Kurt Vonnegut escribió catorce novelas a lo largo de su carrera. Hoy he terminado la última, no la última que escribió, que fue Timequake, sino la última que me faltaba por leer: Deadeye Dick. Además, he leído muchos de los cuentos que escribió, también sus ensayos y artículos. No puedo ocultar que Kurt Vonnegut me interesa.
- Player Piano (1952): B
- The Sirens of Titan (1959): A
- Mother Night (1961): A
- Cat’s Cradle (1963): A+
- God Bless You, Mr. Rosewater (1965): A
- Slaughterhouse-Five (1969): A+
- Welcome to the Monkey House (1968): B−
- Happy Birthday, Wanda June (1970): D
- Breakfast of Champions (1973): C
- Wampeters, Foma and Granfalloons (1974): C
- Slapstick (1976): D
- Jailbird (1979): A
- Palm Sunday (1981): C
Parece una relación honesta de sus logros y sus fracasos, sin asomo de falsa humildad ni de sonrojante engreimiento, y sobre la que, en general, estoy bastante de acuerdo excepto por un par de salvedades: yo permutaría las notas de Breakfast of Champions y Jailbird. Los sesenta fueron los años más inspirados para Kurt Vonnegut, en los que alumbró sus más célebres novelas, desde Mother Night hasta Slaughterhouse-Five. Como Deadeye Dick se publicó en 1982, posteriormente a Palm Sunday (1981), no podemos saber qué nota le hubiera puesto el autor, y no vamos a especular sobre ello.
En general, la crítica considera las últimas cinco novelas de Vonnegut (entre las que se encuentra Deadeye Dick) las de su decadencia, al menos en lo que a su obra de ficción se refiere. Sin embargo, en mi opinión, Timequake, un artefacto en forma de novela donde el autor aprovecha para volcar algunas de sus obsesiones recurrentes, es otra de sus obras maestras, y no dudaría en darle una A como una casa.
Y siguiendo con el entretenido divertimento de calificar sus libros, a la novela Deadeye Dick, que acabo de terminar, le pondría una B+. La novela es otro artefacto típicamente vonnegutiano, en la que la trama sirve como vehículo para plantearnos las ideas del autor sobre diversos asuntos como el azar, la culpa, la familia y una docena de temas más. Para los muy fans de Vonnegut, una perita en dulce.
Deadeye Dick es el apodo que le dan en EEUU a las personas con mucha puntería disparando armas de fuego. El suceso sobre el que gravita la novela es el siguiente: Rudolph Waltz, el protagonista, mata accidentalmente a una mujer embarazada (y a su bebé), lo que trastoca su vida y la de su familia. La culpa que le pesa termina consumiéndole y condicionando despiadadamente toda su existencia. En este sentido, el planteamiento es el propio de una fábula moral.
Además del desafortunadísimo disparo que constituye el desencadenante de la trama, la novela incluye otros sucesos no menos “disparatados”: desde la azarosa amistad del padre del protagonista con Adolf Hitler hasta la detonación accidental de una bomba de neutrones en la ciudad donde transcurre la historia y que extingue cualquier asomo de vida; puro Vonnegut.
Aquí y allá en la novela, como acostumbra el autor, nos regala remedios de su sabia farmacopea: píldoras de su filosofía existencial, breves fórmulas magistrales para poder vivir o amargas cucharadas de sutil pesimismo.
En uno de los capítulos el protagonista se cruza con una pareja (madre e hijo) de excéntricos millonarios. Los millonarios saben que sus criados se ríen de sus excentricidades, pero no le dan importancia. El protagonista los compara con su propia familia y concluye: «Identifiqué un error elemental que mis padres habían cometido sobre la vida: pensaban que no era correcto que alguien se riera de ellos». Vonnegut consideraba el humor prácticamente como un mecanismo de supervivencia, por lo que no permitir que se rieran de uno u ofenderse por ello era un error crítico que te desarmaba ante la vida. Tomarse a uno demasiado en serio acaba desembocando siempre en la propia infelicidad.
En un diálogo incluido en el capítulo 16, el protagonista trata de comunicarle a sus padres su vocación artística, pues una profesora ha descubierto en él un talento literario. Su padre sale de su sempiterno mutismo y le responde: «Mitad mujer y mitad pájaro». El joven Rudy no entiende al principio, por lo que el progenitor le explica que la maestra es una sirena y que estas criaturas atraen a los marinos con sus dulces cantos para hacerlos naufragar en los acantilados. Acto seguido, le aconseja que actúe como Ulises: «Tápate los oídos con cera, hijo mío, y átate con sogas al mástil», lamentando que su propio padre no hubiera hecho lo mismo con él en su día. En su juventud, este había sido un aspirante a pintor que viajó a Viena para formarse y probar suerte, ciudad donde conoció a otro artista frustrado: Adolf Hitler. Al no ser admitido ninguno de los dos en la academia por falta de aptitudes, el padre regresó desencantado con la vida; una frustración que proyecta sobre su hijo, quien, a diferencia de él, quizá sí posea un talento genuino. Son muchos los que escuchan cantos de sirena y no pocos quienes, como el padre del protagonista, hubieran deseado que alguien les aconsejara taparse los oídos con cera y atarse a un mástil. El propio Vonnegut escuchó esos cantos y lo dejó todo, un trabajo estable y bien remunerado en General Electric, para volcarse en la escritura de relatos y probar su valía como escritor. En su caso, los cantos de sirena recayeron en los oídos de la persona idónea, pero eso no siempre sucede.
El capítulo 26 de la novela se inicia con la siguiente meditación: «Tengo la impresión de que todos vemos nuestras vidas como si fueran cuentos, y estoy convencido de que los psicólogos, sociólogos, historiadores y demás encontrarían muy útil admitirlo. Si una persona sobrevive a un período ordinario de sesenta años o más, lo más probable es que su vida, como un cuento bien construido, haya terminado y que sólo quede el epílogo. La vida no se acabó, pero el cuento sí». Kurt Vonnegut publicó esa novela en 1982, cuando cumplía los sesenta años. Durante toda su vida adulta había padecido una depresión latente, causada nadie sabe si por el estrés postraumático de la Segunda Guerra Mundial, la predisposición genética o una combinación de ambas. En 1984 intentó suicidarse con una ingesta masiva de alcohol y somníferos, pero le salvaron la vida en el hospital y se recuperó para seguir escribiendo hasta su fallecimiento en 2007 (so it goes).
Y hoy, casi veinte años después de su fallecimiento, he terminado su última novela. Durante este tiempo he debido de leer, al menos, un libro suyo cada año. Además de su obra de ficción, he leído su biografía, sus cartas y sus conferencias. También he visto sus entrevistas en internet y el documental Kurt Vonnegut: A través del tiempo, del director Robert B. Weide, que profundizan en sus circunstancias personales. Todo ello me ha permitido conocer, no sólo su obra literaria, sino también su vida. Se entiende, por tanto, que al pasar su última página haya experimentado una vaga congoja similar a la de despedirse de un maestro o de un viejo amigo. Para desprenderme de esa melancolía un poco cursi, he probado a escribir este artículo, esperando que funcione como despedida o epílogo a un autor que he frecuentado durante muchos años.
So it goes, doesn’t it?


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