su nariz donde corresponde. Y con todos sus dedos. De no ser por el color de su piel, el rabo y los cuernos, seríamos indistinguibles. Sus escleróticas ambarinas y luminiscentes les llenan los ojos de peligro y cautela. Los demás transeúntes confían en ellos para preservar la paz aquí abajo, aunque, por lo visto, no les preocupa demasiado eso de guardar secretos. En el fondo, están deseando que ambos mundos colisionen. Lo veo en sus sonrisas, allí donde estén. En sus gestos de bienvenida y su manera de hacerme sentir uno más. Me miro las manos. Me toco la cara y me pregunto si un ciego sabría distinguir a esos demonios de cualquiera de nosotros, los de la superficie.

Subí antes de que el sol naciera de nuevo sobre las aguas del Mar Menor y reemprendí el regreso a casa con más alivio que inquietud. El día que vea a alguno de ellos a plena luz caminando por las calles de este pueblo o las de cualquier otro, ese día sabré que ha llegado la hora. Entonces Midian dejará de existir. Arriba y abajo serán lo mismo.

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