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Para un herbario, de Colette

Para un herbario, de Colette

En 1947, la editora Mermod de Lausana le propuso a Colette enviarle periódicamente un ramo de flores distinto; Colette, a su vez, escribiría una suerte de «retrato» de una u otra de esas flores. El resultado es esta colección en la que la autora realiza veintidós evocaciones florales.

En Zenda reproducimos un extracto de Para un herbario (Gallo Nero), de Colette.

***

El lirio

¡Lirio! Y uno de vosotros para la ingenuidad.

Lo que digo a continuación es, por obligación, una coletilla maquinal. En presencia de un lirio, o de varios, siempre se elevará una voz del grupo para citar a Mallarmé con fervor literario:

¡Lirio! Y uno de vosotros para la ingenuidad.

Hoy que estoy sola y que mi hija me ha traído, y luego dejado, un lirio, no he podido resistirme a exclamar: «¡Lirio! Y uno de vosotros para la ingenuidad», pero sin poner el alma en ello. Ni la entonación. Estaba cohibida, como cuando me pruebo el sombrero con plumas de una amiga o sus pendientes y veo la viva imagen de la consternación en los rostros que me rodean. Ahora quiero intentarlo de nuevo, empezando un poco más arriba para poder saltar mejor:

Recto y solo, bajo un antiguo oleaje de luz,

¡Lirio! Y uno de vosotros para la ingenuidad.

No nos empecinemos más. Hace falta más arte, más amor del que yo dispongo —¡perdóname, Henri Mondor!— para honrar un poema cuya gloria se encargó de asegurar la música de Claude Debussy.
Me remonto lo bastante lejos como para que algunos detalles de mi antigüedad me hagan cierta gracia. Cuando empezaron a surgir en torno a La siesta de un fauno por una parte la negación, y el entusiasmo de la buena compañía por otra, yo ya había visto pasar la época en que Jules Lemaître —en La Revue bleue, creo recordar— «explicaba» (sic) a las multitudes el poemita de Verlaine:

La esperanza luce como una brizna de paja en el establo…

Ante tan inesperada tarea de mediación, tuve siempre presente que el futuro autor de La massière se exponía a recabar más humor que comprensión, y más ridículo que humor. ¿Metió la misma mano, y con el mismo ahínco, en Mallarmé? Ningún rumor me ha llegado al respecto. Alrededor del trío pagano solo llegué a percibir el murmullo de las abejas, el discreto escándalo que envolvió La siesta de un fauno cuando los comentadores señalaron que los voluptuosos divertimentos del sátiro cabrío y las dos ninfas componían un grupo impar.

Ni siquiera llegué a conocer al poeta. Su agradable rostro barbudo y distinguido pasó por mi lado sin que reparara en él. Tampoco vi nunca a Erik Satie, que excomulgaba a diestro y siniestro a uno de mis maridos. Ni vi a Maupassant, que ostentaba el honor, al salir de una de aquellas comilonas conocidas como saraos de sobones, de zambullirse en el río Marne y no morir de congestión. Nunca llegué a toparme con el arrogante y descascarado remanente de Barbey d’Aurevilly… Y sin embargo, tuve el placer de ser, durante unos cuantos años, contemporánea de todos ellos, cuando no su amiga; de ser la que los veía, sin más. Ningún documento me vale como recuerdo del rostro humano, memoria tenaz de su color, de la incisión de la pupila, la resplandeciente rueda del iris, la frente despejada o con pelo, la boca y sus sucesivos deterioros, una boca incapaz de recitar su propio poema, pero justo de una boca así me habría gustado oír:

¡Lirio! Y uno de vosotros para la ingenuidad.

Ese lirio del que hoy soy deudora por tan modesta divagación está erguido sobre mi chimenea, con el pie en el agua. Ayudada de unas tijeras de bordar, la florista le ha quitado los martillitos de polen amarillo, sin los cuales luce limpio, mutilado y triste. Antes, durante todo el invierno, podíamos conseguir —a su debido precio— los lirios verde pálido que bendicen la unión de tantos recién casados ingleses. Perfumado con perfidia, el lirio verdoso también sirve como lenguaje y súplica para obtener el amor de una virgen rebelde. No sé más sobre él, pues solo he frecuentado el lirio blanco, al que llamo, erróneamente, lirio verdadero. Este es blanco, pulposo, patilargo y, cuando tiene que florecer, no le teme a nadie. Lástima que casi siempre esté asediado por las crisomelas. La crisomela es el escarabajo rojo, y el escarabajo rojo es la crisomela. Si lo atrapamos con la mano, enseguida empezará a emitir el lastimero gritito de sus élitros. Solo lo tratamos como crisomela cuando mancha al lirio con sus heces en el jardín.

[…]

______________

Autora: Colette. Título: Para un herbario. Traducción: Blanca Gago. Editorial: Gallo Nero. Venta: Todos tus libros.

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