Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Domingo, 9 de agosto de 2026: A ti te conocemos bien, García Lorca
Prieto tuvo razón anoche —dijo Federico García Lorca, que había entrado en la cocina a comadrear con la criada—. Los rebeldes necesitan dinero. Ya pueden vender sus minas, los productos de fábricas o talleres, que faltan compradores. ¿No lo ves así, niña? No habiendo manera de convertir esos bienes en dinero, los recursos que puedan aportar March y otros capitalistas serán poco comparados con los del Estado. Con la peseta desvalorizada, no hay más moneda que el oro, y el oro lo tiene el Gobierno, además de las zonas industriales. El Gobierno tiene el oro y la industria. Los sublevados, casi nada.
—Literatura, chiquilla. Don Inda, a su manera, tiene algo de poeta.
Lo más poético de la alocución había sido el ruego de clemencia final: «Ante la crueldad ajena, la piedad nuestra. Ante la sevicia ajena, vuestra clemencia. Ante todos los excesos del enemigo, vuestra benevolencia. No olvidéis que quienes constituimos esta generación que declina, nos podremos ir de la vida angustiados si dejamos una España endurecida de corazón, insensible… No les imitéis y superadlos en vuestra conducta moral, superadlos en vuestra generosidad». A Lorca, al oírlo por el transistor, se le pusieron los pelos de punta.
En estos momentos, algo pasaba fuera que le sobresaltó.
—¿Qué son esas voces?
Federico hacía cosa de un mes que permanecía enclaustrado en la Huerta de San Vicente. Era la casa de sus padres en la Vega. Antes estuvieron en Madrid, pero con los rumores del Alzamiento prefirió volver a Granada. Estaba convencido de que la mucha gente que conocía era su mejor protección.
—No lo sé, señorito.
Lorca salió al jardín. La criada le siguió. Mirando hacia Granada se veía cómo la ciudad caía por las faldas del Albaicín y la Alhambra. Hoy entre la ciudad antigua y la Vega hay un sinfín de edificios monstruosos del desarrollismo, pero entonces era un paraíso de huertas y jardines donde tenían su casa los García Lorca. Desde el balcón del dormitorio de Federico, en la planta de arriba, se veían las cimas de Sierra Nevada. Allí vivió los primeros bombardeos republicanos. Lo más inquietante fue ver hacía unos días a dos desconocidos observando a través de la verja de su casa. Unas horas después recibió un primer anónimo amenazándole de muerte.
Y ahora estaban fuera esos mismos hombres, un grupo de milicianos que había irrumpido en casa de los vecinos. Por sus voces, buscaban al dueño. Al no encontrarlo, se enfurecieron. Sacaron a empellones a la madre y dos hijos jóvenes. Federico García Lorca, sintiendo que debía hacer algo, se acercó a recriminarles la violencia.
La respuesta del primero de los hombres fue cruzarle la cara.
—Tú, quieto donde estás, que a ti te conocemos bien, Federico García Lorca…
—¡Maricón! —añadió un segundo.
—¡Sodomita! —dijo el tercero.
Y Federico cayó al suelo, paralizado por el miedo.


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