Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Lunes, 27 de julio de 1936: El rey de las ondas
A las diez en punto de la noche, el general Queipo de Llano se instaló en el despacho de Capitanía General de Sevilla donde tenía todo el material de estudio de Unión Radio Sevilla. Alto y tieso, aquel gigante de hombros estrechos y ojos claros era un descontento crónico, enemigo en tiempos de Primo de Rivera de Alfonso XIII, y hoy de la República. Instalado detrás del pupitre con su micrófono, exultaba tras su triunfo en semejante bastión republicano.
—Me dicen que tiene usted el proyecto de sublevarse. Si es así, está de enhorabuena, porque yo lo comparto en absoluto.
¡Qué cara se le puso a Mola! Con qué torpes evasivas escurrió el bulto. Solo para, cuando volvieron a encontrarse, mascullar que correspondía hacer algo.
—Con prudencia, Queipo, que es usted impulsivo. Hay que madurar bien el proyecto.
Madurar bien el proyecto, pensó con desdén. Lo único maduro eran sus ganas de demostrarles a Mola y a Franco que podía conquistar cualquier plaza. Y así, el 18 de julio, antes de las doce del mediodía, vestido de paisano, llegó procedente de Huelva. Dejó todo en el hotel Simón y se dirigió a Capitanía General. Tras una breve conversación con el comandante Cuesta y el capitán Escribano, ambos del Estado Mayor de la División, entró en el despacho del general Villa-Abrille.
—Traigo órdenes de la Junta de levantarte la tapa de los sesos, pero como soy buen amigo no voy a recurrir a la violencia… Confío en que abomines de tus errores, Villa.
—Te aseguro, Queipo, que no me asustas. Mi deber es estar con el Gobierno.
—Entonces no me queda más que matarte o encerrarte, tú decides. Pasa a tu despacho.
Los ojos de Villa-Abrille seguían fijos en la pistola amartillada que Queipo llevaba en el bolsillo. Como la puerta de la habitación no tenía llave, dejó a un cabo delante. Después fue a pie, acompañado de una camarilla de oficiales, hasta el cuartel del regimiento de infantería. Sin haberse visto nunca al coronel Manuel Allanegui, estrechó su mano y le felicitó por su decisión de ponerse del lado de los sublevados.
—Es que yo he decidido apoyar al Gobierno.
Queipo se fingió muy asombrado y le preguntó si no podían continuar la conversación en el despacho del general. Allí lo dejó arrestado junto a otros oficiales de su regimiento.
A las dos había apresado a dos generales, dos coroneles, un teniente coronel, dos comandantes. A y media proclamó el estado de guerra. A las tres tenía prisioneros a todos los oficiales fieles al Gobierno. A las cinco, los sublevados desplegaron ametralladoras y la artillería en el centro de la ciudad. A las ocho de la noche quedaban bajo el mando de los golpistas todos los centros oficiales, tras la caída del Gobierno Civil y la rendición de la Guardia de Asalto. Esa medianoche se rindió el aeródromo de Tablada. Y al día siguiente —¡en menos de doce horas!— Queipo de Llano tenía prácticamente todo Sevilla bajo su control, pese a que las milicias de izquierdas siguiesen resistiendo en los barrios de Triana, Macarena y San Bernardo.
Desde entonces se dedicaba a fusilar a centenares de hombres cuyos cadáveres eran dejados en plena calle. La llegada de tropas de la Legión por el puente aéreo creado entre Tetuán y Sevilla gracias a los Junker 52 alemanes, y de un tabor de las Regulares de África desde Cádiz, consolidaron su posición y pudo anunciar, en radio Sevilla, que el Alzamiento triunfaba en todas partes.


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