Heródoto, en sus Historias (IV, 42; siglo V a. C.), presenta a los fenicios como grandes marinos de la Antigüedad y recoge su gesta casi increíble: por orden del faraón Necao II (610-595 a. C.) partieron del mar Rojo, costearon África entera en tres años de navegación, sembrando en costas extrañas y viendo el sol a la derecha al doblar el sur. Rutas tejidas sin mapas fijos (Tiro-Chipre-Cerdeña-Sicilia-Gadir), sólo por estrellas y costas; el pueblo que las urde es el mismo que Homero deja asomar en la Odisea como sombras de comerciantes y piratas, un pueblo que aparece y desaparece sobre la superficie del mar antes de quedar preso en la escritura.
Yo tenía entonces la edad en que un capitán ya no gobierna naves nuevas, pero todavía repara, con el mismo afán, las quillas que otros desgastan. Cincuenta veranos, tal vez, desde que mi padre me subió por vez primera a una gaulos, aquella barca redonda de remos pesados que cabeceaba como borracha en la bahía de Biblos. Los fenicios no llevamos la edad en la piel como los egipcios; la llevamos en las cicatrices que dejan las cuerdas y en el salitre que el mar pega para siempre en nuestra piel.
—Las rutas no se cuentan —le dije mientras lijaba el casco de la Sidonia, mi última nave antes de que los hijos la heredasen—. Se navegan. Y las que se navegan bien se callan.
Se rió aquel griego, con la risa seca de quien ha leído demasiado y navegado poco. Sacó su tablilla de cera y su estilete, instrumentos que a mí me parecían juguetes de niños, y empezó a garabatear mientras yo trabajaba.
—¿No fue vuestro rey Hiram quien envió naves a Ofir por oro? —preguntó, citando no sé qué profeta hebreo.
Le expliqué que Hiram era una leyenda para los de Jerusalén; para nosotros, de Tiro y Sidón, era quien mandó las gaulos de cedro libanés a Cerdeña por plata y a las Columnas de Hércules, donde el estaño llegaba en mulas a través del norte invisible, traído por los tartesios desde tierras que sólo ellos nombraban. Pero las rutas… las rutas eran otra cosa.
Una ruta se nombra una vez, cuando el piloto la susurra al novicio en la cubierta de noche, con el qaqarum —el timonel de popa— atento a las estrellas:
—De Tiro a Chipre por la corriente de Levante; de Chipre a Rodas, esquivando las rocas de Sarpedón; de Rodas a Malta, donde el viento cambia sin avisar.
Después de Malta, cuando las costas se pierden y sólo queda un horizonte engañoso, la ruta ya no cabe en palabras: se vive el giro a Cerdeña, donde los ojos ciegos de los nuragas miran desde las colinas; el tramo a Ibiza, donde esa isla púrpura huele a muerte dulce; el Estrecho, con las Columnas de Hércules —rocas, niebla o dioses enfadados— que separan el mar conocido y dejan al otro lado un agua sin nombre.
Lo que se nombra demasiado, el mar lo cobra.
—Algún día —dijo Clístenes— escribirán que vosotros, fenicios de Necao, circunnavegasteis Libia por orden del faraón.
Le conté lo que sabía de esa empresa: mi abuelo lo había oído de un superviviente en el puerto de Naucratis. Necao, faraón egipcio, cansado de cavar canales desde el Nilo al mar Rojo, armó naves largas de doble remo y las confió a los fenicios de Sidón.
—Partid del mar Rojo —les dijo—, costead Libia hasta las Columnas y volved por el Mediterráneo.
Tardaron tres años, sembraron en costas extrañas para comer y poder sobrevivir, al doblar el sur, vieron el sol a la derecha —al norte—, cosa que ningún griego habría creído jamás. Pero ¿la ruta? Mi abuelo juraba que el superviviente nunca la dibujó.
—Las rutas que se circunnavegan —decía— se entierran con el capitán. El griego garabateaba furioso, pero yo veía en sus ojos la duda que todos acaban teniendo ante el mar: si lo contado pesa más que lo vivido.
—¿Y Gadir? —preguntó—, donde el estaño llega desde el norte invisible.
Le conté lo que sabía de aquella colonia, levantada cuando los hombres de Tiro aún teñían de púrpura medio Mediterráneo. Había naves que entraban cargadas de vidrio, vino y telas, y volvían más bajas sobre el agua, con plata de las minas del interior y estaño de Britania. Los tartesios lo traían en mulas desde ríos oscuros que sólo ellos nombraban. Pero la ruta a Britania… mi abuelo siempre se callaba y escupía al mar.
—Más allá de las Columnas —añadía—, el mar se queda con lo que sabe.
Clístenes escuchaba en silencio, y al atardecer, cuando el astillero olía a brea caliente y el sol teñía el horizonte con el rojo oscuro del murex, guardó su tablilla.
—Vuestra historia se perderá si no se escribe —dijo.
Le respondí que todas las historias se pierden, pero las rutas buenas se quedan en el cuerpo de los pilotos, en los huesos y en las manos que ya se mueven solas cuando cambia el viento. La Sidonia botaría al alba, rumbo a Cerdeña con una carga de cedro.
Clístenes miró la nave.
—¿Y si quisiera ver una de esas rutas? —preguntó.
Le negué con la cabeza.
—Lo que escribas será la sombra de una ruta —dije—. Lo bastante clara para quien lee en tierra, demasiado limpia para quien la ha navegado entera.
Clístenes dudó, dejó la tablilla junto a mis herramientas y se marchó mirando el agua, sin volver la vista atrás.
Me quedé solo con la Sidonia y con la ruta de Necao dándome vueltas en la cabeza. Aquella noche soñé con esa ruta: naves costeando desiertos donde el sol quema la madera, las siembras en tierra de hombres sin nombre, el giro donde el mundo se pone del revés. Desperté sudando, con el olor del mar metido en la piel, como si aún siguiera a bordo.
Al alba, la tablilla seguía allí, junto a las herramientas del astillero. La abrí: sólo había garabatos de rutas imaginadas, Tiro-Chipre-Malta-Cerdeña-Gadir, con flechas que iban contra las corrientes. La arrojé al mar desde el muelle.
Las rutas no se escriben; se pierden para que otros las vuelvan a navegar.
Años después, en Sidón, oí que un tal Heródoto repetía en una plaza de Atenas la historia de Necao: hablaba de la circunnavegación fenicia con detalles que ningún piloto reconocería como suyos. Sonreí. Había escrito lo que pudo, pero la ruta verdadera —la que mi abuelo calló, la que la Sidonia llevó a Cerdeña sin mapa— seguía líquida como el mar que la engendró y no vivía en la página, sino en los cuerpos de quienes la habían navegado.


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