LO QUE HICIERA PARIS SI VIERA A JUANA
Como si fuera cándida escultura
en lustroso marfil de Bonarrota,
a Paris pide Venus en pelota
la debida manzana a su hermosura.En perspectiva Palas su figura
muestra por más honesta, más remota;
Juno sus altos méritos acota
en parte de la selva más escura;pero el pastor a Venus la manzana
de oro le rinde, más galán que honesto,
aunque saliera su esperanza vana.Pues cuarta diosa en el discorde puesto,
no sólo a ti te diera, hermosa Juana,
una manzana, pero todo un cesto.Lope Félix de Vega y Carpio
Amberes, año del Señor de 1638
El pintor se limpia con un trapo los restos de pintura y se enjuaga las manos en una palangana. Uno de sus ayudantes le quita el guardapolvo mientras que otros aclaran los pinceles y la paleta.
—Es, es una maravilla, maestro. ¿Cómo lo va a llamar? —rompe el silencio, cuajado de devoción, Theodoor van Thulden, quien completa su formación como grabador y pintor en el taller del afamado pintor.
—Salta a la vista, Theodor. El juicio de Paris.
—¿Otro? Es el tercero al que llaman así, ¿no?
—El cuarto, si no me equivoco —puntualiza Anton van Dyck, uno de sus discípulos más queridos.
El dato lo corrobora Jacob Jordaens tras consultar el voluminoso registro de obras encomendadas al taller.
—En efecto, os encargaron una en 1598, otra en 1606, en vuestra etapa italiana, una tercera en 1636 y ésta.
—Si buscas mejor, seguro que encuentras algún que otro encargo más. Creo que por ahí dentro hay varios bocetos de obras que no cuajaron sobre la misma temática —interviene el maestro.
—Se ve que a estos españoles les gusta ver carne…
—No seas zoquete, Erasmus —lo interrumpe con un pescozón Van Dyck.
—Mis disculpas, maestro Rubens, no…, no quería faltaros al respeto —se disculpa, ruborizado, el joven Erasmus Quellinus II, hijo del afamado escultor del mismo nombre.
—¿Por qué dices eso, joven Quellinus?
—Por…, porque habéis usado a vuestra esposa, la dama Hélène, como modelo para Venus. Y… la pintáis como Dios la trajo al mundo.
—No seas tarugo, Erasmus. ¡Qué falta te hace irte a Italia unos años a estudiar su arte como hice yo en mi mocedad! —lo tranquiliza risueño su mentor— Si lo hubieras hecho, sabrías que los antiguos griegos pintaban desnudos a sus dioses como signo de divinidad. Yo ahí no veo a la señora Hélène, sino a Venus, a quienes en Grecia llamaban Afrodita, la nacida de la espuma, la diosa de la belleza y del amor.
Rubens se distancia del cuadro y lo mira con más perspectiva. Se dirige a un estante y toma de él la edición en latín de las Heroidas de Ovidio. Lo abre por la XVI, acude a los versos 65-88):
“(…)el heraldo alado me dijo: “tú eres el árbitro de la belleza; termina con las aspiraciones de las diosas; pronuncia cual de ellas merece derrotar a las otras dos a causa de su belleza” (…) la consorte Juno me ofreció tronos, su hija, poder en la guerra(…) Dulcemente Venus sonrió: “Paris, no dejes que esos regalos te conmuevan, ¡ambos están llenos de miedo!” me dijo “Mi regalo será el amor y la belleza de la hija de Leda, más hermosa que su madre, que vendrá a tus brazos”.
Vuelve a agradecer mentalmente a sus maestros Jans Rubens y al latinista Rombout Verdonk por la sólida instrucción que le proporcionaron en gramática, latín y griego. Puede beber de las fuentes directamente, sin necesidad de intermediarios que enloden lo que el clásico quiso plasmar en sus textos.
Recuerda que para la versión que le encargaron del mismo tema en 1636 se inspiró en El juicio de las diosas, del heleno Luciano de Samosata. Al que, por supuesto, leyó en griego.
Guarda muy buen recuerdo de aquélla, pero la que tiene ante sí la supera, sin duda. Se la encargó el cardenal infante Fernando de Austria para regalarsela a su hermano Felipe IV, monarca de las Españas.
El pintor pide que le acerquen un escabel y que le traigan su tisana. La gota comienza a atormentarlo de nuevo. Quellinus le aproxima un sillón y le ayuda a poner la pierna enferma sobre el escabel. Parece querer hacerse perdonar su metedura de pata. Jordaens le lleva su tisana y una redoma con coñac, que coloca en una mesita auxiliar. Dejan al maestro disfrutar de su creación a solas.
Mira en conjunto las tres diosas. Ha pintado sus cuerpos usando líneas sinuosas, que han dado lugar a posturas exageradas. El grupo rezuma sensualidad, erotismo: ésa era su pretensión. Las tres aparecen perfectamente individualizadas.
Pasa de largo a Paris, representado de perfil, sentado, y a Mercurio, quien en la diestra sostiene el caduceo con las dos serpientes enrolladas y en la siniestra, la manzana de oro, que la pérfida Eris dejó en las bodas de Tetis y Peleo. Enmarca a estos dos con un mastín a la izquierda y unas ovejas a la derecha. Ha de quedar claro que se trata de una escena pastoril en un entorno bucólico. Si el caduceo no basta para reconocer al mensajero de los dioses le pinta también un sombrero alado, otro de sus atributos (gracias micer Rubens por vuestras enseñanzas sobre los dioses de los paganos).
Delante de las ovejas, en el suelo, unas armas. Sirven para identificar a la primera de las diosas, Minerva, la Palas Atenea de los helenos, representada casi siempre con atavíos marciales. Por exigencia del juez ha de posar desnuda, pero, doncella como es, lo hace con pudor, cubriendo su vulva con un velo y desvelando sus senos fugazmente. No se la ve cómoda. Por si el espectador no tuviera suficiente con estos datos, a sus pies, casi escondida tras el paño rojo de Venus, una lechuza, su animal totémico, asoma sus ojos. Como si esta ave, símbolo de la sabiduría al igual que su diosa, se ruborizara también del mal momento que está pasando su señora a fin de hacerse con el trofeo.
El centro de la composición lo ocupa Venus, reconocible por estar coronada como vencedora por un amorcillo, mientras su hijo Cupido, que porta su característico carcaj, se abraza a su muslo. La divinidad se muestra impúdica ante el espectador. No se puede esperar otra cosa de la diosa del amor y de la pasión.
Sonríe, pícaro, contemplando el magnífico desnudo de Hélène. La trajo ayer a disfrutar a la luz de los candiles la obra casi terminada. Le encantó, aunque frunció algo los labios y las cejas al reconocer a las modelos que posaron desnudas encarnando a Juno y a Minerva.
A la derecha cierra la composición Juno, la Hera helena, esposa y hermana de Júpiter, señora del Olimpo y diosa del matrimonio. Va coronada con una tiara como símbolo de que reina sobre dioses y mortales. Cual mujer casada, su desnudo es también púdico. A la derecha, sobre un árbol, un pavo real, el animal totémico de la crónida, acompaña a su soberana.
Rubens se siente satisfecho. La poción le ha aliviado algo el dolor de la gota. Descorcha la redoma y se sirve una generosa copa de brandy.


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