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La cerilla sobre la que prende una llama

La cerilla sobre la que prende una llama

Después de varios meses sin parar, el verano suele ser excusa para el reencuentro con aquella gente con la que puedes desconectar, quitarte la piel y ponerla al sol mientras levantas unas jarras bien frías y te relajas viendo la vida pasar. No hay tantas oportunidades como creemos de hacer esto. La mayor parte del tiempo nos la pasamos prometiéndonos vivencias y quedadas que rara vez se dan, ya sea porque el destino es —salvo para algunos— incognoscible o porque los días nos acaban exprimiendo a nosotros más que al revés.

He terminado julio y empezado agosto dando validez a esos juramentos. Y tengo intención de seguir haciéndolo antes de que vuelva la rutina y las horas regresen para consumirme como si fuese la cerilla sobre la que prende una llama. He quedado con los colegas de entonces, con Miguel, Alejo, Javi y Fede. En el fondo siguen siendo los mismos, pero con más arrugas y cicatrices, de las que se ven y de las que no. Son de esas amistades que no envejecen, que siguen intactas pase el tiempo que pase. De camino a la taberna, me he encontrado con una mujer pulpo. Nunca había visto a nadie salvo a Paco y, a este, hace meses que le perdí la pista. Se me pasó por la cabeza que, tal vez, pudieran ser familia, pero pronto comprendí lo ridículo de ese razonamiento. Sería como pensar que dos humanos son parientes solamente por ser humanos o vivir en el mismo pueblo. Obviamente, no le dije nada. No soy yo de entrometerme así sin más. Sin embargo, ese pensamiento me hizo pensar en el Café Moi, al que cada vez voy menos. Ya no escribo allí. Después de ver a los de la banda, me dije que pasaría a ver a Faruk. Mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que no estaba solo.

"Me comentó que estaba muy desmejorado, que había estado de sepia en sepia y había perdido el color de los tentáculos"

Lola me sonrió desde el otro lado de la barra, la rodeó y me abrazó con las seis patas que no tenía apoyadas en el suelo. Fue un abrazo peludo al que no me resistí a pesar del repelús. Sus mandíbulas tan cerca de mi mejilla me respingaron de arriba abajo. Puede que se diera cuenta cuando la mire a sus ojos de araña, esos ojos grandes que coronaban su rostro en el centro y que eran del doble de tamaño que sus otros seis. Aun así, no dejó de sonreír ni de alegrarse por mi visita. Me dijo que se había cansado de rodar, que las giras estaban bien pero que había mucho mamoneo en el circuito musical. «De eso también sabrás tú lo tuyo, que eres escritor». Bueno, quizá no sabía tanto por experiencia como por los rumores que corren de aquí para allá. Pero sí que sabía. Lo cierto es que me alegré de volver a verla en el Moi. Cuando le pregunté si había vuelto para quedarse me dijo que, con lo que había ganado con los conciertos, había ahorrado lo suficiente para comprar aquel local. Ahora el Café Moi era suyo.

Le pregunté por Rubén el Cara Acelga y también por Paco. Me dijo que a Rubén lo había visto hacía un par de meses con la mochila al hombro, camino a Vietnam y sin un destino final prefijado. «Ya vería dónde acababa», le dijo. Con Paco había quedado hacía tres semanas para firmar los papeles de la cafetería. Me comentó que estaba muy desmejorado, que había estado de sepia en sepia y había perdido el color de los tentáculos. Incluso había perdido un par en una escaramuza en un bar de Almería cuando se encaró con un par de almejas y unos bacalaos del norte. Echó la culpa a las sirenas, a las que había vituperado el verano anterior. Se las encontró en Torremolinos y lo siguieron hasta el Toyo con una banda de tritones poco amistosos. Se la tenían jurada. «Ahora no quiere ni ver el mar y eso lo tiene muy apagado», dijo Lola encogiendo los hombros. «Igual se va a Cancún o a algún otro sitio del otro lado», confesó en voz baja para que nadie, excepto yo, lo oyera.

"Abrí mucho los ojos. Que el minotauro dejara de perseguir los cuernos rojos de las traseras de los coches me pareció una buena noticia"

Estuvimos hablando un buen rato. Me contó algunas anécdotas de la gira y vi el brillo de sus ojos cuando hablaba de ciertos lugares que la habían fascinado, pero, sobre todo, del recibimiento del público. «Ese calor será lo que más eche de menos», dijo sonriendo para terminar confesando que no lo extrañaría del todo porque la semana que viene le traían un piano a la cafetería. Me señaló el rincón donde lo iba a colocar. «Quitando las tragaperras y alguna mesa, hay espacio de sobra». Lo cierto es que tenía muchas ideas para renovar el local. Lo de ponerse al piano algunas noches solamente era una de ellas, porque también estaba dándole vueltas a una remodelación completa del local. «Para que se vea más moderno y acogedor». Cuando me lo dijo supe que no tardaría en volver a recluirme durante horas en alguna de las mesas del Café Moi para escribir. No había hecho ningún cambio aún y ya sentía esas buenas vibras fluyendo en el ambiente. Incluso Faruk, usualmente nervioso, parecía más calmado.

Fue él el que se me acercó cuando Lola salió a saludar a unos recién llegados de la terraza exterior. «Las brujas me han levantado la maldición». Abrí mucho los ojos. Que el minotauro dejara de perseguir los cuernos rojos de las traseras de los coches me pareció una buena noticia. «Ha sido cosa de Lola». Y es que, por lo visto, la araña las había conocido a su paso por Galicia. Bastó una sesión privada para que accedieran a perdonar a Faruk. Así que ahora estaba en deuda con ella. Lola era así. Y estoy seguro que dotará de mucha vida al sitio. Ya comienza a ser refugio de muchos recién llegados. Lo noto. Y me recuerda mucho al local de Seattle de «La sombra del nagual», solo que este no está en el subsuelo. Puede que también los habitantes de ese Midian que descubrí bajo Los Alcázares acaben viniendo de vez en cuando a tomarse una copa y disfrutar de las noches del Moi. De momento, quienes me llaman la atención son las tres mujeres afanadas al fondo del local, bajo una luz mortecina, haciendo muñequitos de hilo. Madre, hija y abuela; tres generaciones tejiendo amigurumis. No les presto mayor atención. Hoy, todo mi foco está en Lola la araña, que danza entre las mesas, radiante y pletórica. Parece que, después de todo, ha entendido dónde se encuentra el éxito y, sobre todo, la felicidad.

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