Leo La liebre y yo, de Chloe Dalton, en un viaje a Zúrich, en busca del agua de los lagos y los ríos. Lo que encuentro allí es silencio, un brillo limpio, el cambio de temperatura bajo la sombra de los árboles que protegen toda la ciudad. Lo urbano se integra en la naturaleza y no al revés, como sucede en otras capitales en las que he vivido o he visitado. Pienso en los parques cerrados, en los baños prohibidos, en la basura al costado de los cauces. Mientras estoy allí, España arde, y con ella también pierden la vida los animales de los bosques.
Vuelvo a mi libro, al lebrato que protagoniza su historia y a la autora que aprende a observarlo. Dalton es una asesora política que, en una temporada de descanso en su casa en el campo, descubre una cría de liebre a las puertas de su casa. Dubitativa, decide ayudarlo y comprende que cuidarlo consiste en aprender a observarlo sin imponerle una vida humana. En lugar de domesticarlo, decide acomodar su casa y sus hábitos a la existencia del lebrato, a la convivencia con un animal silvestre. La liebre nunca termina de convertirse en personaje. El libro se resiste a convertirla en metáfora, en símbolo poético. Consulta a especialistas, que le ayudan a saber cómo alimentar y cuidar correctamente del lebrato, y también descubre sus referencias equivocadas en la literatura, mezcladas con la superstición, entre las que encuentra una serie de poemas de William Cowper que hablan de una experiencia semejante con liebres.
El libro no convierte a la liebre en una extensión de la autora. Al contrario: se empeña en respetar aquello que nunca llegará a comprender del todo. Mientras la liebre permanece indescifrable, la mirada de Dalton cambia. Comienza a observar la naturaleza de otro modo: las flores, los arbustos, las piedras. También los depredadores y las distintas formas de supervivencia. En un capítulo, observa que la liebre tiene una ligera cojera. Acude a un amigo veterinario y una vez en casa, con la medicina lista para proporcionársela al lebrato, decide no intervenir y dejar que sea el propio devenir del animal quien decida su destino. Al final, la naturaleza resuelve y la cría continúa su existencia a pesar de la lesión. Vive libre, con la puerta abierta de una casa a la que regresa de vez en cuando a descansar a la orilla de la chimenea de Dalton.
La liebre y yo defiende la literatura de la atención, la que busca aprender a mirar el mundo cuando dejamos de interrumpirlo. Por eso seguí pensando en el libro mientras me sumergía en el lago: puede que solo debamos dejar de exigirle que se parezca a nosotros.


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