Inicio > Blogs > La cueva del fauno > Flaubert, hijo de Cervantes
Flaubert, hijo de Cervantes

«Y trataba de averiguar qué significaban exactamente en la vida las palabras dicha, pasión y embriaguez, que tan hermosas le habían parecido en los libros».

La Madame Bovary de Gustave Flaubert ha sido ampliamente considerada no solo como una de las grandes novelas de la literatura universal, sino también como la obra cumbre que inaugura la etapa de plenitud del realismo narrativo. Basta abrir cualquier tratado o libro de texto que aborde la historia de la literatura para comprobar cómo, de forma generalizada, se asume que el realismo literario nace en Francia, tiene como padres a Honoré de Balzac, Stendhal y Flaubert y, sobre los pilares técnicos construidos por ellos, se inspira la novela realista de España, Portugal, Inglaterra o Rusia. En cada nación tiene esta narrativa sus particularidades, sí, pero a menudo como subproducto de lo creado en Francia, la nación de los próceres de la libertad, de lo moderno e ilustrado, líderes de la ruptura con el Ancien Régime y promotores de los grandes cambios que iluminan los senderos de la democracia, las galerías de arte o las bibliotecas en la Europa contemporánea. O al menos eso nos han hecho creer. Tal vez por ignorancia o quizás por cierta endofobia, en España hemos asumido esto como un axioma. Lo bueno, lo avanzado, siempre viene de fuera. Por ello, concedemos como una verdad irrefutable que el realismo es un movimiento eminentemente francés, y nuestra novela decimonónica es una mera adaptación de lo que conciben nuestros vecinos del norte. Por ello, omitimos nuestro Barroco, a Cervantes o a la picaresca como auténtica cuna de la novela moderna y piedra angular de la literatura realista.

El propio Gustave Flaubert admitió encontrar en Cervantes una inmensa fuente de inspiración. El proceso de escritura de Madame Bovary está documentado gracias a la correspondencia que el escritor normando mantuvo con su amante, Louise Colet. Es sabido que el alumbramiento de su gran novela supuso en Flaubert un ejercicio extremadamente arduo de empeño y constancia. Su exigencia y la obsesión por encontrar le mot juste (la palabra exacta) explican lo limitado de su producción literaria, así como el hecho de que la redacción de Madame Bovary, cuya duración prevista inicialmente era de dos años, se acabase por prolongar más de cuatro y medio, entre septiembre de 1851 y abril de 1856. En carta de 22 de noviembre de 1852, Flaubert confiesa a Colet que reservaba los domingos para la lectura del Quijote, lo que le cautivaba sobremanera:

«Lo que hay de prodigioso en Don Quijote es la ausencia de arte, y esa perpetua fusión de la ilusión y de la realidad que hace de él un libro tan cómico y tan poético. A su lado, ¡qué enanos, todos los demás! ¡Qué pequeño se siente uno, Dios mío! ¡Qué pequeño!».

En otra misiva a Colet, reconoce la mayúscula influencia que ejerce la obra cervantina en su formación literaria:

«Encuentro todos mis orígenes en el libro que sé de memoria antes de saber leer: Don Quijote».

Las similitudes entre Alonso Quijano y Emma Bovary son más que evidentes, hasta el punto de que podría afirmarse sin ambages que la obra magna de Flaubert reformula para la coyuntura decimonónica argumentos que Cervantes ya plantea en el siglo XVII. No se trata, ni mucho menos, de menospreciar el ímprobo trabajo de Flaubert, ni lo genuino y osado de su temática, pues el normando tuvo los arrestos de presentar al mundo los embrollos de una mujer adúltera en pleno siglo XIX, lo que le valió un proceso judicial. Se trata, por el contrario, de rastrear el origen de la oposición dialéctica realidad/ficción que atraviesa la obra flaubertiana.

"Si la novela de caballerías aleja al hidalgo de la realidad, la novela romántica es el nuevo tipo de literatura idealista que hará incompatible a la normanda con la experiencia mundana"

Con este propósito, conviene acudir a las causas que llevaron a Madame Bovary a «cometer» uno de los adulterios más célebres de la literatura. Flaubert nos presenta a Emma como la hija de un campesino rico que, con trece años, fue enviada a un convento de monjas ursulinas en Ruan, capital de Normandía. Allí recibiría la refinada educación que corresponde a una mademoiselle de buena familia, pero una circunstancia imprevista habría de modelar para siempre su carácter: una lavandera del convento comienza a proveer a Emma de ciertas novelas de amor, las cuales son devoradas por la joven de forma clandestina y le causan una gran impresión. Con la literatura de amor, la imaginación de Emma viaja a lejanos mundos fascinantes, conoce a apuestos y honorables caballeros capaces de dar su vida por la mujer amada y se traslada por destinos exóticos cuyo aroma, sin ser aún conocido por ella, ya le provoca una honda melancolía. En pocas palabras, con aquellas lecturas Emma se deja seducir por las fantasías del romanticismo literario. Idealiza el embelesamiento amoroso y se cree con derecho a convertirse en la protagonista de una de aquellas espectaculares novelas, de vivir en sus carnes el éxtasis de esas pasiones.

El duro golpe con la realidad llegará con el matrimonio. Emma contrae nupcias con un médico de provincias, Charles Bovary, un tipo a todas luces mediocre para una mujer que se ha dedicado a exaltar de forma idealista las relaciones amorosas, al suponer que todas ellas deben estar fundamentadas en lo que ha leído en las novelas, donde lo exótico, lo inaudito y el fervor extremo juegan un papel central. Charles es demasiado ordinario para aquel mundo de fantasía propio de una mente imbuida de las pasiones del romanticismo.

Emma Bovary es el Alonso Quijano de la burguesía decimonónica. Si la novela de caballerías aleja al hidalgo de la realidad, la novela romántica es el nuevo tipo de literatura idealista que hará incompatible a la normanda con la experiencia mundana. Presa de sus ensoñaciones y quimeras, Emma será incapaz de afrontar su matrimonio y su inminente maternidad. En su ensayo La orgía perpetua, Mario Vargas Llosa alude a estas circunstancias:

«El manchego fue un inadaptado a la vida por culpa de su imaginación y de ciertas lecturas, y, al igual que la muchacha normanda, su tragedia consistió en insertar sus sueños a la realidad».

Presa del hastío, cautiva de la ordinariez del rústico pueblo normando en que se establece con su esposo, Emma busca una vía de escape que le permita evadirse de su monótona existencia. La encontrará junto a León Dupuis, un joven pasante de notario que comparte con Madame Bovary la pasión por la lectura, el arte y, sobre todo, el espíritu idealista y romántico. En sus conversaciones con León, Emma retoma las esperanzas de cumplir las fantasías que construyó con sus lecturas y comienza a enamorarse de aquel hombre que le permite volver a ilusionarse con las campiñas italianas, los castillos de España y los palacios de Oriente. Y es que Flaubert convierte el culto a lo exótico en un pilar de la mentalidad de Emma, prueba manifiesta de que su protagonista se ha dejado embaucar por otro de los vicios del romanticismo. El arte y la literatura de las primeras décadas del XIX hallaron en Italia, España u Oriente una fuente de inspiración, lo cual derivó en una serie de tópicos que perviven aún hoy, como el de la hermosa andaluza o el de las voluptuosas odaliscas de los harenes orientales. El propio Flaubert se había visto seducido por el orientalismo y poco antes de iniciar Madame Bovary viajó a Egipto, Palestina y Líbano con un íntimo amigo, el fotógrafo Maxime du Camp. Sin embargo, aquel viaje le permitió, en cierto modo, desmitificar aquella región, donde su fascinación por la belleza de las «ruinas abandonadas» (tópico muy romántico) se vio opacada por la miseria que reinaba en las calles de El Cairo, Jerusalén o Beirut. Aquel fue un episodio más de la titánica batalla que libró Flaubert por desprenderse de las influencias del romanticismo y romper con el lirismo e idealismo que habían impregnado sus obras de juventud.

"Flaubert es hijo de Cervantes; la novela realista del XIX, en su confrontación con el ideal romántico, bebe en buena medida del genio cervantino. Baste leer a Balzac, a Galdós o recordar el origen de los males de Emma Bovary"

Madame Bovary es el producto de los esfuerzos flaubertianos por dotar a la novela de exactitud, objetividad y precisión quirúrgica en la descripción de lo mundano, elementos imprescindibles de la narrativa realista. Hijo de un prestigioso cirujano, Flaubert entiende que debe extraer del positivismo una serie de principios extrapolables a la novela. Aplicar el rigor de la ciencia a la literatura, omitir los sentimientos del autor, mostrar imparcialidad ante sus personajes y abstenerse de emitir opiniones o plasmar conclusiones son algunos de los preceptos flaubertianos durante la escritura de Madame Bovary, que contribuyen a clasificar al normando como uno de los grandes rupturistas con la estética romántica y notable precursor de la realista. Su tesón le llevó incluso a consultar decenas de tratados de medicina para describir las patologías de algunos de sus personajes en Madame Bovary, Bouvard y Pécuchet o Salambó.

El bovarismo es, en esencia, la síntesis del desprecio que sentía Flaubert por los trampantojos del romanticismo. La insatisfacción vital de Emma radica en dejarse seducir una y otra vez por el mundo de los sueños. Nuevamente es pertinente acudir a Vargas Llosa, quien en Cartas a un joven novelista vuelve a referirse a los rasgos quijotescos de Madame Bovary:

«[…] cuando alguien —por ejemplo don Quijote o madame Bovary— se empeña en confundir la ficción con la vida, y trata de que la vida sea como ella aparece en las ficciones, el resultado suele ser dramático. Quien actúa así suele pagarlo en decepciones terribles».

Flaubert es hijo de Cervantes; la novela realista del XIX, en su confrontación con el ideal romántico, bebe en buena medida del genio cervantino. Baste leer a Balzac, a Galdós o recordar el origen de los males de Emma Bovary. Así lo hace el hispanista Stephen Gilman en su ensayo La novela según Cervantes:

«Tal como Cervantes lo descubrió, y como Flaubert lo redescubrió, la inmersión en la ficción es un peligro para la identidad. Tanto el Quijote como Madame Bovary son novelas acerca de adictos a la lectura: un hidalgo desesperadamente hastiado y una esposa desesperadamente insatisfecha, incapaces ambos de nadar hasta la orilla de sus existencias provincianas».

Poner en valor nuestra tradición literaria y su relevancia en la formación de la literatura realista no implica, en ningún caso, un acto de chovinismo ni de desprecio al ímprobo trabajo de Flaubert, sino una forma de honrar la colosal obra de Cervantes, revestida por el Barroco español, y recordar que dos siglos antes de que las novelas románticas trasladasen a Oriente las fantasías de Emma Bovary, Alonso Quijano ya cabalgaba la meseta manchega a lomos de Rocinante.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios