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Historias de verano (IV): La trilogía estival de Cesare Pavese

Historias de verano (IV): La trilogía estival de Cesare Pavese

En 1980 yo leía al gran Boris VianLa espuma de los días (1946), La hierba roja (1950), El arrancacorazones (1953)…— en Narradores de Hoy, una de aquellas impagables colecciones de la Editorial Bruguera. En ese mismo repertorio tuve noticia por primera vez de Cesare Pavese. Fue a través de un tomo —el segundo volumen de su narrativa completa— que reunía dos de sus novelas fundamentales: De tu tierra (1941) y El camarada (1947), texto que, desde aquel primer momento, me magnetizó y rechacé a partes iguales. Me imantaba porque, cuando una obra es buena, ya se percibe en el título. Pero aquel número de Narradores de Hoy en el que supe por primera vez de Pavese, aunque imaginaba esa calidad que, de hecho, le caracteriza, me inspiraba a la vez un profundo rechazo por lo de “camarada”.

“Camarada” era el tratamiento que se daban entre ellos tanto los fascistas como los comunistas. Hasta en eso coincidían ambos totalitarismos. Y yo, que puedo jactarme de no haber ido a una manifestación en la vida —nunca me ha gustado que me pastoreen a gritos los líderes por la calle— y de haberme anticipado en unos diez años a la refutación universal del comunismo, ya había dejado de leer apologías de la dictadura de los miserables. El camarada, en definitiva, es la historia de un obrero turinés que se involucra en el movimiento comunista en los años 30. De tu tierra, al cabo, no es tan ruralista como imaginé —el ruralismo es otra de las cosas que rechazo, como urbanita hasta la médula, en cualquiera de sus manifestaciones—, pero El camarada es la clásica historia de una toma de conciencia. Y yo ya estaba en el hedonismo, el cinismo y las frivolidades de la posmodernidad. Desde luego, para lo que no estaba era para esos trotes de la justicia social y demás grandezas.

"Fue en diciembre de 1988, durante el desmantelamiento de una redacción en la que había trabajado. Llegado el momento de repartirnos los libros manejados en nuestro día a día, a mí me tocó en suerte El bello verano"

En tres años había evolucionado del individualismo ácrata de mi adolescencia a ese nihilismo absoluto de mi juventud, en el que todavía me mantengo: solo creo en Madrid: es mi universo y mi casa. Total, que ya estaba convencido de que la política es la actividad más despreciable que puede ejercer el ser humano. Y eso que entonces, en las postrimerías de la Transición, todavía había gente que creía en las ideologías, origen de las peores sectas. Y eso que entonces la política no era esa patente de corso que es ahora para el negocio dudoso, el presunto latrocinio y la peor de las vanaglorias.

Los que siguieron fueron los años de mi juventud, el verano de mi vida. En el 86, mi madre me obsequió una colección de Seix Barral: Obras Maestras de la Literatura Contemporánea. La playa (1942), otra de las novelas fundamentales de Pavese, es el número 35 de aquel centenar de títulos. Aunque mis prejuicios ante las apologías ideológicas se iban relajando, a medida que la sociedad española se iba despolitizando, el peligro de las abominaciones que esa bestia inmunda —llamada animal político— engendra, iba remitiendo. Aun así, el escritor italiano —indiscutiblemente uno de los grandes en su lengua de la primera mitad del pasado siglo— seguía sin seducirme.

Fue en diciembre de 1988, durante el desmantelamiento de una redacción en la que había trabajado. Llegado el momento de repartirnos los libros manejados en nuestro día a día, a mí me tocó en suerte El bello verano (1949). Y entonces sí, caí rendido, sin fisuras ni contemplaciones, ante las tres novelas cortas —El bello verano (1940), El diablo en las colinas (1948) y Entre mujeres solas (1949)—, que bajo el título de la primera de ellas integran el tomo. Hubo un motivo, accesorio, pero no sé hasta qué punto, la tercera de estas piezas, inspiró una de las mejores cintas del Antonioni anterior a la incommunicabilità; Las amigas (1955).

"Efectivamente, el asesinato de sí mismo es una idea recurrente en la obra de Pavese desde sus primeros escritos. Y acaso fuera el amor el más irremediable de sus dramas"

Naturalmente, siendo Antonioni el más burgués de los cineastas neorrealistas —tanto que el neorrealismo solo le toca tangencialmente— Entre mujeres solas nos habla del cinismo abrumador de la alta burguesía turinesa. Rosetta, su protagonista, se mata en plena juventud. Para Pavese, la existencia es un drama sin solución. El propio escritor se quitaría la vida en el Turín donde localizó una buena parte de su obra y discurrió otra buena parte de su corta vida. Sólo contaba 42 años cuando el 27 de agosto de 1950 —otro verano—, puso fin a sus días al comprender que su amor no era correspondido por la actriz estadounidense Constance Dowling, la hermana de Doris Dowling. Llegada esta última a Italia para protagonizar junto a Vittorio Gassman y Silvana Mangano Arroz amargo (Giuseppe De Santis, 1950), el escritor la trató un corto espacio de tiempo. Pero fue bastante para dejarle, literalmente, prendado.

Roma, la Roma de Cinecittà que Pavese conoció en su estío postrero, para un hombre tan grave como él, según escribe en su propio diario —parte fundamental de su producción—, sólo era: “un grupo de jóvenes esperando a que les lustren los zapatos. (…) Un sol precioso. ¿Pero dónde están las impresiones del 45-46? Encuentro las ideas con dificultad, pero nada nuevo. Roma está en silencio. Ni las piedras ni las plantas dicen mucho más. Ese maravilloso invierno; bajo la serenidad chispeante (…). La misma historia de siempre. Incluso el dolor, el suicidio, la vida creada, el asombro, la tensión. Al fin y al cabo, siempre has sentido tentaciones suicidas. Te habías abandonado a ti mismo. Te habías quitado la armadura. Eras un niño y la idea del suicidio era una protesta por la vida”.

"Curiosamente, la condena de la bohemia era una de las pocas cosas en las que la burguesía coincidía con quienes querían exterminarles físicamente"

Efectivamente, el asesinato de sí mismo es una idea recurrente en la obra de Pavese desde sus primeros escritos. Y acaso fuera el amor el más irremediable de sus dramas. Aún era apolítico cuando, en 1935, la policía fascista le detuvo por primera vez al encontrarle en su poder las cartas de una militante comunista de la que se había enamorado.

Traductor y profesor de inglés, poeta, narrador y ensayista notable: su tesis sobre Walt Whitman consta en los anales. En definitiva, Pavese fue uno de los grandes intelectuales italianos de la primera mitad del pasado siglo. Y en El bello verano, la primera de las tres novelas cortas reunidas bajo este título, que el propio Pavese definió como “la historia de una virginidad que se defiende”, se nos habla del paso de la adolescencia a la vida adulta. Un tránsito existencial, pero también físico, que en las páginas de Pavese tiene su rito principal en eso que Jaime Gil de Biedma —nunca ajeno a la obra del italiano— llamaba “primera experiencia de amor correspondido”. No hay duda, la sensualidad del estío es especialmente dada a estos misterios que, esa primera vez, no suelen ser tan gozosos como lo serán en lo venidero.

Ginia, nuestra protagonista, llega al Turin de los años 30 con tan solo 16 primaveras para vivir junto a su hermano y trabajar como costurera. Pero su amiga Amelia, que ya es toda una modelo de artistas y se mueve en la bohemia, le hace creer que es fácil llevar esa vida libre, desahogada y divertida. Como el común de las chicas de las sociedades occidentales con anterioridad a la revolución sexual de los años 70, tiene un auténtico problema ante la entrega física a Guido, un joven artista. Sin embargo, acabará cediendo en la idea de que para madurar debe pasar por ello. Pero la madurez es la destrucción de esa idea del amor romántico alumbrada en la infancia. Y todo resulta ser mentira cuando descubre que para Guido solo es una conquista más y que Amelia, su ideal femenino, sufre una sífilis galopante.

Como es bien sabido, los amores de verano acaban en septiembre, con la rentrée, con la vuelta a casa. En verdad, esa idea del amor de Pavese —los amores de verano acaban con el suicidio del mal amado—, que a mí por su romanticismo me seduce, se ha quedado tan anticuada como la sempiterna condena comunista a la bohemia, que para los paladines del proletariado no era más que una degeneración de la burguesía. Curiosamente, la condena de la bohemia era una de las pocas cosas en las que la burguesía coincidía con quienes querían exterminarles físicamente. Ahora bien, El bello verano, el título, no alude únicamente a la estación del año.

También atañe a ese lapso efímero e irrepetible en el que, con el fulgor de la juventud, el ser humano cree que todo es posible. Al terminar la estación, la ilusión se desvanece y Ginia queda sumida en una profunda nostalgia, habiendo dejado atrás la infancia a cambio de una amarga madurez. No hay música, pero suena como una canción del verano.

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