A un aviador se le estropea el cacharro en mitá del desierto, más solo que la Farola de noche, y cuando ya se las prometía mu felices aparece un muchachito de na que le suelta, sin venir a cuento: «píntame un cordero, pecador». Y hasta ahí puedo leer, fistro. Lo que viene después es el relato del Princhiquito tal como lo recuerda el aviador. El Princhiquito se ha dejao una flor en su planeta y se va por ahí, de asteroide en asteroide, dándose de bruces con un rey que manda sobre to y sobre na, un vanidoso más falso que el flequillo del Dioni, un borrachuzo, un hombre de negocios que cuenta estrellas como quien cuenta billetes y un farolero que no para, ¡al ataquerl! Hasta que en la Tierra un zorro le enseña el secreto, que no puede ser más sencillo, y es que lo esencial es invisible pa los ojos, ¿te da cuen? Una historia pa niños que las personas mayores no van a comprender jamás, por la gloria de mi madre. No te digo trigo por no llamarte Rodrigo.
Zenda adelanta un extracto de El Princhiquito, un libro de Ángel L. Fernández y Cristina Consuegra.
***
I
Cuando yo tenía seis años vi en un libro sobre la selva virgen que se titulaba «¡Me cago en tu muela!» una magnífica lámina. Representaba un ofidio más naranja que Donald Trump que se tragaba a un animal bravido.
Reflexioné mucho en ese momento sobre las aventuras de la jungla y a mi vez logré trazar con un lápiz de colores mi primer gromenauer. Mi gromenauer número uno era de esta manera.
Enseñé mi obra de arte a los fistros diodenales y les pregunté si mi gromenauer les daba miedo.
—¿Por qué habría de asustar un sombrero que da más sombra que Rossy de Palma? —me respondieron.
Mi gromenauer no representaba un sombrero. Representaba un ofidio que digiere un animal bravido harto garbansos. Dibujé entonces el interior del ofidio a fin de que los fistros diodenales pudieran comprender. Siempre estas personas tienen necesidad de explicaciones. Mi gromenauer número dos era así.
Los fistros diodenales me aconsejaron abandonar el gromenauer de ofidio, porque tenía menos futuro que el manco de Lepanto tocando el piano, y que me dedicara a estudiar geografía, historia, cálculo y gramática. De esta manera, a la edad de seis años, abandoné una magnífica carrera de pintor. Había quedao desilusionao por el fracaso de mis gromenauers número uno y número dos. Los fistros diodenales nunca pueden comprender algo por sí solos, y es muy aburrío para los fistros de la pradera tener que darles una y otra vez explicaciones.
Tuve, pues, que elegir otro oficio y me hice forense del Equipo A. He viajao con ellos por todo el mundo, y la geografía, en efecto, me ha servío de mucho; al primer vistazo podía distinguir perfectamente la China de Arizona. Esto es muy útil, sobre todo si estás menos concentrao que el Fairys de Villaabajo.
A lo largo de mi vida he tenío multitud de contactos con multitud de duodenos sersuales. Viví mucho con fistros diodenales y los he conocío muy de cerca; pero esto no ha mejorao demasiao mi opinión sobre ellos.
Cuando me he encontrao con alguien menos simple que los diálogos de Chita, lo he sometío a la experiencia de mi gromenauer número uno, que he conservao siempre. Quería saber si verdaderamente era un ser comprensivo. E invariablemente me contestaban siempre «es un sombrero». No les digo trigo por no llamarlos Rodrigo. ¡Cobardes!
II
Vivía más solo que un argentino en las Malvinas, hasta que hace seis años se me rompió la junta de la trócola en el desierto del Sahara, ¿te da cuen? Como no llevaba conmigo ni caballo blanco ni caballo negro, me dispuse a realizar, yo solo, una reparación difícil. Era para mí una cuestión de vida o muerte, porque bebo más agua que los peces de los villacincos y hacía más calor que en la comunión de Charmander.
La primera noche me dormí sobre la arena, a unas mil millas de distancia del lugar habitao más próximo. Estaba más aislao que Robinson Crusoe en la isla Perejil. Imagínense, pues, mi sorpresa cuando, al amanecer, me despertó una extraña vocecita que decía.
—¡A güán, a peich… píntame un animal bravido!
—No puedor.
—¡Píntame un animal bravido!
Me puse en pie más rápido que una pulga con hipo y me froté los ojos, que los tenía más apretaos que los tornillos de un submarino. Miré a mi alrededor. Vi a un extraño fistro de la pradera. Ahí tienen el mejor retrato que más tarde logré hacer de él, aunque mi gromenauer, ciertamente, es menos encantador que el modelo. Pero no es culpita mía. Los fistros diodenales me desanimaron de mi carrera de pintor cuando era más pequeño que un pixel en Full HD, y no había aprendío a dibujar otra cosa que ofidios.

Este es el mejor retrato del Fistro de la pradera que he podido dibujar.
Miré, pues, aquella aparición con más mala cara que los pollos de Simago. No hay que olvidar que me encontraba a unas mil millas de distancia del lugar habitao más próximo. Y ahora bien, el fistro de la pradera no me parecía ni perdío, ni muerto de cansancio, de hambre, de sed o de miedo. No tenía en absoluto la apariencia de un fistro de la pradera perdío en el desierto, a mil millas de distancia del lugar habitao más próximo. Cuando logré, por fin, articular palabra, le dije.
—¡Que viene la meretérica!
Y él respondió entonces, suavemente, como algo muy importante.
—¡Quietorr… píntame un animal bravido!
La situación era más misteriosa que la portera de Allan Poe. Por absurdo que aquello me pareciera, a mil millas de distancia de todo lugar habitao y en peligro de muerte, saqué de mi bolsillo una hoja de papel y una pluma. Recordé que yo había estudiao especialmente geografía, historia, cálculo y gramática y le dije al fistro (ya un poco malhumorao) que no sabía dibujar.
—¡No importa —me respondió—, píntame un animal bravido!

—¡No, no! Yo no quiero un ofidio harto garbansos. El ofidio es muy peligroso y los garbansos se me repiten. En mi tierra es todo muy pequeño. Necesito un animal bravido. Píntame un animal bravido.
Dibujé un animal bravido.
Lo miró atentamente y dijo.
—¡No puedor! Está enfermo y va a durar menos que Calimero en la puerta del Kentaky. Haz otro.
Volví a dibujar.
Mi amigo sonrió dulcemente, con indulgencia.
—¿Ves? Esto no es un animal bravido, es un adicto al móvil. Está más enganchado que los renos de Papá Noel…
Rehíce nuevamente mi gromenauer.
Fue rechazao igual que los anteriores.
—Este es más viejo que los rodapiés de las cuevas de Altamira. Quiero un animal bravido que viva mucho tiempo.
Falto ya de paciencia y deseoso de comenzar a desmontar la trócola, garrapateé rápidamente este gromenauer.
Se lo enseñé.
—Esta es la caja. El animal bravido que quieres está adentro.
Con gran sorpresa mía, el rostro de mi joven juez se iluminó más que el reflejo de un azulejo blanco.
—¡Así es como yo lo quería! ¿Crees que sea necesaria mucha hierba para este animal bravido?
—¿Por qué?
—Porque en mi tierra es todo más pequeño que el libro de familia de los Fruittis.
Se inclinó hacia el gromenauer y exclamó.
—¡Bueno, no tan pequeño…! Está dormido…
Y así fue como conocí al princhiquito.
III
Me costó más comprender de dónde venía que entender el final de Twin Peaks. El princhiquito, que me hacía más preguntas que un fistro diodenal de Hacienda, jamás parecía oír las mías. Fueron palabras sueltas, dichas a lo loco, las que poco a poco me lo revelaron to. Asín, cuando vio por primera vez mi cacharro volador (no te lo dibujo, que un gromenauer así es más difícil que peinar a un calvo) me preguntó.
—¿Qué animalito es ese?
—Eso no es un animalito. Eso vuela. Es mi cacharro, ¿te da cuen?
Me sentía más orgulloso que el padre del Cola Cao. Él entonces gritó.
—¡A güán! ¿Te has caío del cielo, pecador?
—Pues sí —le dije, modosito.
—¡Jarl, qué fistro más curioso!
Y el princhiquito soltó una risita que me sentó peor que un gazpacho caliente. A mí me gusta que mis desgracias se tomen en serio, ¡torpedo! Y añadió.
—Entonces, ¿tú también vienes del cielo? ¿De qué planeta eres, cobarde?
Vi una lucecita en el misterio y le pregunté de sopetón.
—¿Tú vienes, pues, de otro planeta?
Pero no me respondió ni p’atrás; movía la cabeza más despacito que Chanquete echando la siesta, mirando mi cacharro.
—Es verdad que, montao en eso, no puedes venir de muy lejos…
Y se quedó embobao un buen rato. Luego sacó del bolsillo mi animal bravido y se puso a mirarlo como quien mira un fistro de oro.
Imagínense cómo me dejó la cabeza loca aquella mediaconfidencia de los otros planetas. Asín que insistí, que yo soy más pesao que el cuñao de Rocky Balboa.
—¿De dónde vienes, fistro de la pradera? ¿Dónde está «tu casa»? ¿Dónde te quieres llevar mi animal bravido?
Después de pensárselo más que un gallego en una escalera, me respondió.
—Lo bueno de la caja que me has dao es que por la noche le sirve de casa al animal bravido.
—Claro que sí. Y si te portas bien, te doy también una cuerda y una estaca pa atarlo de día.
La propuesta le sentó como una patada en la diodena.
—¿Atarlo? ¡Qué idea más fea, me cago en la mar salada de Barbate!
—Si no lo atas, se va a ir por ahí y se pierde, ¿te da cuen?
Mi amigo soltó otra carcajada.
—¿Y adónde quieres tú que vaya, pecador?
—Yo qué sé, a cualquier lao. Derecho, p’alante…
Entonces el princhiquito señaló con mucha gravedad.
—¡No importa, mi tierra es más pequeña que el camerino del Papá Piquillo!
Y agregó, quizás con un poquito de pena.
—Derecho, p’alante… tampoco se puede ir muy lejos.

El Princhiquito encima del asteroide Mereterita 612.
IV
De esta manera supe una segunda cosa importantísima: su planeta era poco más grande que la caseta del perro de los Fruittis.
Esto no me extrañó mucho. Yo sé de sobra que, aparte de los planetas gordos como la Tierra, Júpiter, Marte y Venus, a los que se les ha puesto nombre, hay otros cientos más chicos que el jacuzzi de un mejillón, que no los ves ni con el telescopio del Capitán Tan. Cuando un fistro diodenal sabio descubre uno de esos planetas, en vez de un nombre bonito le planta un número, porque no tiene corazón, tiene una hoja de cálculo. Le llama, por ejemplo, «el asteroide 3251», y se queda más ancho que el escote de Sabrina.
Tengo razones de animal bravido pa creer que el planeta del princhiquito era el asteroide Mereterita 612. A ese asteroide lo vio una sola vez por el telescopio, allá por 1909, un fistro astrónomo condemor.
El hombre montó una demostración por todo lo alto en un Congreso Internacional de Astronomía. Pero no le creyó ni el apuntador, porque iba vestío más raro que Don Pinpón sin tirantes. Los fistros diodenales son asín, te da cuen; se fijan más en la etiqueta que en el anís.
Por suerte pa la honrilla del asteroide Mereterita 612, un dictador de la mereterita obligó a su gente, bajo pena de muerte, a vestirse como los caballos que vienen de bonanza. Asín que el astrónomo repitió la demostración en 1920, y como esta vez iba más planchao que la raya del pantalón de Curro Jiménez, to el mundo dijo amén.
Si les he contao toa esta historia del asteroide Mereterita 612 y hasta el numerito, es por darles gusto a los fistros diodenales, que adoran las cifras más que Espinete las pipas. Cuando les hablas de un amigo nuevo, jamás te preguntan lo importante. Nunca dicen: «¿Qué tono tiene su voz? ¿A qué juega? ¿Colecciona mariposas o tazos?». Qué va. Te sueltan: «¿Cuántos años tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?». Y con esas cuatro birrias creen que ya lo conocen, los pobres.
Si les dices a los fistros diodenales: «He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las ventanas y palomas en el tejao», se quedan más en blanco que el Fary leyendo a Kant. Hay que decirles: «He visto una casa que vale cien mil gallifantes». Entonces sí, entonces gritan: «¡Ozú, qué preciosidad!».
De la misma manera, si les dices: «La prueba de que el princhiquito existió es que era un fistro de la pradera encantador, que reía y quería un animal bravido; y querer un animal bravido es prueba de que se existe», los fistros diodenales se encogen de hombros y te tratan de crío. Pero si les dices: «El planeta de donde venía era el asteroide Mereterita 612», se quedan convencíos y no te dan más la murga. Son asín. No hay que guardarles rencor, que bastante tienen con ser más sosos que los de villabajo. Los fistros de la pradera deben ser muy pacienciosos con los mayores.
Pero nosotros, los que sí sabemos de qué va la vida, nos reímos de los números por la patilla. A mí me habría gustao empezar esta historia como los cuentos de hadas. Me habría gustao decir: «Érase una vez un princhiquito que vivía en un planeta poco más grande que él y que necesitaba un amigo…». Pa quien entiende la vida, eso suena mucho más de verdad.
Y es que no me gusta que se tomen mi libro a guasa, jarl, no puedor. Me da más pena que la muerte de Chanquete contar estos recuerdos. Hace ya seis años que mi amigo se fue con su animal bravido. Y si lo describo aquí es pa no olvidarlo, que olvidar a un amigo es más triste que un payaso en el paro. No todo el mundo ha tenío un amigo. Y yo podría acabar como los fistros diodenales, que solo le hacen caso a las cifras. Asín que me he comprao una caja de lápices de colores. ¡Y mira que es duro, a mi edad, ponerse a aprender a dibujar, cuando en toa la vida no he pintao más que un ofidio abierto y un ofidio cerrao a los seis años! Yo prometo hacer los retratos lo más parecíos que pueda, pero no las tengo todas conmigo. Uno me sale bien y el otro no se parece ni a su sombra. En los tamaños también soy más torpe que Don Pinpón bailando una sardana: aquí el princhiquito sale más grande de la cuenta y allá más chico que un sello. Y con el color del traje, dudo más que un político en campaña. En fin, que igual me equivoco en detalles importantes. Pero habrá que perdonármelo, que mi amigo no me daba nunca muchas explicaciones. Se creía que yo era igualito que él, y yo, pa mi desgracia, no sé ver un animal bravido a través de una caja. A lo mejor es que me estoy volviendo un poco fistro diodenal.
Será que he envejecío, pecador.
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Autores: Ángel L. Fernández y Cristina Consuegra. Título: El princhiquito. Editorial: JotDown. Venta: Jot Down.







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