Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Miércoles, 15 de julio de 1936: Intervención de Gil-Robles en la Diputación Permanente de las Cortes
Un día, el señor Calvo Sotelo pronunció en la Cámara estas palabras, contestando al señor presidente del Consejo de Ministros: «Yo tengo, señor Casares Quiroga, anchas las espaldas. Su señoría es hombre fácil y pronto para el gesto de reto y para la palabra de amenaza. Le he oído tres o cuatro discursos en mi vida, los tres o cuatro desde ese banco azul, y en ellos ha habido siempre la nota amenazadora. Bien, señor Casares Quiroga: me doy por notificado de la amenaza de su señoría; me ha convertido su señoría en sujeto de las responsabilidades que puedan nacer de no sé qué hechos. Se lo repito, señor Casares Quiroga: mis espaldas son anchas. Yo acepto, con gusto, y no desdeño ninguna de las responsabilidades que puedan derivar de actos que yo realice. Y las responsabilidades ajenas, si son para bien de mi patria y para gloria de España, las acepto también. ¡Pues no faltaba más! Yo digo lo que santo Domingo de Silos contestó a un rey castellano: ‘Señor, la vida podéis quitarme, pero más no podéis, y es preferible morir con gloria que vivir con vilipendio’». Esto dijo el señor Calvo Sotelo; le ha llegado la muerte con gloria.
»¡Triste sino el de este régimen, si incurre, frente a un crimen de esta naturaleza, en el error tremendo de pretender paliar los acontecimientos! Si exigís las debidas responsabilidades, si actuáis rápidamente contra los autores del crimen, si ponéis en claro los móviles, en ese caso quizá, y no lo lograréis del todo, quedará circunscrita la responsabilidad a los autores. Pero si vosotros estáis, con habilidades mayores o menores, paliando la gravedad de los hechos, entonces la responsabilidad escalonada irá hasta lo más alto y os cogerá a vosotros como Gobierno y caerá sobre los partidos que os apoyan como coalición de Frente Popular y alcanzará a todo el sistema parlamentario y manchará de barro y de miseria y de sangre al mismo régimen.
—Por favor, dejen terminar al señor Gil-Robles.
—Gracias, señor presidente. Después de esto, pocas palabras voy a pronunciar en el día de hoy; quizá muy pocas palabras más hayamos de pronunciar en el Parlamento. Nosotros estamos pensando muy seriamente que no podemos volver a las Cortes a discutir una enmienda, un voto particular, un proyecto más o menos avanzado que presentéis, porque eso, en cierto modo, es decir ante la opinión pública que aquí todo es normal, que aquí la oposición cumple su papel, que este es el juego corriente de los sistemas políticos. No. El Parlamento está ya a cien leguas de la opinión nacional. Hay un abismo entre la farsa que representa el Parlamento y la honda y gravísima tragedia nacional.
—El señor Indalecio Prieto tiene ahora la palabra.
—A mi juicio, el señor Gil-Robles, en las palabras tremendamente apasionadas que acaba de pronunciar, no ha sido justo. Yo no he de censurar ni poner tacha alguna a la desmesurada amplitud con que se ha consentido expresar su criterio el señor Gil-Robles; pero debo recordar que nosotros habíamos venido, me limito a consignar el hecho, a deliberar sobre una propuesta concreta del Gobierno, la de que se le autorice a prorrogar el estado de alarma por treinta días. No desdeño la congruencia que tienen con la petición formulada por el Gobierno, y que nos ha congregado aquí, algunas de las manifestaciones del señor Gil-Robles, aunque no todas ellas, y advertimos cómo los intentos de desentenderse de ello a cuenta de un suceso lamentabilísimo y doloroso se le han frustrado en flor, porque lo que ha hecho el señor Gil-Robles es preferente o exclusivamente un acto político…


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