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29 de julio de 1936: El Madrid de las milicias

29 de julio de 1936: El Madrid de las milicias

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Miércoles, 29 de julio de 1936: El Madrid de las milicias

Vamos, Pepe. Canjearemos los vales en el Ayuntamiento y nos volvemos.

Era la primera vez en días que los Mañas, padre e hijo, se atrevían a salir de su casa en General Ricardos. Resultaba imposible no reparar en cómo había cambiado Madrid. Proliferaban los camiones llenos de obreros. Muchos llevaban el nombre de la unidad pintado en el lateral: los leones de Carabanchel, los vengadores de Cuatro Caminos, los feos de Pinto, o sencillamente Marx, Bakunin, Pablo Iglesias. Desde que el Gobierno entregó las armas, las milicias no abandonaban las calles. Pero la vida continuaba. La vida solo se alteraba cuando en alguna bocacalle silbaba la bala de un paco y caía muerto un soldado o miliciano. Eso provocaba disparos hacia donde se sospechaba que estuviese el tirador, algo contra lo que clamaban los periódicos: «Milicianos, ¡no malgastéis municiones! ¡Todas las balas para el enemigo!». Se disparaba de vehículo a vehículo si había sospechas, y proliferaban los carteles de las diferentes facciones del Frente Popular: ¡AFÍLIATE AL PARTIDO COMUNISTA! ¡EL POUM OS ESPERA! ¡TRABAJADOR, TU MEJOR DEFENSA ES LA FAI!

"Los mismos obreros que durante la huelga de la construcción patrullaron las calles persiguiendo esquiroles, ahora, mejor armados, perseguían fascistas. Por doquier se montaban controles"

Los republicanos no contaban ya para nadie. Después del asalto al cuartel de la Montaña, nadie cuestionaba el derecho a organizar milicias. Los mismos obreros que durante la huelga de la construcción patrullaron las calles persiguiendo esquiroles, ahora, mejor armados, perseguían fascistas. Por doquier se montaban controles donde se pedía indiscriminadamente la documentación.

—Los anarquistas han ocupado la parroquia de San Miguel, míralo —murmuró Luis Mañas.

Cada vez había más edificios desiertos y se multiplicaban los saqueos. También desaparecían personas y aparecían cadáveres en la Casa de Campo y en las verjas del cementerio de San Isidro, a orillas del Manzanares, donde los chicos se mofaban de los muertos.

Y no solo era Carabanchel. Yendo a casa de su preparador de oposiciones, Pepe se había encontrado el barrio de Salamanca desierto y el Retiro abandonado. El Retiro no era solo el parque donde acudían los retoños de la alta burguesía a montar en triciclo o bicicleta. Allí niños de todas las clases se encaramaban para ver, desde detrás de las verjas de Alcalá, a los picadores que volvían de Las Ventas con sangre de toro reseca en el calzón de gamuza los domingos a última hora. O los entierros que pasaban con ataúdes en carruajes negros tirados por caballos empenachados.

Resultaba extraño ver un parque sin niños jugando al marro ni niñas lanzando sus diábolos al aire. Tampoco aparecía el viejo del titirimundo con su carro, tirado por un burro, donde por diez céntimos se podía contemplar la plaza de San Pedro en Roma o una lucha de gladiadores. En el estanque estaban vacías las barcas que antes hacían interminables viajes circulares, costeando el paseo de las estatuas, entre criadas, soldados, y la escalinata del monumento a Alfonso XII permanecía desierto.

—Vamos, Pepe, no te entretengas —dijo Luis Mañas, cambiando de acera.

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