Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Martes, 21 de julio de 1936: Incidente en la escuela de arquitectura
El documento es una declaración jurada de Pepe Mañas. Fecha: 14 de abril de 1939. En él jura por Dios y por su honor decir la verdad. Preguntado: «¿Dónde se encontraba al iniciarse el Alzamiento Nacional del Ejército?», contesta que en Madrid, con domicilio en la calle General Ricardos, número 11. Preguntado: «¿Qué acto ejecutó o intentó ejecutar para sumarse a él?», responde: «Acudir a la oficina para conocer las resoluciones que tomasen los jefes, todos de marcada significación derechista». El documento sigue en tercera persona: «Precisamente por ello fue detenido el día 21 de julio de 1936 en el local de la Escuela de Arquitectura (Estudios, 1) acusado de tirotear desde ella a las milicias rojas, sacándole del edificio y diciéndosele que se le iba a dar ‘el paseo’».
—¿No te enteraste? Se encerró con los rebeldes. Los milicianos lo mataron —dijo una compañera—. Se acababa de apuntar a Falange.
Pepe Mañas se sentó, anonadado. Alrededor se hablaba de las proclamas de Franco. Se contaba que había muerto el general Sanjurjo al despegar en un aeródromo de Lisboa. Había varios periódicos sobre la mesa. Todos daban noticias contradictorias. Lo más impresionante eran las fotos de portada. Los titulares eran los de un país en guerra.
—No os hagáis ilusiones. Esto no es un pronunciamiento. Es una auténtica guerra, y va para largo.
Todos querían hablar con los jefes. Pero ninguno aparecía por la oficina. De repente, se oyó un disparo cerca. Las mujeres se tiraron al suelo. Mañas quedó enfrentado con otro compañero.
—Ha sido desde la Escuela. Alguien dispara desde una ventana.
La confusión fue total. Al poco, un grupo de milicianos irrumpió dando voces. Abrieron puertas a patadas y apuntaron a todos con los fusiles que acababa de repartir el Gobierno.
—¿Quién ha disparado? Tú, ¿qué haces aquí parado? ¿Qué has visto? ¡Estás mintiendo! ¡Vosotros, os venís con nosotros! ¡Vamos a dar todos juntos un paseíto!
Los empujaron escaleras abajo y subieron a los oficinistas a un camión. Los milicianos decidieron llevarlos a la Dirección General de Seguridad, en la calle de la Reina. Por el camino, la gente los apuntó con el dedo. Al verlos trajeados, algunos escupían al suelo:
—¡Señoritos fascistas!


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