Según el jurado, este poemario mereció el XXVIII Premio de Poesía Generación del 27 porque “articula su discurso en torno a la experiencia de la paternidad en la distancia. La palabra se convierte en carta y legado para el hijo, un canto de amor con advertencias sobre la dureza del futuro, en una intimidad frágil, pero persistente».
En Zenda publicamos cinco poemas de Defender El Álamo (2018-2020), de Joaquín Pérez Azaústre (Visor).
***
BATMAN AÑO UNO
Estoy aquí sentado en el sillón de mi padre
con la botella que Alfred subió de la bodega
porque he tenido suerte suerte de aficionado
me han pateado el mentón hundieron la navaja
muy cerca de mi vena femoral
me han roto dos costillas
ropa de veterano una guerrera
con un gorro de lana
y me podrían haber reconocido
descuidé mis defensas
son las 4 o las 5 pronto amanecerá
y hoy por primera vez me siento en tu sillón
suerte de aficionado
he partido los troncos de la nieve
un destello una grieta atraviesa el cristal
esta mansión siempre me ha parecido
demasiado gótica
un destello una grieta su remolino de alas
recuerdo las criaturas al salir de la cueva
la mano de mi padre
acariciando el surco de la luz
mi risa es una mueca como esta cicatriz
yo no soy este hombre
ni siquiera su herida y tampoco el dolor
del aire pantanoso por las alcantarillas
pero sí el ángel negro con manto protector
ganado al humo espeso de las calefacciones
sobre los edificios con gárgolas rumiantes
en cielos de petróleo
soy las garras y esta ciudad es mía
padre madre nadie se atreverá a pisar
vuestros pasos dormidos al salir de aquel cine
en este callejón
las perlas de mi madre rodarán por la acera
y no habrá prisioneros
olvidaré mi nombre se desvanecerá
en la bruma diurna de los primeros trenes
porque seré el murciélago
que escupió su veneno en el sol de la noche.
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CASA DEL PADRE
La casa del poeta es la casa del padre.
Antes hubo unas rejas hacia el patio celeste
con la cruz del futuro templando el horizonte
y pájaros vacíos con un silbido blanco.
Luego fue tener un reino propio
en Metropolitano, con ébano en los muros,
nevera y biblioteca para la eternidad,
los pechos de manzana
con ojos de cobalto modernista
y las perlas rosadas en el roce del labio.
Cuanto amé allí dentro
la sana libertad del curso derrocado.
Después la Residencia de Estudiantes,
con sus postigos de provocación
en fanfarrias y voces de cadetes altivos
tomándose un gin-tonic que no se acabará.
Y entre la casa azul,
con Bruselas y Argel como llamas de paso,
ahora vuelvo a Madrid, puerto sangriento,
como a un retrato curvo que me ha visto morir.
Pero ahora vivo aquí
y mi casa es tu casa.
Tú dices:
Me gusta nuestra casa de Madrid.
Y me tocas y hablas en todas las paredes
en que habita tu rostro.
Todo es mi casa ahora:
tus mensajes de voz, las huellas de tus manos
con pinturas cambiantes,
tus dibujos, tus juegos,
que me nombran a mí
como un cuerpo nacido con su propia armadura.
Y también el avión, la PCR:
todo es mi casa ahora
si me lleva hasta ti.
O volverme a sentar en este bar
del siglo diecinueve, en que Manuel Machado
seguro fue feliz, igual que yo,
y que te gustará,
o en otro parecido dentro de algunos años,
donde te esperaré,
o quizá algún amigo podrá hablarte de mí.
Todos sabrán quién eres.
Todo te nombra a ti.
Todo te mira a ti
en la casa del padre.
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VIDEOLLAMADA
Y llegará un momento en el que nadie
nos corte la llamada.
Esa estación redonda se amoldará a la piel
como la lluvia cálida de agosto
en los columpios junto a la piscina,
cuando todos sentimos en los brazos
el último silbido que es cárdeno en las hojas
y un calor de cigarras pronuncia el horizonte.
Estamos preparando esas palabras:
una conversación que ya ha empezado
con todos nuestros lances de aventura.
No importa lo que ahora nos suceda.
No importa que esos tajos al cortar nuestras voces
igual que un carnicero de nuestras despedidas
nos dejen la garganta
y la respiración
con la niebla raspando su golpe de silencio.
No importan los impactos
sobre un aire de púas,
el fuego proceloso de una chimenea
que nos danza en los ojos,
porque ya hemos hablado y la dulzura
siempre aparece antes o después,
naciente en nuestros juegos como una flor de cactus
que nos llama a lo lejos desde la plenitud
en que tú y yo cantamos tu canción favorita
y podemos beber nuestra copa de tiempo.
Porque antes o después habrá siempre un segundo,
después de conquistar toda Britania
o nadar ante el mar de Alejandría
con los libros volantes y legiones doradas,
tras haber sido César, Arturo o Robin Hood,
en el que tú te tumbes, después de la batalla,
y me sigas mirando,
y me digas No cuelgues,
en ese instante eterno de una videollamada
entre un padre y un hijo.
Por eso lo bendigo
y rezo por estar en tus visiones
igual que cada día nace y duerme contigo
cuando te nombro, hijo, al dormir y nacer,
al tocar la extensión de mi cuerpo en el tuyo
con su voz de vacío.
Y eso, por ahora, es todo lo que tengo.
Todo lo que tenemos,
el momento de gloria:
Saber que tú me miras, y me ves.
***
EL DOMINGO DE LOS SUPERMERCADOS
Lo peor es siempre ir al supermercado.
Menuda ceremonia.
Ha habido algunas veces en que lo he conseguido,
después de reunir fuerzas,
logística interior,
y luego me he tenido que volver.
Domingos por la tarde.
Las colas de familias en las cajas
entre los treinta y tantos y algo más
con un único hijo
comprando leche para el desayuno,
algo precocinado o latas de salchichas.
Todos tan juntos, todos tan iguales
y todos tan distintos
en su apariencia de cordialidad,
mientras yo me he quedado
al otro lado del escaparate.
Hasta llego a pensar: me están mirando.
Saben que yo estoy solo y que mi hijo
vive lejos de mí.
Seguro que lo llevo escrito en el poema
de la cara.
Algunos de esos padres,
cuando me vean entrar a paso lento,
con huellas de otros cuerpos en mis labios sin brillo
quizás envidiarán
mis lodos solitarios. Vienen de aquellos polvos,
la selva conyugal con Jane siempre vestida
que me conozco bien.
Pero luego llegabas a una casa habitable.
Soñabas que lo era, o te lo imaginabas.
Y cuántos dormirán en la misma comedia
con un final abierto de vodevil o grito.
Como diría Fitzgerald, el precio ha sido alto.
Yo vivo en el aullido de noches de domingo
en que vuelvo a mi casa y me convenzo
de que ya no merece la pena el desayuno,
que no sabe tan mal el café negro,
que ya compraré leche en otra cita
que me resulte menos dolorosa,
en esas horas raras de hombres que viven solos
con las ascuas mojadas y los puños ardientes
del lento ahogo en el pecho.
Intento no mirar
a las parejas jóvenes con niño
cumpliendo sus paseos por la desolación
y ritos semanales, con su esterilidad
para las emociones verdaderas.
Aunque de sobra sé que no siempre es así.
Lo cierto es que querría poder volver con ellos,
quizá que me invitaran
a una porción con aceitunas negras
después de haber pedido pizzas a domicilio.
Pero no va a ocurrir.
Y como dice mi hijo, tampoco pasa nada.
Lo bueno es que lo dice con apenas tres años
y me ayuda a seguir.
Se trata de esperar, de abrir bien las ventanas
y mirar otras luces encendidas
al viento y los sonidos de la noche.
Eso vendrá después. Aún me queda saber
si lograré pasar, sin darme media vuelta,
por el pasillo de los congelados.
Me parece que no, y como Scarlett
me digo que mañana también será otro día.
Ahora, al menos,
cuando regreso al fin sobre mis pasos
y subo en ascensor, y entro en mi casa
y veo todas las fotos del niño que no está
y que sigue creciendo, camino de sí mismo,
no me tiembla la voz al mirarme al espejo.
***
DEFENDER EL ÁLAMO
Hijo, todos debemos defender El Álamo.
Prepara tus milicias.
He cogido el avión y cruzaré el Río Grande.
Al otro lado esperan las tropas de Sam Houston:
en esta historia nuestra sí llegarán a tiempo.
Tenemos la estrategia de las videollamadas:
a veces tú te cansas, yo no puedo,
a veces nos buscamos y nos damos la espalda
en esta escaramuza entre dos continentes.
Pero yo sé que estás. Y tú sabes que estoy.
Porque en cualquier lugar estará nuestra casa:
sabemos erigirla con sus muros de piedra
y ahora está en El Álamo.
No importan los espacios, pero te miro ahora
alerta en una alfombra
entre los ejércitos del mundo:
todos los voluntarios que han venido hasta Texas
con el coronel Travis orientando el cañón.
Dispón la artillería de estos hombres naranjas.
Mientras iré montando
las calles y edificios bajos de San Antonio,
que parece en ruinas. Pero nos levantamos,
corremos entre escombros antes de respirar.
Dices que David Crockett hoy no debe morir
y coloco en la puerta de El Álamo a Jim Bowie,
que aún porta ese cuchillo con el que mató a un oso.
Yo sujeto el fusil, que ya está descargado
y me pongo mi viejo sombrero de mapache:
hoy la caballería mexicana
no volverá a pasar
por encima de nuestro baluarte.
Tú quieres ser Santa Ana, ese Napoleón
del México encendido que ahora nace en tu cuarto
con el balcón abierto a la muralla
de la vieja medina de Rabat.
Aquí siguen llamando a la oración
aunque yo ya sea otro
y haya vuelto a tener mi estatura salvaje.
Hoy recuerdo otras cosas que te empecé a escribir
en el viejo cuaderno de la taza amarilla:
Defended El Álamo. Recordad El Álamo.
Camino por las calles de padres con sus hijos.
De pronto me apareces, en una niebla exhausta
y sé que eres un sueño.
Sí, creo en ti, hijo.
Esto no es el rumor de una costumbre:
es un lugar de fe,
porque apenas nos vemos
y sabes que me cuesta un esfuerzo infinito
despedirme de ti y colgar el teléfono.
Papá, tanto como a mí, respondes.
Lo escribo y lo recorto, lo pego en la nevera
con un imán
y lo vuelvo a leer cada mañana.
¿Qué hacemos con las fuerzas azules de George
Washington
y con los regulares rojos de Inglaterra?
¿Y con los escuadrones especiales de uniformes negros?
Vamos a ocupar la habitación,
todo este piso que hoy es nuestra casa:
Rabat, Marruecos, África y el mundo
con su sed de planetas y cada hijo solar
andando de la mano de su padre
hasta el anochecer.
No importa lo que pase.
Esta noche sabemos que Michael Jackson rompe
una ciudad dormida con sus luces azules
antes de ser pantera.
Hoy vamos a bailar la danza de la lluvia
y empuñar las espadas tras el santo grial.
Las traigo en la maleta
con las fotos de toda la familia.
La noche es nuestro reino
antes de ser gigantes
haciendo el desayuno.
Estamos resistiendo, ¿no lo ves tú también?
Creando un nuevo mundo
después de otros derrumbes.
Hubo buenos momentos: pudieron ser mejores.
Pero cada batalla demanda sus guerreros
y la vida nos pone al espejismo
que podemos vencer.
Y vamos a seguir: nuestros muros son fuertes
y aquí no baja nadie los brazos ni el aliento.
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Autor: Joaquín Pérez Azaústre. Título: Defender El Álamo (2018-2020). Editorial: Visor. Venta: Todos tus libros.
BIO
Desde su Premio Adonáis por Una interpretación (2001), Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976) ha publicado en Visor Libros como Delta (2004), El jersey rojo (2006, Premio Fundación Loewe Joven), Las Ollerías (2011, Premio Fundación Loewe) o Vida y leyenda del jinete eléctrico (2013, Premio Jaime Gil de Biedma). Tras su última entrega lírica, Poemas para ser leídos en un centro comercial (2017), sus más recientes novelas han sido La larga noche (2022, Premio Jaén) y El querido hermano (2023, Premio Málaga y Andalucía de la Crítica), sobre Manuel y Antonio Machado. Es articulista, profesor del Master de Creación Literaria de Planeta y la VIU y creador del podcast No eran molinos. Clásicos de la Literatura Española en RNE, Premio Nacional al Fomento de la Lectura.


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