El pasado fin de semana, el Ayuntamiento de Torre de Juan Abad, en colaboración con la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, celebró el IV Centenario de la publicación de Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos (Zaragoza,1626), la novela picaresca del madrileño Francisco de Quevedo, que fue señor de la localidad ciudadrealeña y que sigue rodeada de sugerentes incógnitas, a pesar del destacado lugar que ocupa en la historia de la literatura española y universal.
Don Pablos, un mentiroso incompetente
El sábado 1 de agosto asistieron a la inauguración la alcaldesa de la Torre de Juan Abad, María del Señor Fresneda Guerra, y la viceconsejera de Cultura y Deportes de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, Carmen Teresa Olmedo Pedroche, y el día contó con una mañana académica y una noche teatral. La conferencia inaugural corrió a cargo del catedrático de Lengua y Literatura española de la Universidad de Navarra, Ignacio Arellano Ayuso.
En su ponencia, titulada “El Buscón don Pablos, un mentiroso incompetente”, el especialista del Siglo de Oro, referente del hispanismo mundial, comentó que todo El Buscón es una especie de manual de engaños y de trampas, empezando por el protagonista, don Pablos, que miente, finge, se disfraza, adopta lenguajes y comportamientos falsificadores, y siguiendo por todos los demás, desde sus padres (ladrón y alcahueta hechicera), y todos los personajes que encuentra en su camino (falsos ermitaños, soldados fingidos, caballeros chanflones, hipócritas de toda laya…), sin dejar aparte alguno como don Diego Coronel, que parece a primera vista ser el único noble, pero que se mueve en un entorno de mentirosos y pícaros que hacen muy sospechosa su figura. Para el hispanista Arellano, don Pablos va sobreviviendo por medio de un ingenio corrompido que, sin embargo, nunca le permitirá lograr sus fines, pues don Francisco de Quevedo, que lo maneja con sus hilos crueles, desenmascara constantemente sus trapazas, convirtiéndolo en un mentiroso fracasado, en justa retribución de sus malas costumbres y multiplicadas engañifas.
Los misterios del Buscón
Después, el periodista, filólogo y profesor de la Universidad Carlos III de Madrid, David Felipe Arranz, intervino con la ponencia “Los misterios de El Buscón”, en la que, tras hacer una recopilación y puesta al día del estado de la cuestión de los estudios quevedianos con respecto a la fecha de su génesis, las motivaciones y el objetivo de su escritura, mencionó trabajos de importantes hispanistas, como Karl Vossler, Leo Spitzer, Alexander Parker, Maxime Chevalier, Fernando Lázaro Carreter, Domingo Ynduráin o Jenaro Talens, entre otros, y planteó varios enigmas en torno a la novela. “Quevedo nunca admitió abiertamente su responsabilidad sobre la creación de El Buscón”, comentó Arranz, antes de preguntarse por los motivos de su escritura, vinculada a cenáculos literarios y áulicos, para deleite de cortesanos o cenacular, como aseguraba Philippe Berger ya en 1973, ya que los Quevedo eran funcionarios de palacio.
“No sabemos cuándo la escribió, aunque sí podemos acotar entre 1604 y 1614, con una segunda redacción o revisión este último año, como apuntan Lázaro Carreter o Fernando Cabo Aseguinolaza”, explicó Arranz. ¿Fue el propio Quevedo quien impulsó la edición impresa de su obra, veinte años después? Lo que está claro para Arranz es que El Buscón comenzó siendo un juguete de ingenio ante un círculo de amigos del joven Quevedo y se convirtió en una obra impresa que se escapó del control de su autor y pasó al canon universal, tras las más de veinte ediciones en el siglo XVII y su salto a la traducción al francés (1633), al italiano (1634), al holandés (1642) y al inglés (1657).
La cocina del Buscón
El domingo se abrió con un tema que suscitó el mayor interés, “La comida del Buscón”, a cargo del poeta e investigador José María Cortés Saavedra, quien comentó cómo Quevedo en su novela convierte la cocina en uno de los escenarios más elocuentes de la miseria humana y de la crítica social del Siglo de Oro. Lejos de ser un espacio doméstico acogedor, la cocina se transforma en símbolo de la escasez, de la hipocresía y del ingenio satírico del autor. El pasaje más célebre es, sin duda, la estancia de Pablos en la casa del dómine Cabra, en Segovia. Quevedo describe con detalle hiperrealista y casi naturalista una olla donde “no se cocía más que el agua”, unas migajas de pan, un poco de tocino “que parecía de otro tiempo”, legumbres que ya no sabían a nada y una sopa tan clara que “se veía el fondo del plato”. Más adelante, cuando Pablos se mueve por Madrid y otros escenarios, la cocina reaparece de forma distinta. Ya no es solo el lugar de la carencia, sino también el laboratorio del ingenio. Los pícaros manipulan restos de comida, inventan trucos para conseguir un plato caliente o para aparentar Así, la cocina se convierte en escenario de la “industria” picaresca: el arte de sobrevivir con casi nada.
La jornada del domingo 2 de agosto finalizó con la proyección en el patio de la Casa Museo de la película El Buscón (1979), de Luciano Berriatúa, protagonizada por Ana Belén, Francisco Algora y Juan Diego, y el concierto de campanas “Los sagrados bronces”, a cargo de los campaneros Álvaro Romera Sotillo y Carlos Jiménez Jiménez.



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