Entre 1938 y 1939, un noble francés viajó al norte del Círculo Polar Ártico, donde en invierno las temperaturas de cincuenta grados bajo cero son normales. Allí pasó quince meses viviendo entre los veinticinco inuits netsilik que la poblaban. Esta es su historia.
En Zenda ofrecemos las primeras páginas de Kabluna: Mi vida entre los inuits (Capitán Swing).
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Una tarde primaveral de 1938 me encontraba frente a la casa de los padres oblatos de la rue de l’Assomption, en París. Hacía un día precioso y la calle estaba desierta. La fachada se veía desnuda, lucía ese aspecto anónimo que caracteriza, en todas las ciudades del mundo, a los edificios de las congregaciones religiosas. Estaba a punto de embarcarme en algo que, para mí, representaba lo ignoto. Si quienes vivían en aquella casa estaban dispuestos a ayudarme, los primeros pasos me resultarían un poco más fáciles; si no, me lanzaría de todos modos a la aventura.
Ahí me encontraba yo, pues, con el dedo en el timbre de la casa de los padres oblatos, cuya misión consiste en evangelizar los pueblos más lejanos, los más desheredados de la tierra. Desde aquella casa habían partido muchas generaciones de hombres a los confines del mundo: África central, la selva brasileña, el Ártico. Sin embargo, nada de eso sugería el ambiente que reinaba en el interior: ni un rumor de pasos, ni un mapa colgado en las paredes. Una sombra me abrió la puerta para eclipsarse a continuación. Me quedé solo en un vetusto salón recibidor, esperando en compañía de tres sillas verdes y la fotografía de un difunto obispo.
Al poco entró un hombre, un religioso, cuyo porte denotaba que era el superior. Con un gesto, me invitó a sentarme en una de las sillas verdes. Le conté mi proyecto sin preámbulos: quería irme a vivir con los inuits; no los de Groenlandia, que, por lo que sabía, estaban tutelados por el Gobierno; ni los de Alaska, que esculpían inukshuks para venderlas; ni los de Siberia, pues nadie me dejaría entrar allí; me refería a los inuits canadienses, los cuales, por ocupar territorios muy lejanos y casi inaccesibles, llevaban una existencia semejante a la de hacía miles de años y no conocían a los blancos, salvo por algún misionero que los visitaba de vez en cuando. Sabía que sus territorios en el océano Glacial Ártico formaban parte de la diócesis de los oblatos, conocida en todo Canadá como «obispado del viento»; y que a veces el obispo los visitaba con su avión. ¿Podrían los padres oblatos concederme la posibilidad de hacer ese viaje con él?
El hombre no se movió. Lo que a mí se me antojaba una insolencia monstruosa y casi infantil, a él le pareció de lo más natural.
—Solo tiene que escribirle —dijo con voz apagada.
¡Lo decía como si el Ártico estuviera allí al lado! Esa fue mi primera lección de humildad, recibida antes incluso de abandonar París. Con apenas unas palabras, aquel religioso para el que no existían ni el tiempo ni el espacio redujo mi orgulloso proyecto a las dimensiones de una simple excursión al campo.
—¡Pero si el obispo no me conoce de nada! —me aventuré a objetar. Tal vez necesitaría una recomendación de la casa…
Descartó mi objeción con un gesto.
—No, no, escríbale a él directamente, es lo más sencillo. Aquí tiene la dirección. Buenos días.
Y sin decir una palabra más, el impertérrito servidor de Cristo me dejó para volver a sumirse en la eternidad de la que solo había salido durante un instante.
En abril escribí una carta dirigida a la sede episcopal de Fort Smith, en el paralelo 60, y la respuesta me llegó en mayo. Su Excelencia se avenía a acompañarme, lo cual sería un gran placer, siempre y cuando hubiera sitio, «pues el avión es pequeño y habrá otro pasajero —señalaba—. Asegúrese de estar en McMurray, al norte de Alberta, en torno al 1 de julio». Y luego, en una encantadora posdata: «Traiga una cámara, puede que tenga que hacer fotos».
Esta preciada misiva, junto a varios otros documentos esenciales de la Sociedad Geográfica y el Museo del Hombre que atestaban mi condición de etnólogo ante las autoridades canadienses constituían, a la sazón, todo mi bagaje. Apenas llevaba dinero, puesto que ninguna «fundación» subvencionaba mi proyecto. Tampoco llevaba equipaje, por así decirlo, ya que no me proponía hacer una expedición. Ningún agente se encargaría de comprarme perros; nadie me prepararía provisiones de carne y alimentos para esconderlas por el camino, ni me buscaría un intérprete ni cargaría un barco para recibirme en uno u otro punto del océano Ártico. Por no tener, ni siquiera tenía un plan. Había descubierto mucho tiempo atrás —en la India, China o los mares del Sur— que la vida ya se encarga de fraguarlos por mí, mucho mejor de lo que yo sería capaz.
Salí de París el 11 de junio, y el 9 de julio tomé el avión en McMurray con monseñor Breynat y un sacerdote recién llegado de Europa para visitar las misiones de esos territorios, además de Bisson, el piloto. Me había apeado del último tren no muy lejos de allí, en Waterways; un tren maravilloso que disponía en cada vagón de una estufa donde los pasajeros calentaban sus latas de conserva; un convoy donde se mezclaban tramperos, indios y colonos de todas las razas y creencias. Avanzaba con una sabia lentitud, cubriendo los quinientos kilómetros que hay desde Edmonton en veintidós largas horas, pues también remolcaba una fila interminable de vagones cargados de explosivos para las minas. En Waterways había dejado, además, mi último hotel y mi último billete de más de cinco dólares, pues entrábamos en un país donde las pieles se cambiaban por comida y equipamiento, sin intervención alguna de los bancos.
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Autor: Gontran de Poncins. Título: Kabluna: Mi vida entre los inuits. Traducción: Blanca Gago. Editorial: Capitán Swing. Venta: Todos tus libros.


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