Ya solo quedan 10 relatos. Estos son los finalistas que compiten por los premios del nuevo concurso #historiasdefútbol, patrocinado por Iberdrola y dotado con 2.000 euros en premios. El fallo del jurado, que está formado por Juan Gómez-Jurado, Espido Freire, Paula Izquierdo y Leandro Pérez, será anunciado el jueves 23 de mayo. El primer premio está dotado con 1.000 € en metálico. El premio para los dos ganadores del segundo es de 500 € en efectivo.
***
1
Alejandro Rubén Rango
A las cuatro y doce de la tarde, cuando Irak y Congo llevaban unos minutos detrás de una pelota que parecía no pertenecerle a nadie, comprobó que no conocía a un solo jugador de ninguno de los dos equipos. Mejor así: era más fácil mirar sin esperar nada.
Era un domingo quieto. Afuera, el edificio tenía ese silencio de las tardes en que la gente duerme la siesta o intenta leer algo hasta que el libro se le cae sobre el pecho. Él había almorzado, había lavado los platos, había ordenado papeles. Por último, había encendido la televisión.
No esperaba un mensaje de ella. O sí. Pero prefería no pensarlo así. Era domingo. Estaba viendo el Mundial. Eso bastaba. Lo que hace cualquiera en una tarde como esa: se sienta, mira un partido, discute un fuera de juego, se indigna por un lateral mal cobrado entre dos países que apenas sabría ubicar en un mapa. Hay algo decoroso en todo eso.
Había comprado el abono para ver todos los partidos pensando en el fútbol. Esa tarde descubrió que había comprado una forma de no mirar el teléfono.
Irak tenía más la pelota, o eso decían los comentaristas. Congo esperaba ordenado. Él agradecía que alguien lo explicara. Mientras el narrador hablara, mientras hubiera nombres extraños, estadísticas, imágenes de la tribuna, podía permanecer allí, sentado, con las manos quietas.
—Irak no debe precipitarse —dijo uno de los comentaristas—. Todavía queda mucho partido.
Él asintió sin querer.
Eso había pensado después de aquella primera noche. No conviene precipitarse. No llamarla al día siguiente. No preguntar demasiado. Ella lo había llamado unos días después y se habían visto otra vez. La segunda noche había sido mejor. Al despedirse, ella lo había besado en la boca. Un beso breve, sin solemnidad. Él había tardado un segundo de más en responder, lo justo para que el beso se enfriara.
Congo robó la pelota y tuvo campo para salir. Por un segundo pareció que se animaba, pero el centrocampista frenó y tocó hacia atrás.
—¡Pero sal, hombre! —dijo otro periodista—. Si no te atreves ahora, ¿cuándo?
Él miró el teléfono, pero no lo tocó.
A los treinta minutos, Irak tuvo una ocasión clara. Un delantero quedó solo delante del portero y remató al cuerpo. El comentarista gritó como si por fin tuviera algo que contar. Él se incorporó en el sillón. No por el remate, sino porque le pareció que el teléfono se había movido, pero no era más que una ilusión. Nadie le había escrito. El delantero se llevaba las manos a la cabeza. Él también quiso hacerlo, pero le pareció excesivo compartir gestos con un desconocido.
En el descanso no miró el teléfono. La transmisión volvió al estudio, donde tres periodistas debatían si Irak debía atacar por la izquierda. Uno señaló en una pantalla el movimiento de un delantero que se alejaba del área.
—Tiene espacio, tiene apoyo, tiene tiempo —dijo—. Lo que no tiene es decisión.
Él pensó que esa era una frase injusta para decirla en televisión.
No quería ser el hombre que esperaba a que ella decidiera cuándo verlo. Tampoco quería ser el hombre que exigía un lugar demasiado pronto. Había una distancia, pensaba, entre mostrar interés y dejar la dignidad en la puerta como un paraguas mojado. Pero una cosa era esperar el momento justo y otra no entrar nunca en el área.
El segundo tiempo fue peor. Congo se animó un poco, Irak se cansó, el árbitro añadió cinco minutos y los dos equipos parecieron aceptar el empate. Cero a cero.
—Nadie quiso perderlo —dijo el narrador—. Y cuando nadie quiere perder, suele pasar que nadie sabe cómo ganar.
Entonces podría haber mirado el teléfono. No lo hizo.
Pasaron el resumen de las mejores jugadas, expresión generosa para tres disparos desviados y un cabezazo cerca del poste derecho. Después conectaron con un enviado especial en Toronto, donde algunos aficionados de Irak cantaban bajo la lluvia. Más tarde apareció un reportaje desde la concentración de su equipo. Vio a los jugadores bajar de un autobús, saludar sin ganas, entrar en un hotel. Luego entrevistaron a unos aficionados en una plaza; un niño dijo que iban a ganar porque su abuelo se lo había prometido.
Él miró todo. No porque le importara, sino porque todavía no se atrevía a quedarse a solas con el teléfono boca abajo.
A las seis y media empezó un programa de análisis. Repitieron el empate de Irak y Congo desde varios ángulos. Uno de los analistas insistió en que a Irak le había faltado profundidad. Otro dijo que Congo había hecho negocio con muy poco. El tercero resumió el partido con crueldad:
—Han esperado tanto que al final no ha pasado nada.
El teléfono vibró.
No lo cogió enseguida. Primero bajó el volumen. Después miró la pantalla. El mensaje era de ella.
“¿Te espero en casa?”
Durante unos segundos no supo qué hacer. Ni siquiera sonrió. Se quedó mirando esas cuatro palabras como si alguien hubiera encendido una luz demasiado fuerte en una habitación en la que sus ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra.
En la televisión, un periodista seguía hablando del empate. Abajo: Irak 0 – Congo 0. Él miró los nombres, el marcador, la repetición de un remate por encima del larguero, y comprendió que no recordaba una sola jugada. Había visto el partido entero, el resumen, las entrevistas, la llegada de su equipo al hotel y hasta a un niño que repetía promesas heredadas, pero no podía reconstruir nada.
Escribió: “Voy”.
Antes de enviarlo, pensó en añadir algo más. Algo prudente, algo gracioso, algo que no revelara demasiado. No se le ocurrió nada.
Mandó el mensaje.
Dejó el mando a distancia sobre la mesa y se levantó. En la pantalla, el Mundial continuaba sin él.
2
Marc Boleas Ventura
El minuto noventa brilló en el marcador electrónico y, como siempre, el contador volvió implacablemente a cero. Empezaban de nuevo las dos tandas de cuarenta y cinco minutos a las que los jugadores se veían arrojados una y otra vez, en una condena infinita. De los veintidós individuos que se enfrentaban en el campo, ninguno recordaba cómo habían llegado allí. No jugar era impensable; habían intentado alguna vez sentarse en el centro del terreno de juego, como protesta, pero sus cuerpos se rebelaban y su conciencia quedaba relegada al cruel rol de testigo. Tampoco era posible adulterar el juego; la ausencia de árbitro no les impedía acatar las reglas de una voluntad ajena. Aunque probaron todas las combinaciones posibles de resultados, invariablemente el marcador volvía a vaciarse sin piedad al terminar el encuentro, y alguno de ellos siempre recogía la pelota para depositarla en el círculo central y dar comienzo a un nuevo partido.
Con el avance interminable de los partidos, el espíritu de los jugadores se pudría, presa de la descomposición anímica. El odio hizo su aparición y se enquistó en sus almas, vaciando sus miradas. Muchos se enzarzaban en discusiones con sus propios compañeros. Al principio, las rencillas surgían por lances del juego; poco a poco, derivaron en virulentas disputas dialécticas sobre la naturaleza de su condena y la responsabilidad de su desgracia. Unos sostenían que, en efecto, estaban en el infierno; otros afirmaban que esto no era sino una pesadilla incorpórea y se abandonaban a la apatía destructiva. Los asesinatos, aunque fútiles, se multiplicaban, y la rutina inútil no hacía más que alimentar la podredumbre espiritual y la frustración que la acompañaba. El campo se transformó finalmente en un circo de violencia inagotable que aparecía con cada pitido inicial y renacía tras cada reinicio. El césped se teñía de rojo durante noventa minutos, y la sangre desaparecía solo para reaparecer en el siguiente encuentro.
Un día, sin anuncio ni lógica aparente, el contador se rebeló y empezó a descender: del minuto noventa pasó al ochenta y nueve en vez de volver al vacío habitual. Las reglas inmutables de pronto parecían resquebrajarse. El terror inicial dio paso a una violencia reinventada, primero tímida y luego desatada a medida que las intenciones se afianzaban en las mentes lisiadas de los jugadores. Los cuerpos se desplomaron, inertes, esperando convertirse otra vez en Lázaros sobre un campo de fútbol. Un solo jugador quedó en pie, sangrante y malherido, a falta de diez minutos para que el contador finalizara su singular cuenta atrás. Cuando se consumió el marcador, el tiempo pareció volver a su cauce. Ningún cuerpo se levantó; la muerte, al fin, parecía haber vencido y las reglas se mostraron vulnerables por primera vez. Sin embargo, tras el fantasmagórico pitido inicial, el superviviente notó, horrorizado, el impulso ajeno que lo obligaba a avanzar, renqueante, hasta el círculo central, con el balón en las manos.
3
Daniel Tommasi
La cal
La cal viva quema. Se apaga en un tambor con agua del río y hay que revolver de lejos, con un palo largo, porque el vapor sube de golpe. Eso fue lo primero que aprendí del fútbol.
Para que la línea saliera derecha no había que mirar el suelo.
—Elegí algo lejos y no lo soltés —me dijo—. Si mirás dónde pisás, torcés.
Él usaba el sauce de la barranca. Yo tenía nueve años y sostenía el piolín.
Los domingos no miraba los partidos, miraba las líneas. Cuando la pelota picaba sobre la cal fresca levantaba un humito blanco, y ese humito terminaba las discusiones antes de que empezaran. Una vez vino un centro desde la raya y el arquero de La Arenera juró que la pelota se había ido antes. Todos habían visto el humito. El gol valió.
Una creciente por año, a veces dos. El agua entraba primero por el arco del fondo, después se llevaba todo el verde, y de los arcos quedaban los travesaños, dos rayas flotando. El río devolvía la cancha con limo, con camalotes enredados en las redes. Una vez, un bagre boqueando en el área chica. Mi padre lo devolvió al agua de un puntinazo y siguió caminando con el tacho.
Sobre el barro fresco la cal no agarra. Había que esperar tres días de sol, pisar fuerte para probar, y medir todo de nuevo desde el palo, porque el río no respetaba las estacas.
—¿Y si el mes que viene crece otra vez? —le pregunté un año.
—La vuelvo a marcar.
No lo escuché quejarse nunca. La bajante era parte del fixture.
En casa, mi madre le cepillaba el pantalón en el patio, y el polvo quedaba un momento en el aire, a la altura de las rodillas.
La creciente del invierno pasado fue la más larga que se recuerde acá. El agua tardó dos meses en bajar. Mi padre no llegó a ver la bajante.
Cuando se pudo entrar a la cancha, los de la comisión me preguntaron si yo sabía.
Dije que sí.
La cal viva quema. La apagué de lejos, con el palo largo. Estiré el piolín entre las estacas nuevas y desde el palo conté dieciséis pasos y medio: el área me dio larga. Mis pasos no eran los de él. Volví al palo, acorté el paso, conté de nuevo, junté los talones para el medio paso. Para el lateral elegí el sauce y no lo solté.
El domingo, la primera pelota que picó en la línea levantó un humito blanco.
Nadie discutió nada.
4
Ignacio Cortina Revilla
Fin de entrenamiento
El césped mojado era una pista de patinaje. Era de noche y, al fin, el entrenador dio por finalizada la sesión. Había sido una tarde de perros: el frío y la lluvia se habían cebado con los chavales desde el comienzo.
Antonio sintió pena al verlo aparecer con la ropa empapada y los dientes apretados. Intentaba disimular la tiritera, pero sus músculos lo delataban. Temblaba como un flan.
—¿Qué tal ha ido hoy, hijo?
—Bien, como siempre.
—Hace frío. No es el mejor día para estar corriendo detrás de un balón, desde luego. ¿Qué te apetece cenar?
—Lo que sea estará bien, papá. No te preocupes.
Antonio se mordió el labio antes de continuar.
—Puedes dejarlo cuando quieras, lo sabes, ¿verdad? Al fin y al cabo, es muy complicado llegar a un equipo de primera…
Juanjo asintió, mientras abría la puerta trasera del coche, se sentaba y se abrochaba el cinturón. Su padre se subió y arrancó el vehículo. Salieron del aparcamiento, en silencio. No cruzaron palabra hasta que ya estaban cerca de casa.
—¿Papá?
—Dime, hijo.
—No quiero dejarlo. Sé que no voy a llegar arriba, para eso se necesita mucho talento y suerte. Pero hay miles de futbolistas en categorías inferiores que juegan cada domingo, solo porque quieren. A mí me vale con eso.
Antonio tuvo que contener las lágrimas. Se dio cuenta de que quien soñaba despierto era él; su hijo tenía los pies en la tierra.
—Creo que me apetece una hamburguesa.
—¿Hamburguesa tú? —Juanjo rio desde el asiento de atrás—. Si no has comido una en tu vida.
—Hay miles de personas que cenan eso cada día. Por algo será.
5
Alfonso Niño Díez de Baldeón
La mala pata
Vicente se ajusta al punto de penalti. Lo toma de referencia. Se diría que lo olfatea para sacarle el zumo como un limón tibio. En realidad, es su centro para perfilar el semicírculo del área. Nueve quince exactos y un trazo con la máquina de pintar el campo que ya lo querría Norman Foster para sus diseños, pulcro y firme. Porque Vicente ya era un fino estilista cuando jugaba de extremo derecho y no iba a perder la virtud ahora que se ceñía a encargarse de las instalaciones.
De la tragedia hace veintidós años y Vicente se planta en el verde cada mañana a las ocho, dos cafés mediante. Se calza la indumentaria del club, besa el escudo que le da de comer y comienza sus tareas. Los jugadores lo quieren y respetan porque saben quién era y adoran quién es. Y para que no los deje en ridículo. Una vez, un argentino con demasiados reflejos en el pelo y pocos en el cerebro trató de mofarse de él apostando una cantidad similar al sueldo del currito por tocar dos veces seguidas el larguero de la portería lanzando desde una distancia cercana a los veinte metros. Como a Vicente el dinero le iba a venir muy bien y para el de Lanús era calderilla, aceptó el reto y le pegó a la pelota con la pierna que le quedaba sana y sin carrerilla. Estrelló el esférico en el palo tres veces consecutivas y esa noche llevó a su esposa a cenar a una pizzería bastante pintona del centro de la ciudad.
Hace dos temporadas que su antiguo compañero de casaca, Manito, dirige el equipo profesional. De tanto en tanto intercambian algo de conversación. Chascarrillos, sobre todo. Manito se llama Eleuterio en realidad, pero en sus buenos tiempos hacía, con acento mexicano, una imitación bastante chusca y algo jocosa de un anuncio de tomate frito. Se quedó con el mote y evitó su nombre, que no le gustaba en exceso. El caso es que cuando empiezan las instrucciones, Vicente vuelve a sus menesteres: que haya agua disponible, que el campo parezca una alfombra persa y que los petos estén colocados. Haber jugado mejor que cualquiera de esos chavales que ahora llegan en coches caros y potentes no le autoriza a dar consejos. Sabe cuál es su papel. Algún plumilla con ganas de agitar el avispero le ha cuestionado sobre los derroteros del grupo y cada decisión técnica del Manito, pero él se limita a decir que se lo consulten a ellos, que son los que saben cómo bota el balón.
Los viernes, Vicente se queda hasta tarde repasando que las bolsas de enseres contengan todo el material necesario y no las cierra hasta estar seguro, por partida doble, de que incluyen lo requerido. Esta semana, al cruzar el pasillo de las oficinas, ha visto luz en el despacho de Eleuterio y se ha atrevido a preguntar si necesitaba algo.
—Nada, Vicen. El partido del domingo, que me tiene preocupado.
A continuación, la confianza entre los dos antiguos camaradas arrasa con las categorías. El entrenador le cuenta sus dudas sobre a quién utilizar para dirigir al equipo y cómo meter mano al contrario. La moderna pantalla emite sin cesar cortes de jugadas, pases aislados y movimientos técnicos. Al tiempo, el Manito expone opciones. Cuarenta minutos después, Vicente se levanta y dice lacónicamente:
—Saca al cinco. Ese te va a dar los puntos. El otro chico, el de Teruel, es bueno, pero mira por él. Fíjate cómo, al driblar, en vez de levantar la cabeza y elegir a quién está en mejor posición, se coloca para disparar.
Al pasar de nuevo los vídeos, Eleuterio observa gestos y ademanes imperceptibles para el aficionado medio, pero, una vez descubiertos, evidentes para los profesionales de la cancha. «Juega para él», resuena en su cabeza. Y la decisión va tomando forma.
«Hay lunes pésimos, tristes o cansados. Si no es así, o es fiesta o no es lunes». Aquel coincidió con fiesta, pero no de guardar. Las victorias convierten un día rutinario o medroso en algarabía y sonrisas. Para todos menos para el que fue sustituido por el cinco. Vicente se acercó al muchacho, que se abstraía del bullicio general.
—No sufras, chaval. El fin de semana hay revancha. A veces hay que levantar el morro, dejar de centrarse en el balón y echar un vistazo a lo que se mueve delante de ti. Hazlo y verás que lo de ayer sólo ha sido mala pata.
Eleuterio, a lo lejos, percibía la charla y cómo su amigo reducía la desgracia de su vida a una anécdota trivial. Pero la estrategia de Vicente siempre había sido esa: lamentar poco, exigirse mucho y seguir caminando. A pesar de la cojera. Lo dicho, un fino estilista.
6
Eddy Bryan Vélez de la Torre
El último centro
Mi zurda no es un milagro. Es una condena.
El Flaco no es un buen arquero. Es un hombre que aprendió a detener balones porque no supo detener a su padre. Cada vez que salta, salta para no escuchar los gritos de aquella noche. Por eso ataja hasta los penales imposibles. En el arco, el dolor tiene una medida exacta: siete metros y veinte centímetros.
El Gordo no es gordo. Lleva el peso de su hijo muerto en la panza. Ríe para no llorar. Cuando mete un gol, no celebra. Se queda quieto, mirando al cielo, esperando que su hijo le devuelva la sonrisa.
Don Lalo no tiene reloj. Se le rompió el día que se fue de su casa. Desde entonces, mide el tiempo con el latido de su culpa. Cuando mira al Zurdo correr, no ve a un jugador. Ve a un niño de siete años preguntándole por qué se iba. Don Lalo no responde. Solo silba. Y su mano izquierda, cuando silba, tiembla.
Mi madre no era santa. Trabajaba catorce horas en una panadería y llegaba a casa con las manos llenas de harina. Nunca me dijo “te quiero”. Pero cada noche planchaba mi camiseta de fútbol con un cuidado que solo tienen las madres que no saben decir amor. No me compró el balón para que yo fuera feliz. Me lo compró para que yo tuviera algo de mi padre.
El partido se juega a las seis. Mi madre se está muriendo desde las tres. Mi hermana llamó hace una hora.
—Mamá pregunta por ti.
—Termino el partido y voy.
El balón rueda. Corro con la culpa. El Flaco se agranda. Pero no lo veo a él. Veo a mi madre en su cama de hospital.
El Gordo grita desde el medio:
—¡Centra, Zurdo!
Pero el único centro que importa ya lo fallé.
Toco el balón. Lo siento en mi pie izquierdo, ese pie que mi madre llamaba “el de los milagros”. Pero hoy no hay milagros. Solo un muchacho que no supo decir “te quiero” a tiempo.
Levanto la cabeza. El Flaco está en el arco. Pero no veo al Flaco. Veo a mi madre en la tribuna vacía. Veo sus manos llenas de harina. Veo todo lo que no le dije.
—Hijo —me dice, desde algún lugar—. El fútbol no te va a querer de vuelta.
Mi teléfono vibra. El nombre de mi hermana. La noticia que ya sé.
El Gordo me levanta.
—Yo también perdí a alguien. El fútbol no cura nada. Pero da un lugar donde llorar sin que nadie pregunte.
El Flaco sale del arco.
—La próxima vez, no la dejes ir.
Don Lalo se acerca. Baja el silbato. Me mira. Su mano izquierda tiembla. Él también se ata los cordones con el mismo nudo. El que mi madre me enseñó. El que ella aprendió de un hombre que se fue.
El centro sube. El Flaco salta. Cuando sus dedos tocan el cuero, el mundo se fractura.
El balón no cae. Don Lalo mira su reloj roto.
—Otra vez —dice.
El partido vuelve a empezar. El centro, el salto. Mi madre en la tribuna. El Flaco en el arco.
—Otra vez.
Hasta que el Flaco, en una de esas repeticiones, se sienta.
—Zurdo, ¿cuántas veces más?
Don Lalo lo mira:
—Hasta que aprendas que el fútbol no se juega para ganar. Se juega para recordar por qué empezaste.
Entonces entiendo que mi madre sigue ocurriendo aquí. En cada repetición, ella está en la tribuna. Aplaudiendo un centro que nunca llega.
El Flaco se levanta. Pone su mano en mi hombro.
—Esta vez, no la centres a mí. Centra a ella.
Miro hacia la tribuna. Mi madre, con su vestido de flores, las manos abiertas como un arco vacío.
Don Lalo se ata los cordones. El mismo nudo.
—Papá.
No es una pregunta. Es una certeza.
Don Lalo baja el silbato. Su cara se desmorona.
—Hijo, perdóname.
Entonces el centro. La pelota sube. Pero cuando alcanza el punto más alto, no baja. Se queda flotando.
Don Lalo no silba.
Nadie se mueve.
El balón gira lentamente sobre sí mismo. La luz del atardecer lo atraviesa. Parece un sol pequeño, un sol de cuero, un sol que nadie quiere bajar.
Mi madre aplaude desde la tribuna.
Mi padre, el árbitro, no dice nada.
Y yo, el Zurdo, el que siempre corrió detrás del balón, me quedo quieto. Por primera vez en mi vida, dejo de correr.
7
Claudia Morales
Decálogo para jugar al fútbol
1. Lo primero es conseguir una pelota. O balón. Pero que sea redondo, por favor. Ni chiquito como de tenis, ni un globo inflable, ni la pelota de pilates con la que tu tía hace yoga. Una de fútbol. Si cuando le pegás te rompe el dedo gordo, es esa. Va queriendo.
3. Encontrá una cancha, un potrero o un pedazo de pasto (o tierra, o asfalto) donde meter un pelotazo no signifique tener que pagarle la ventana al vecino.
4. Cuando empiece el partido, corré detrás de la pelota. Tratá de llegar antes que los rivales, que son los que tienen la camiseta de otro color. Si juegan sin remeras distintivas, tratá de memorizar las caras de tu equipo. No le des un pase al gordo del equipo contrario solo porque te dio lástima.
5. No preguntes, corré. Si te pasan la pelota, no te pongas a filosofar sobre los motivos del pase. Vos la recibís y encarás hacia el arco contrario. Ojo: el contrario, no el tuyo. Las explicaciones tácticas se dan en el asado post-partido.
6. Si te caés, te levantás más rápido que deudor cuando tocan timbre. Acá no hay VAR, ni camilla, ni tiempo para llorar. Si te quedás tirado en el piso lamentándote, te van a usar de alfombra o, peor, te van a pisar la dignidad.
7. No discutas con el árbitro. Es un ser místico que tiene un silbato, tarjetas de colores y una autoestima tan inquebrantable que es inmune a que le recuerden a su madre cada cinco minutos. Nunca vas a lograr que diga: “Tenés razón, flaco, cobré mal, tiro libre para ustedes”. No va a pasar.
8. Compartí la pelota. El fútbol es un deporte de equipo, no tu sesión de terapia personal. Si querés gambetear a seis tipos y no pasársela a nadie, comprate una PlayStation o pintá mandalas.
9. No prometas que vas a meter tres goles ni festejes antes de tiempo. El fútbol es un dios pagano y vengativo: escucha tus soberbias. Así que, humildad ante todo.
10. Divertite. Porque si no te vas a divertir, no se entiende qué hacés un martes a las once de la noche, con frío, pagando diez lucas de cancha, corriendo como un desquiciado detrás de un pedazo de cuero inflado mientras te duele hasta el apellido.
8
Carmelo Crespo Zaldívar
05/95: París bien vale un recuerdo
Aquel mayo del 1995 era un mayo con elecciones municipales muy próximas y agitado, con un país golpeado por un feroz terrorismo.
Se acercaba el gran día y muy cinematográficamente, la final era en París, hijo, el París del Presidente Chirac y del Parque de los Príncipes. Con mis amigos, comencé a preparar el viaje. Ya habíamos recorrido Rumania y Holanda gozando en sus calles y estadios; me había perdido otros.
Aquel abril, tu padre fue a negociar con el gerente de la ETT. Y la respuesta de don Julio fue triste: «Rotundamente no puedes ese miércoles de mayo viajar y perder turno. Hay un pedido de los japoneses y te juegas los 24 meses de contrato y no vuelves a esta ETT y cero hojas de recomendaciones. Tu verás: tu afición o tu trabajo». Me intente convencer de lo inconvencible, como un sacerdote antiguo haría con un ateo militante: he visto tanto a mi equipo, es caro –y estaba la boda con tu madre a la vuelta de la esquina– ya he disfrutado bastante…
Y salieron los turnos de mayo; por arte de birlibirloque tu padre sacrificado tenía el turno de tarde, justo a la hora del partido. Solamente una prórroga me permitiría ver el final en el primer barrio de la ciudad, pues en el polígono, entonces, no había hostelería. Dios mío, era una pesadilla; lo que me costaría volver a ver algo así.
Pero bien, otra vez el transistor aquella tarde de mayo; a las 14 horas empezamos con los cables japoneses; que al horno, que la bandeja de fibra óptica, que sacarlos del horno, que cortar. Yo no veía aquella sala, veía el Parque de los Príncipes. Al portero de la empresa, que era bastante alto, al entrar a mi turno le dije Cedrún y a quienes atendían en la recepción, Belsué, al de la derecha y Solana, al de la izquierda. El encargado de nuestra sala, Don Miguel, tenía siempre la misma cara que Seaman tendría al final de la noche y una virtud: se encerraba a merendar en su cubículo y no molestaba.
Llegaron las 20,15 horas y encendí el transistor; teníamos unos minutos de café y coincidimos en el comedor con unos veteranos; uno con acento catalán y el otro gaucho. Estaba claro: Aguado y el Negro Cáceres, titulares.
El partido lo iba narrando el mítico Salvador Asensio que acariciaba, con su voz, cada balón del equipo y me transportaba del agobiante polígono al añorado, por desconocido, Parque de los Príncipes. A las 21 horas, llegaron, como cada miércoles, los muchachos del almacén, experimentados con su material; por como compartían herramientas y como se movían supe que allí estaban Poyet, Aragón y Nayim. Nervioso, aparté la vista hacia las otras salas separadas por vidrios, lo que permitía tener una visión panorámica de todas las salas que sumarían, curiosamente, unos ciento cinco metros de largo. Lejos, cerca de las redes que adornaban el patio, observé tres figuras; decían que solo los más efectivos llegaban allí ya que era donde se definía todo: sonreí al adivinar a Esnaider, Higuera y Pardeza.
Los chicos del almacén salían y entraban. Dejé casi de oír la radio; por altavoces, como otros días, sonaba una grabación motivadora del director, Sr. Fernández, al que llamaban Don Vitin y que era muy respetado en todo el polígono, ya que era, además, de la tierra.
Llegaron las 22 horas; volé al autobús con mis compañeros, con los cascos y Asensio en mis oídos. Acababa el tiempo reglamentario con empate a uno. Al entrar en la ciudad, un semáforo largo en rojo; pero un guardia —tal Ceccarini— hizo sonar el silbato para que siguiéramos en aquella ciudad que, en realidad, no vivía en si misma esa noche sino a 1.078 kilómetros de distancia. Cerca del Ebro, en el mismo Arrabal que hizo inscribir Saragosse en el Arco de Triunfo de París, adiviné un bar abierto. Hice parar el bus y bajé seguido por mis compañeros hacia la luz de la televisión, donde se desgañitaba De la Casa. Dentro, el dueño y tres o cuatro señores mayores –ahora pienso que eran mucho más jóvenes de lo que soy yo ahora– veían el partido. Por inercia, sirvieron unos quintos, sin perder detalle de la prórroga. Una ambulancia rompió el silencio y se detuvo, fantasmagóricamente, frente al bar y adiviné los perfiles del Dr. Villanueva y del ya retirado Magallón.
Y así, hijo, llegamos al minuto 120 y a San Nayim. Recuerdo el grito de todos los que allá estábamos, nos abrazamos; éramos seis o siete en aquel bar “Casa Solans”, pero nos sentimos once, felicitándonos y mirando esa TV, como si fuera la grada y cada banqueta, un banderín de córner y la barra, la línea de banda y la cocina, el banquillo.
Ayer, hijo, volví y no queda nada, solo el recuerdo, una foto de Arrúa (tempus fugit) y lo que podamos recordar y contar. El desastre está aquí, nos hundieron y dejaron un solar que habita donde fuimos felices, en aquellos 120 minutos y en tantas otras tardes. Pero confía, León.
9
Renato Huerta Tapia
La camiseta sin apellido
Hoy me tocó planchar tu nombre con la misma máquina con que una vez te lo negué. La prensa sigue cerrando la boca en quince segundos exactos. Antes bajaba con un silbido de fierro viejo; ahora hace un clic seco, como si también ella hubiera aprendido a morder.
He pegado apodos peores que una culpa. A un central de Talca le planché CHINO porque apretaba los ojos al rematar. A un arquero de melena hasta la cintura le puse PELAO porque así lo gritaba la barra. Al capitán le hice tres camisetas con EL PERRO, y el pobre cruzaba la calle si veía al pekinés de la pensión. Nadie me mostró una cédula. Nadie pidió permiso. El fútbol acepta nombres que la casa no se atreve a pronunciar.
Tú tenías catorce años cuando entraste con una camiseta de entrenamiento bajo el brazo. Era la amarilla, la del año en que bajamos por diferencia de goles. La habías comprado en la feria, con una quemadura de cigarro cerca del escudo. Tu madre ya te cosía lunas pequeñas donde yo no miraba: en el bolsillo de la mochila, en el revés de una polera, dentro del forro de tu parka. Dejaste la camiseta sobre la mesa de planchar y dijiste:
—Ponme Luna.
No dijiste por favor. Tampoco lo dijiste como desafío. Eso fue lo que me dejó peor: la calma, esa manera tuya de estar lista antes de que yo entendiera.
Yo estaba terminando el diez del Flaco Moyano. Había que pegarle bien la O, porque siempre queda aire al centro. Te miré por encima del vapor. Llevabas el pelo cortado con una torpeza valiente, como si te lo hubieras hecho tú misma frente al espejo. Afuera entrenaban los juveniles y alguien gritó un gol que no le importó a nadie.
—No en una camiseta del club —dije.
No gritaste. No lloraste. Guardaste la amarilla despacio, como se guarda una bandera después de perder. Esa noche tu madre preguntó por qué no bajabas a comer. Yo dije que andabas con tonteras de la edad, y hasta oí mi voz sonar vieja. Ella dejó el plato en el microondas y, antes de cerrar la puerta, puso encima una servilleta doblada. Nunca supe qué decía. Al día siguiente la camiseta ya no estaba en tu pieza. Tampoco tus botines.
Durante años supe de ti por cosas que no se lavan: una foto borrosa en redes, una amiga de tu madre que te vio jugar en una cancha de tierra, una llamada cortada justo cuando yo entraba a la cocina. Tu madre aprendió a guardarse la sonrisa donde guardaba las llaves. En el club nadie preguntó. Los clubes olvidan bien lo que no cabe en la planilla.
Esta mañana, antes de la final del ascenso femenino, el delegado entró corriendo con una bolsa nueva. Una delantera se había roto la rodilla en el calentamiento y habilitaron de urgencia a una jugadora de la filial. Me pasó la camiseta once, dura de tienda, y el papel de la alineación doblado en cuatro.
—Solo nombre —dijo—. Va así.
Lo abrí.
LUNA.
No pregunté el apellido. Un utilero sabe cuándo una pregunta arruga más que una mala costura.
Busqué las letras en la gaveta. La L estaba al fondo, pegada a una R que no venía al caso. La U traía una mordida mínima en la base; la cambié por otra. La N salió limpia. La A venía con una esquina levantada. La puse contra la luz. Pensé en decir que faltaba material, que no alcanzaba el tiempo, que la once podía salir sin nombre, como los juveniles cuando el club está pobre. Pero la prensa ya estaba caliente.
Quince segundos.
El vapor subió con ese olor a plástico nuevo que se parece tanto al miedo. Levanté la plancha más despacio de lo necesario. Las cuatro letras quedaron firmes, brillando sobre la tela blanca. Pasé el dedo por los bordes. No se movieron.
En el túnel, las jugadoras esperaban con las manos en la espalda. Algunas rezaban con los labios cerrados; otras mascaban chicle como si pudieran morder la ansiedad. Te reconocí por los cordones. Todavía hacías el doble nudo que te enseñé a los seis, cuando tropezabas en el patio y culpabas al suelo. Tenías los hombros más anchos. En la nuca, bajo el pelo recogido, seguía la media luna de la cicatriz del portón.
Me acerqué con la camiseta. No dijiste papá. Yo tampoco dije el nombre que venía antes.
Levantaste los brazos. La tela bajó sobre ti sin pelea, como si hubiera estado esperándote desde antes de existir. La once te quedó justa. En la espalda, LUNA ocupaba menos espacio del que yo había temido.
El árbitro llamó a las capitanas. El locutor probó el micrófono. La tribuna golpeó las chapas. Tú diste dos saltos cortos, de esos que no calientan el cuerpo sino que espantan algo.
Entonces el delegado volvió con la planilla oficial.
—Falta el apellido para el acta —me dijo—. Aquí está completo.
Me tendió el papel. Debajo de LUNA venía el apellido de tu madre. Lo reconocí por su manera de ocupar la línea: largo, terco, sin pedir permiso.
El locutor leyó la formación. Cuando llegó al once, la gente aplaudió igual. Tú entraste a la cancha sin darte vuelta. Yo me quedé en la puerta de la utilería, con la prensa encendida, esperando que alguna letra se levantara.
Esta vez, ninguna obedeció.
10
Pedro D. García Fernández
Calcetines
Lleva un rato sentado en la cama, como de costumbre, mirando al infinito.
Se levanta y se acerca al pequeño armario. Coge un par de calcetines, sin ser consciente de que son los de siempre. Están enrollados, pero él los redondea más, con parsimonia, hasta que toman la forma perfecta.
No le hace falta tener en cuenta que es martes. Después lo llevarán al salón, a la hora del bingo, que detesta.
Desanda el camino hecho, pero no vuelve a sentarse. Se coloca al lado de la cama y hace una pausa mientras sostiene con cariño los calcetines entre las manos.
No recuerda que hoy ha estado en terapia funcional ni que ha protestado, como siempre, a la hora del aseo matutino. En este momento no sabe quién es Sara, aunque mañana terminará otra vez dándole un beso y «muchas gracias, señorita, qué simpática es usted», poco después de haberle cortado un traje a ella y a toda su casta.
Deja los calcetines en el suelo, justo donde se encuentran cuatro baldosas.
Desconoce que mañana volverá a terapia cognitiva y que armará la habitual pelotera. Se quejará de que eso es para tontos y gritará que no quiere estar rodeado de viejos. Pero también le tocará fisio. Y ahí sí. El olor del ungüento lo devolverá a los buenos tiempos. Y le contará de nuevo a Quique, con alguna licencia, la historia del equipo, y los viajes, y los compañeros, y las risas, y algunos llantos, y la vez aquella en que se rompió el cruzado, aunque no empleará esta palabra.
Mira con fijeza hacia la silla que hay en la pared de enfrente. Esboza una leve sonrisa, apenas una mueca. Forma parte de la liturgia, hay que transmitir seguridad. Da dos pasitos hacia atrás. Se concentra en los calcetines y se dirige hacia ellos propinando un descoordinado puntapié a la vez que, por precaución instintiva, se agarra a la baranda de la cama.
No espera visita, aunque la habrá.
Ha entrado rasa, lenta, entre las dos patas delanteras de la silla. Lejos de donde apunta: la escuadra que forma la pata con el asiento. No la ha levantado un palmo —hace tiempo que no lo consigue, aunque lo ignora, de ahí que conserve la confianza intacta—. Pero ha entrado. La sensación es agridulce. Por eso, entre otras razones, recoge los calcetines y regresa para volver a colocar la bola, con mimo y con el optimismo propio de todo buen delantero, en el punto de penalti.


Definitivamente, el fútbol no casa bien con la literatura de relato. Decir, que no me gusta el fútbol y eso puede ser injusto sesgo por mi parte.