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Emilio Lledó, paseando

Yo tengo un vecino que se llama Emilio Lledó. Cuando vine a vivir a esta casa, en Madrid, pronto me di cuenta de quién era, y de que le gustaba pasear todos los días por las calles de nuestro barrio. El portero de mi edificio lo conocía, porque vivía en la casa de al lado, y en seguida le pedí que me lo presentara. Fue así como lo conocí.

Le regalé mi libro Relámpagos, y no recuerdo si alguno más, y él me regaló un libro suyo, Elogio de la infelicidad. Yo ya tenía su ensayo El silencio de la escritura, que había ganado el Premio Nacional años atrás. Recuerdo que en una Feria del Libro de Madrid compré su libro Sobre la educación. Recuerdo también que a él le llamó mucho la atención que lo había pagado, que no me lo habían regalado. Lo destacó mucho.

Este libro, por cierto, es una maravilla de prosa y de pensamiento. En él está el filósofo, pero también el gran escritor, el hombre siempre profundo que pide un esfuerzo al lector para llevarlo a lugares apasionantes del mundo, de la sociedad, de la mente.

"Están muy bien escritos; tienen la pluma del poeta, por lo bien que está dicho todo en ellos, por su sensibilidad, pero también tienen el pensamiento del filósofo"

Mi portero, Ricardo, que también es un hombre sabio, me ha dicho que don Emilio tiene la casa completamente llena de libros, y que está todo el día leyendo. En la foto de la solapa de Sobre la educación, en blanco y negro, aparece él y al fondo los estantes de sus libros, unos encima de otros, muchos libros.

Sus textos no son fáciles, insisto, hay que concentrarse para leerlos, pero a cambio te dan mucho. Están muy bien escritos; tienen la pluma del poeta, por lo bien que está dicho todo en ellos, por su sensibilidad, pero también tienen el pensamiento del filósofo. La fama de Lledó es como pensador, como filósofo, y se ganó la vida como profesor de Filosofía.

He conocido ya a muchos escritores, y a menudo pienso en qué medida lo que escriben se parece a como se muestran al exterior, no diré a como son en realidad, pues al fin y al cabo esto último será una síntesis de todo. Me refiero a cómo hablan, cómo se desenvuelven en el trato cotidiano, en el trato en corto diría yo.

"Siempre me dice algo inteligente basado en lo cotidiano, en lo que está pasando en ese momento, o lo que nos está pasando a los dos en ese momento"

En general he notado que los escritores suelen ser bastante diferentes en este sentido a como se muestran en sus libros, aunque por supuesto, cuando uno los trata encuentra en ellos relaciones, identidades, semejanzas. Quizá esto se deba a que el lenguaje de la escritura es distinto al de la vida real, llamémosla así, al de la vida cotidiana.

A mí me gusta parar a Emilio Lledó, “don Emilio”, como lo llamo siempre, cuando lo veo por la calle, que son bastantes veces, porque pasea con frecuencia y me lo encuentro. Se ve que practica lo que decían los griegos de mens sana in corpore sano, y él realiza un ejercicio constante con la mente, pero no descuida el cuerpo. Quizá por eso haya llegado tan bien a los 98 años, según he leído en Internet, que yo pensaba que eran dos menos.

Cuando me lo encuentro por la calle hablamos un poco, le pregunto cómo está y siempre surge algo interesante. Siempre me dice algo inteligente basado en lo cotidiano, en lo que está pasando en ese momento, o lo que nos está pasando a los dos en ese momento. La última vez me dijo, por ejemplo, que le había pedido a Atenea que le quitara años, pero que no le hace caso. No son raras estas referencias cultas que nos llevan a su formación, a su docencia, en el fondo a su obra, a lo que finalmente es él.

"Es un hombre, sí, muy afable, muy educado, muy cercano. Yo creo que quien lo viera en la calle no pensaría que es quien es, lo que llamaríamos un hombre importante"

Cualquiera que le oyera hablar así en la calle pensaría que Don Emilio es una nueva forma de Don Quijote (que por cierto también era un sabio, y de los más importantes, en mi opinión), pero es que don Emilio habla fiel a lo que es y a lo que ha sido toda su vida. No me extraña que se refiera a Atenea, y es una lástima que ésta no le quite años como le pide. Pero la verdad es que los años le sientan muy bien a don Emilio Lledó, y yo sospecho que cada vez es más sabio y apostaría a que sigue escribiendo, por afición, por vocación, por necesidad, quizá por una elevada idea del compromiso, consigo mismo y con la vida.

Estos años ha ganado muchos premios, muy importantes, como el Princesa de Asturias. Yo le preguntaba por ellos, si no le cansaban, si no eran demasiados, y me decía, sonriendo ampliamente, que no, que a él lo animaban mucho.

"Lo cierto es que, si lo pienso, tratarlo ha sido un privilegio y una gran satisfacción desde que me mudé a Madrid. Emilio Lledó, en sus libros, es un gran escritor, pero en la vida es una gran persona, y eso quizá tenga más valor"

Es un hombre, sí, muy afable, muy educado, muy cercano. Yo creo que quien lo viera en la calle no pensaría que es quien es, lo que llamaríamos un hombre importante. Quiero decir que al hablar con él uno se encuentra con un hombre sencillo, muy fácil de tratar, de ningún modo con lo que uno pensaría que es una eminencia de la filosofía y el pensamiento. En este sentido me parece que es una lección para todos, aunque también tengo la sensación de que no vamos a aprender mucho de él, porque intuyo que al final uno es como es y poco lo podemos remediar. En cuanto al carácter me refiero.

Una vez lo cité en uno de mis artículos de Zenda y me lo dijo en la calle, muy contento. Lo había encontrado por sí mismo, en Internet, o se lo habían dicho, lo que me alegró todavía más, porque yo no se lo había contado. Espero que si lee este artículo le guste tanto como aquél.

Lo cierto es que, si lo pienso, tratarlo ha sido un privilegio y una gran satisfacción desde que me mudé a Madrid. Emilio Lledó, en sus libros, es un gran escritor, pero en la vida es una gran persona, y eso quizá tenga más valor. Puede que esto, dicho por una persona como yo, que lleva escribiendo casi toda su vida, y que tanto estima la escritura y a los escritores, tenga más importancia. De poco sirve el valor literario si no tiene como fundamento un auténtico valor humano, pienso ahora.

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