En este mundo inhóspito, y para sorpresa de nadie (o quizá sí), comienzan a prevalecer los lugares donde la infancia no termina, simplemente se interrumpe. Pienso, claro, en los niños de Gaza, en las bombas que parten física y metafóricamente las vidas en trozos imposibles de reconstruir. Pienso en aquel niño que abandonó Kiev de la mano de su peluche, ya sucio, y en los bebés que llegan moribundos a la orilla del Mediterráneo, en los que inevitablemente alguien piensa como afortunados porque lo contrario es la muerte o una vida imposible en su país.
Elisa y Aimé, amigas inseparables, viven un acontecimiento que determinará sus caminos y su relación. Ambas viven en Mexicali, en un ambiente donde las agresiones machistas forman parte de la cotidianidad de las familias. La noche antes de que Elisa abandone la ciudad gracias a una beca de atletismo, se ven envueltas en un suceso trágico que rompe su amistad y hiere a todo el barrio. Veinte años después, las dos se reencuentran en momentos vitales muy distintos, pero entre ellas siguen pesando ese secreto y dos maneras de enfrentarse a la culpa.
Además de la historia, me conmovió especialmente la presencia de dos enfermeras, inspiradas en la madre de la autora, que desde un segundo plano tratan de poner remedio a esa violencia y ofrecer refugio a las mujeres maltratadas. Es un libro duro, pero profundamente tierno. Tiene cierta luminosidad y amparo, pero no deja de lado el dolor y sus consecuencias. Refleja con la honestidad de quien sabe de qué habla una realidad que el mundo debe conocer, porque los lugares donde crecemos siguen habitándonos muchos años después y todas las realidades importan. Correa no convierte el contexto en espectáculo: la pobreza, los feminicidios, las desapariciones y el miedo no ocupan el centro del relato, sino que permanecen alrededor de los personajes, condicionando sus decisiones y su silencio. Mexicali se convierte así en otro personaje más de la historia.
La frontera en Donde termina el verano funciona como espacio físico y también metáfora de todas las líneas que separan la infancia de la vida adulta. Así, recuerda que hay lugares de los que uno nunca puede marcharse del todo, sobre todo cuando la violencia irrumpe demasiado pronto y permanece para siempre en la memoria.


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