Los habrán visto por la calle: de un tiempo a esta parte, asoman pequeños establecimientos que, a imitación de los quioscos tradicionales, dicen servir solo buenas noticias. La apariencia es similar, salvando el misterwonderfuliano rótulo en inglés y cálido neón. Tenemos una caseta con su toldo y una revista a cambio de unas monedas. El café barista, supongo, es un buen incentivo para los adictos al oscuro brebaje —entre los que no me encuentro. O las chips de verduras deshidratadas —que, vale, lo admito, algo más me tientan. Pero lo que de verdad me intriga es el núcleo conceptual del negocio. ¿Buena noticia? ¿Cómo se escoge una buena noticia? Es más: ¿merece la pena buscar buenas noticias en un mundo vertiginoso e inclemente como el actual? ¿Debemos ocultar las malas en contrapartida?
Julio Parcas es un periodista en horas bajas que sobrevive con artículos de bajo aliento y colaboraciones externas con el diario que un día lo empleó; necesita volver a la primera plana de la profesión tanto como comer. Carmela Frisas, vicealcaldesa por un partido de extrema derecha, está inmersa en un juego de poder para hacerse con el control de la ciudad y no dudará en quemar las calles para lograrlo, pero la sombra de la corrupción es alargada. El anciano viudo Teodoro Yáñez, asediado por el vacío de sus propios fantasmas y la urgencia de sus expectativas, se encuentra en el momento y lugar adecuados para cambiarlo todo. Porque los destinos de estos tres personajes se cruzarán de manera irremediable cuando un hombre entre en una guardería con un cuchillo y gritando en un idioma extranjero.
Bebiendo de los códigos del thriller y la novela negra, pero no dejándose constreñir por ellos, Jorge Duarte se presenta con una primera novela que sabe a sobresaliente. Heredero del show, don’t tell, se revela como un autor concienzudo: no rehúye los diálogos más tensos, las preguntas más incómodas ni los giros más jugosos. Todo sucede en el transcurso frenético de un solo día, y cada escena está pulida con tino para incitar a la lectura de una nueva página, para que queramos saber en todo momento qué espera a nuestro dispar trío de descarriados. Pero es que, además, un poco a la manera de The Wire, el escritor zaragozano opta por difuminar el afilado retrato de sus personajes y no señalar a un solo culpable. Para ello se vale de una narración coral que ilustra el papel del periodismo, pero también de la política y la ciudadanía de a pie en el destino de nuestras sociedades.
Y es que no abundan las obras que, al tiempo que funcionan como el mejor devoraúñas veraniego, sean capaces de enfrentarnos a nuestros propios sesgos con pulso literario: la facilidad con la que germina la semilla del racismo, cómo nos dejamos dominar por los discursos más agresivos o nuestra supuesta tendencia a justificar el fin sobre los medios. La intimidad de unos personajes cuya moral oscila por una gama de grises, pero que siempre se perciben como humanos, es el prisma perfecto para denunciar el fantasma del fascismo que recorre el planeta, la precarización de empleos clave para el buen funcionamiento de las democracias o la epidemia de soledad que asola las cada vez más envejecidas poblaciones occidentales.
Al final del día, sean ustedes más de café americano e improperio o de batido detox y estiramientos en el salón, prefieran desayunar con el matinal encendido y los gritos de los tertulianos de fondo o compartir el vídeo de los agentes de seguridad que ayudan a una familia de patitos a cruzar la carretera, sobrevivimos como podemos. Es cierto. Pero puede que no ya forzar las buenas noticias o privilegiarlas sobre las malas, sino cambiar el enfoque —esforzarnos por crear un entorno que produzca más de las primeras, para que sean mayoría y, por su propio peso, desplacen la fuerte presencia del horror en periódicos y telediarios— sea una responsabilidad compartida. Aunque en esa responsabilidad haya grados, por supuesto.
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Autor: Jorge Duarte. Título: Última hora. Editorial: Duomo. Venta: Todos tus libros.


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