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El paso (El espejo del agua IV)

El paso (El espejo del agua IV)

En Las Argonáuticas, Apolonio de Rodas convierte la expedición de Jasón en una travesía donde la gloria depende tanto de la astucia como del riesgo. El viaje al extremo oriental del mar no es sólo una búsqueda del vellocino de oro, sino también un recordatorio de que toda ruta se sostiene sobre dudas, maniobras y hombres que rara vez quedan en el relato. Detrás del héroe hay una tripulación; detrás de la tripulación, trabajo, miedo y una disciplina que el poema apenas deja ver.

***

Venían con varios días de mar a la espalda, y nadie se atrevía a decir que aquel rumbo fuese seguro. En la cubierta, cada hombre tenía su oficio y también su recelo. Jasón hablaba poco cuando el mar se cerraba delante de ellos; hablaban más los pilotos, los remeros viejos, los que sabían cuándo una costa podía engañar y cuándo era mejor no acercarse demasiado.

Aquel tramo no tenía nada de épico en el sentido que más tarde se diría. Olía a madera mojada, a sal, a sudor antiguo. El viento cambiaba sin anunciarse y la nave respondía con una docilidad que era casi una amenaza. Los hombres miraban al frente, pero algunos seguían con la vista las corrientes laterales, como si en ellas pudiera leerse algo más que el simple capricho del agua.

Yo iba en la banca de babor, cuarto remo desde popa. Tenía veinticinco años y las manos hechas a la cuerda y al agua salada: no era de los viejos, pero ya no era un muchacho. Aquel día me ardían los hombros, y no era el cuerpo lo que me inquietaba, sino el modo en que todos callaban cuando la nave empezó a entrar en aquel paso estrecho del que tanto se hablaba.

El piloto levantó un brazo, más en señal de advertencia que de orden. Uno de los viejos escupió por la borda y dijo que allí el agua no corría como en otros sitios, que se movía como un animal encerrado. Nadie le llevó la contraria.

"El estrecho se iba cerrando delante de nosotros como una garganta. A un lado se veía una pared de roca. Al otro, otra"

Jasón estaba de pie junto al borde del puente. No daba grandes voces. No hacía falta. Bastaba con verlo para entender que también él medía el paso con la vista, no con las palabras. Tenía la capa echada hacia atrás y una mano apoyada en la madera, firme, como si quisiera notar con los dedos el temblor de la nave. No parecía un hombre que mandara desde lejos: más bien uno de los que se jugaban el cuello con los demás.

Yo lo miré una vez, y luego otra, cuando el barco dio un golpe seco en el costado y todos echamos el cuerpo al tiempo. La nave no se había roto, pero había crujido como si protestara. El ruido subió por la quilla y nos dejó a todos con la boca cerrada. El piloto gritó una orden corta y las bancadas respondimos al tiempo, como un solo cuerpo. El remo entró en el agua con rabia, y el agua respondió igual.

A partir de ahí ya no hubo tiempo para pensar. Sólo quedaba remar y esperar la señal siguiente. El estrecho se iba cerrando delante de nosotros como una garganta. A un lado se veía una pared de roca. Al otro, otra. No eran montes altos ni piedras hermosas, ni nada de eso que luego cuentan los hombres cuando ya están a salvo. Eran dos masas oscuras, inmóviles, con una mala luz sobre los bordes. Entre las dos había un paso hecho para probar la paciencia de cualquiera.

"El piloto se inclinó hacia delante y volvió a levantar la mano, pidiéndonos que aguantáramos un poco más. Jasón no se movió. Sólo giró la cabeza lo justo para mirar la línea del paso"

En el barco no se oía ninguna voz. Sólo los remos, el agua golpeando contra la quilla y algún resoplido mal contenido. Yo sentía la espalda empapada y la madera caliente entre las manos. El aire tenía un olor raro, como de piedra mojada y fondo de pozo. En la cubierta, un muchacho dejó escapar un juramento muy bajo, casi de niño, y alguien le lanzó una mirada que lo hizo callar al instante.

Fue entonces cuando entendí que el barco no entraba en las rocas: entraba en la espera. Y la espera, en el mar, tiene más peso que el oleaje.

El piloto se inclinó hacia delante y volvió a levantar la mano, pidiéndonos que aguantáramos un poco más. Jasón no se movió. Sólo giró la cabeza lo justo para mirar la línea del paso. Yo vi su perfil contra la luz turbia del agua y pensé que aquel hombre no parecía hecho para los relatos. No tenía brillo en la cara. Tenía sal en la barba y los ojos secos de tanto mirar lejos.

Los remeros viejos, que suelen pesar cada palabra, esta vez no dijeron nada. Cuando los hombres callan de golpe, el mar siempre está haciendo alguna de las suyas.

"El barco fue metiéndose y empezó a faltar el aire. Yo apreté el remo hasta notar la cuerda en la palma y el hombro como una piedra viva"

La nave avanzó un poco más. Luego otro poco. Las rocas seguían ahí, inmóviles, como si esperaran el momento de cerrarse. Yo apreté el remo y sentí el tirón en los riñones, en los brazos, en el cuello. No había gloria en aquello. Había madera, agua, órdenes cortas y el miedo limpio de quien sabe que un mal golpe puede dejarlo todo abajo, en el fondo.

Luego vendrían los poemas y harían su trabajo: dirían que el mar tembló, que las rocas se movieron, que los dioses miraron desde arriba. Yo sólo sé lo que vi desde la banca: una nave pequeña metida entre dos peñas mal encaradas, unos hombres remando como si les fuera la vida en cada palada, y un capitán que no parecía capitán, sino el primero en saber que nadie salía de allí sin pagar algo.

El barco fue metiéndose y empezó a faltar el aire. Yo apreté el remo hasta notar la cuerda en la palma y el hombro como una piedra viva. Delante, el piloto no apartaba los ojos del paso; detrás, los remos subían y caían con una sola intención, como si el barco tuviera un solo brazo.

"Las rocas parecían moverse. No sé si se movían de verdad o si era la nave temblando bajo nosotros, pero el paso cambió de aspecto en un instante"

Entonces vino el golpe. No fuerte, pero sí seco, en el costado, como una puerta que se cierra mal. La nave se ladeó un poco y todos echamos el cuerpo al mismo lado para enderezarla. El agua saltó por la amura y me cayó en la cara. Tenía sabor a hierro y sal. Durante un instante pensé que el barco iba a quedarse clavado allí, entre las dos peñas, como un pez atrapado en una red de piedra.

El piloto gritó otra orden corta. No recuerdo las palabras; recuerdo el filo de la voz. Los remos entraron con rabia, todos a la vez, y el barco avanzó un palmo, luego otro. Las tablas crujieron por debajo, la quilla pareció gemir, y alguien detrás de mí soltó un resuello que sonó casi a rezo. No sé si era miedo o cansancio. En el mar, a veces es lo mismo.

Miré de reojo hacia la popa y vi a los hombres tensos, los brazos duros, la espalda empapada. No había una cara que no estuviera tensa. El muchacho que antes había jurado tenía ahora los dientes apretados y los ojos muy abiertos, fijos en el agua. El viejo de la barba gris seguía callado. Eso me inquietó más que cualquier grito.

Las rocas parecían moverse. No sé si se movían de verdad o si era la nave temblando bajo nosotros, pero el paso cambió de aspecto en un instante: ya no era un hueco entre dos peñas, sino una boca que podía cerrarse sobre la nave en cualquier momento. Ahí el miedo dejó de ser cosa del pecho y pasó a las manos. Remábamos más fuerte, como si con eso bastara para apartar la piedra.

"Me dolían la espalda y el cuello, pero no solté la madera enseguida. Quise esperar a sentir el barco entero, a comprobar que ya no temblaba igual"

Jasón dio un paso hacia proa y habló al piloto. No levantó la voz. Yo no oí las palabras, pero sí vi el efecto: el hombre del timón asintió una vez, seco, y corrigió el rumbo apenas un poco. A veces una pequeña vuelta del brazo vale más que un combate. La proa cambió de línea, rozó casi la pared oscura, y el barco se abrió por fin hacia una franja de agua menos tensa.

Aun así, nadie se permitió creer que el peligro había pasado. En el mar, cuando una cosa afloja, otra puede estar ya buscando sitio. Seguimos remando con el mismo pulso hasta dejar atrás la parte más mala del estrecho. Sólo entonces el aire volvió a entrar bien en los pulmones. Uno soltó una risa corta, sin alegría. Otro se tocó el amuleto del cuello. El de la barba escupió otra vez por la borda, esta vez como quien paga una deuda.

Yo seguía con las manos pegadas al remo y los brazos ardiendo. Me dolían la espalda y el cuello, pero no solté la madera enseguida. Quise esperar a sentir el barco entero, a comprobar que ya no temblaba igual. Cuando por fin miré atrás, vi las rocas quietas, separadas otra vez, como si nada hubiera ocurrido. Eso fue lo peor: que parecían inocentes.

"Sé también otra cosa: aquella vez no pasó una nave de héroes por unas rocas de leyenda. Pasamos nosotros, hombres bañados en sudor, con la espalda torcida, la boca seca y el miedo a la vista"

No sé cuánto tiempo pasó antes de que alguien hablara. Tal vez poco, tal vez mucho. En el mar el tiempo se rompe y luego uno lo recoge a trozos. El piloto se limpió la frente con el dorso de la mano y dijo que ya estábamos fuera. Nadie respondió.

Después, con los años, he oído contar aquel paso de muchas maneras. Unos dicen que las peñas se cerraban y se abrían por orden de los dioses. Otros hablan de señales, de ayuda, de algún ardid bien trazado. Yo sólo sé lo que vi: la madera entre las manos, el barco temblando, la voz corta del piloto y Jasón delante, quieto, como un hombre que entiende que mandar no siempre consiste en hablar.

Y sé también otra cosa: aquella vez no pasó una nave de héroes por unas rocas de leyenda. Pasamos nosotros, hombres bañados en sudor, con la espalda torcida, la boca seca y el miedo a la vista. Lo demás vino después, como viene siempre: la fama, las versiones contadas al calor del vino, las mentiras útiles y ese recuerdo que, con los años, va tapando el miedo y el trabajo de los hombres hasta volverse más ancho que la verdad.

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