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La vida al otro lado del canto (El Espejo del Agua III)

La vida al otro lado del canto (El Espejo del Agua III)

En la Odisea, los fenicios aparecen como marinos y comerciantes astutos, capaces de seducir, engañar y raptar a quienes confían en ellos. No son héroes ni villanos, sino supervivientes que usan el ingenio, como Odiseo, para abrirse paso en un mundo hostil. Para los marineros anónimos del Egeo, esas historias reflejaban una verdad incómoda: el mar también se movía por promesas, trampas y pérdidas.

En la taberna del muelle nadie buscaba historias, sólo vino. Aquella noche, sin embargo, el silencio empezó por las mesas del fondo, como si el mar, al otro lado de la pared, contuviera también la respiración. Un aedo de barba rala, con la lira apoyada en la rodilla, cantaba el regreso de Ulises, el rey astuto de Ítaca. Los marineros bebían vino agrio sin mirarle demasiado, temiendo reconocer en sus palabras algún truco, alguna mentira propia.

Cuando el canto mencionó por primera vez a los fenicios, uno de los viejos del rincón alzó la cabeza. La historia hablaba de una nave que había llegado al puerto cargada de paños teñidos y baratijas brillantes, con hombres de lengua suave y manos rápidas. No alzó la cabeza porque el nombre le sorprendiera, sino porque oyó, dentro del canto, un eco demasiado parecido a una historia que creía haber guardado para sí.

"En el canto, todo ocurría por designio de los dioses; en su recuerdo, lo que movió la nave fenicia no fue la voluntad de Zeus, sino el precio del cuerpo de un niño"

Era un hombre de Jonia, decían, aunque hacía tanto que había dejado su isla que ya nadie recordaba cuál. Tenía las manos deformadas por los remos y, en el antebrazo izquierdo, cerca del pliegue del codo, una cicatriz redonda, perfecta, que no parecía haber sido hecha por hierro ni por diente de pez, sino por un aro de metal candente. Por aquel entonces, en los puertos se miraba poco y se suponía mucho. Él no hablaba de su vida anterior.

El aedo siguió cantando. Habló de un niño llevado a la costa por una nodriza confiada, de fenicios que lo colmaban de promesas y regalos, de una travesía en la que el niño, adormecido, no veía alejarse la línea de su isla hasta que ya era demasiado tarde.

El viejo jonio se quedó inmóvil, con la jarra detenida a medio camino de la boca. No bebía; contaba los silencios entre verso y verso.

Lo que el aedo no cantaba era lo que más le pesaba: que la nodriza había mirado hacia otro lado a propósito, que el padre del niño debía una deuda que no podía pagar y que los fenicios no habían irrumpido como ladrones en una historia ajena, sino que habían sido llamados. En el canto, todo ocurría por designio de los dioses; en su recuerdo, lo que movió la nave fenicia no fue la voluntad de Zeus, sino el precio del cuerpo de un niño.

Cuando el aedo hizo una pausa para mojarse la garganta, algunos golpearon la mesa con los nudillos. El viejo jonio no aplaudió. Se levantó despacio y dejó unas monedas sobre la tabla pegajosa de vino. Nadie reparó en él hasta que estuvo casi al lado del cantor.

—No era así —dijo, sin levantar demasiado la voz.

El aedo lo miró primero con irritación, luego con la curiosidad profesional de quien sabe que los mejores adornos de un canto vienen, a menudo, de las protestas de los oyentes.

—¿El qué no era así, padre?

—Los fenicios. No llegaron un día cualquiera a una isla inocente. Los llamaron. Y el niño no dormía cuando lo subieron a bordo. Miraba hacia atrás todo el tiempo. Eso no se olvida.

Alguien rió en una mesa cercana, como se ríe para alejar la incomodidad.

—Hay muchas historias de fenicios —replicó el aedo—. Yo sólo repito la que me enseñaron. Hablas como si hubieras estado allí.

El viejo se señaló la marca del brazo.

—Estuve. No en tu canto, sino en el viaje. Tú escribes con cera; yo con sudor y salitre.

"Ulises mentía a un porquerizo sobre su origen, y en medio de esa mentira volvían los fenicios. El viejo reconoció frases suyas, giradas"

El aedo dudó un instante. Los marineros empezaban a impacientarse; querían más versos, no disputas. Pero había algo en la voz del jonio, una aspereza que no era de vino ni de resentimiento, sino de alguien que se ha visto a sí mismo convertido en personaje sin haberlo consentido.

—Si sabes otra versión, cuéntamela. Ningún canto es el primero ni el último.

Se apartaron hacia la puerta que daba al muelle. El aire de fuera estaba más frío, cargado de sal. Desde allí se veía el reflejo tembloroso de los barcos anclados: quillas invertidas sobre el agua oscura, luces de aceite deshechas por las pequeñas olas. El viejo miró más tiempo el agua que al aedo.

—No sé si esto te servirá para tu Ulises. No hay rey astuto ni regreso glorioso. Sólo una isla pobre, unos padres que negocian sin mirarse, una nodriza que finge no oír los pasos de los hombres cuando entran en la casa, y un niño que aprende pronto que los nombres se cambian más fácil que las cicatrices.

El aedo sacó una tablilla de cera, casi por inercia. Anotó un par de palabras y dejó hablar al viejo.

—Los cantos no pueden contenerlo todo —dijo al fin.

—Y si se les quita demasiado —respondió el jonio—, flotan tanto que ya no parecen un barco. Sólo unas sombras sobre el agua.

Se separaron allí. El aedo volvió a entrar en la taberna, llamado por los golpes en las mesas; el viejo se quedó un rato más mirando el muelle, con las sogas colgando y la hilera de luces torcidas sobre la superficie. Había decidido marcharse antes de oír cómo arreglaban su vida en unos versos ajenos. Tal vez era mejor así.

Pero la voz del aedo lo alcanzó desde dentro. El canto había avanzado. Ulises mentía a un porquerizo sobre su origen, y en medio de esa mentira volvían los fenicios.

El viejo reconoció frases suyas, giradas. El padre sudoroso era ahora un hombre de manos inquietas; la nodriza, una mujer distraída con lágrimas; la deuda, una sombra borrada por designio superior. En cambio, la marca del brazo había permanecido intacta, pero convertida en recuerdo de una pelea contra bandidos, algo digno de un héroe.

Así fue como comprendió, desde el umbral, que aquella mezcla ya no le pertenecía. Nadie sabría en las islas lejanas que esas palabras venían de un hombre bebiendo vino agrio en la taberna de un muelle. Pero sin ese robo, su vida se habría hundido sin reflejo en los cantos.

"Pensó que la Odisea hacía lo mismo con las vidas ajenas: las ponía boca abajo, las multiplicaba y las limpiaba o ensuciaba según el viento"

Miró otra vez el agua del puerto. Las quillas seguían reflejadas, pero bastaba con agitar la superficie para que las líneas rectas se curvaran y las luces se multiplicaran donde sólo había una. Pensó que la Odisea hacía lo mismo con las vidas ajenas: las ponía boca abajo, las multiplicaba y las limpiaba o ensuciaba según el viento.

No entró en la taberna. Se dio media vuelta y caminó hacia un barco que partía esa noche. Sabía que otros aedos, en otras tabernas, repetirían el episodio fenicio y que alguno añadiría quizá una deuda, una mano sudorosa o una marca en el brazo.

Mientras subía la pasarela, pensó que tal vez no había tanta diferencia entre las rutas del mar y las de los cantos. Un capitán decide qué bahías nombrar y cuáles dejar sin nombre; un aedo decide qué vidas entran en la historia y cuáles se hunden en el silencio. El mar conserva las rutas, aunque no aparezcan en los mapas; los cantos conservan gestos y dolores, aunque nadie los reconozca como propios.

El barco se apartó del muelle con un crujido de cuerdas. Durante un momento, el viejo jonio se quedó mirando cómo la luz de la taberna se hacía cada vez más pequeña y más temblorosa sobre el agua. Le pareció que esa mancha amarilla era su vida convertida en canto: lejana, deformada, pero todavía visible para quien supiera dónde mirar.

Luego el casco giró y el reflejo desapareció. El mar siguió moviéndose sin decir siquiera si guardaba memoria de lo que había pasado por su superficie.

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