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Nace un historietista singular

Para Umberto Eco, la novela era “una máquina de generar interpretaciones”. Pero el autor de El nombre de la rosa (1980) tampoco escatimaba elogios para el cómic. “La historieta es un lenguaje de la imaginación —defendía—, que sabe hablar con pocos signos y muchas sugerencias”. Reconocido amante de las viñetas, como Alain Resnais, Fernando Savater o Terry Gilliam, hoy hubiera sido un gran día para Eco, porque otro 15 de julio, el de 1935, vino al mundo un compatriota, un paisano —los dos eran milaneses— y un contemporáneo suyo —Eco nació en el 32, luego ambos pertenecían a esa cohorte demográfica conocida como la Generación Silenciosa— que habría de aportar grandes hallazgos al lenguaje de las viñetas.

Hijo del primer violonchelista de La Scala, Guido Crepax, aquel niño que vio la luz por primera vez un día como el de hoy de hace 91 años, estaba llamado a misiones de más altura que la ingeniería, la vocación que le llevó a cursar sus primeros estudios superiores. No le hizo falta abandonar la escuela politécnica de Milán para cambiar la ingeniería por la arquitectura. Gran amante del jazz desde que se le recuerda, debió ser merced a su hermano —Franco Crepax—, un reconocido productor musical, como el joven Guido empezó a dibujar la ilustración de las carátulas de las ediciones italianas de algunos álbumes de Louis Armstrong, Fats Waller, Gerry Mulligan o Charlie Parker… Pero también de las carpetas de los registros de otras músicas más comerciales. Así, el futuro maestro de la puesta en abismo incluso dibujó la carátula del “Nel blu dipinto di blu”, el famoso “Volare” de Domenico Modugno.

Y después la publicidad. Como tantos grandes de la historieta —por ejemplo, Hergé—, Guido Crepax también hizo mucha publicidad y atendió a numerosos encargos. Por así decirlo, fue un mercenario de la ilustración, que trabajaba con el mismo entusiasmo para compañías petrolíferas como la Shell que para Tempo Medico, una de las más prestigiosas revistas médicas italianas, que le confió sus portadas hasta bien avanzados los 80.

"Tanto física como intelectualmente, Valentina es un calco de Louise Brooks, todo un icono del feminismo en la pantalla silente, trufado por el feminismo de la época"

Pero el Crepax que hoy conmemoramos nació en 1965, en el segundo número de la revista Linus. Fue dentro de las aventuras del superagente Neutrón, un tipo dotado con fabulosos poderes. En realidad es un crítico de arte estadounidense que responde al nombre de Philippe Rembrandt y dedica su tiempo libre a la criminología. Pero lo más singular de tan insólita propuesta es que la novia del protagonista, una joven milanesa sofisticada, sensual y turbadora, Valentina, se convierte en un personaje vicario de Neutrón. Como el doctor Watson lo es de Sherlock Holmes o Nick Carraway de Gatsby. Así, aunque acaba convirtiéndose en la protagonista de las viñetas de Crepax, en realidad ejerce de álter ego de Neutrón cuando las chicas eran infrecuentes en las historietas y, de aparecer, siempre eran o la novia o cualquier otro personaje subsidiario en la trama.

Blanca, Belinda, Anita, fueron varias las mujeres dibujadas por Crepax, además de un sinfín de adaptaciones, desde los cuentos de Poe hasta el Drácula de Stoker. Pero el momento estelar, el capítulo que la historia del Noveno Arte dedica a Crepax, es por Valentina. A menudo, cuando el personaje empezaba a convertirse en ese icono que es hoy, le preguntaban al ilustrador si estaba basado en su propia esposa, en la señora Crepax. El maestro reconocía cierto parecido físico entre la compañera de su vida y la protagonista de su obra. Incluso llegó a dejar constancia de las ideas que su mujer aportó al personaje. Hasta que se cansó y no quiso saber nada más de ella.

Tanto física como intelectualmente, Valentina es un calco de Louise Brooks, todo un icono del feminismo en la pantalla silente, trufado por el feminismo de la época. En efecto, la milanesa es todo un ejemplo de mujer independiente, en cuyas experiencias se mezclan el curso natural del tiempo —envejece con los años, en 1971 alumbra a su hijo Matteo sin estar casada con su padre, Neutrón— con los onirismos propios de la experiencia lisérgica, norte indiscutible de la cultura de entonces. Desde el rock hasta la psicología, todo y todos hablaban del otro lado de las puertas de la percepción.

"El termino cómics aún estaba por acuñar. En Italia se leían los fumetti, en Francia las bandes dessinées y en España los entrañables tebeos"

Y en medio de aquella amalgama, entre las uniones libres de las parejas y las alucinaciones que aguardan al otro lado, fue cuando Guido Crepax aportó uno de sus grandes hallazgos a la narración de las historietas: la puesta en abismo. Se trata al cabo de una interpretación de esas imágenes que en su interior reproducen otra imagen exactamente igual a la primera y así, sucesivamente, hasta el infinito. Vaya una analogía por si se entiende mejor: una puesta en abismo es como esas muñecas rusas —las matrioshkas— que entrañan otra muñeca idéntica, a una escala inferior, y así sucesivamente. En las viñetas de Crepax, la vicaria, o cualquier otro personaje, puede estar leyendo un libro donde aparece otro personaje, que a su vez también está leyendo algo, creando así un juego de espejos y reflejos dentro de la misma historieta. Es una forma fascinante de invitar al lector a profundizar en varios niveles de la historieta.

El termino “cómics” aún estaba por acuñar. En Italia se leían los fumetti, en Francia las bandes dessinées y en España los entrañables tebeos. Aún escuchábamos con placer aquel eslogan de que “el Quijote no siempre empieza en un lugar de La Mancha” y leíamos a Manos Kelly en las páginas de La Trinca, inolvidable revista de Editorial Doncel. Allí supimos que a los tebeos hay que llamarlos “cómics”. Los más enterados ya hablaban de Guido Crepax, que a España no llegó hasta finales de los 70, con el boom del cómic para adultos. Quienes se quedaban con el erotismo de Valentina —que indiscutiblemente lo tenía, y mucho— no dejaban de ser como aquellos que miran al dedo de quien les señala a La Luna. Guido Crepax fue grande porque engrandeció el Noveno Arte con la puesta en abismo. Valentina murió prematuramente, en 1995, en la última página de la historieta Al diavolo Valentina! Se fue, diría Eco, con pocos signos y muchas sugerencias.

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