La primera persona con la que trabamos amistad cuando llegamos a La Casita en El Cabo fue ella. Durante meses —que pronto pasaron a ser años, porque aquí el tiempo se estira como un chicle— nuestra vecina tenía la costumbre de pasear por el camino que rodea la vivienda y, a veces, detenerse. No era un gesto grandioso: apenas un saludo, una frase corta, ese intercambio mínimo que sostiene la ficción de la convivencia. Pero había algo amable en su pausa, como si la casa, la nuestra, fuese una especie de descansillo emocional en su ruta diaria.
Luego vino el paseo.
Era una tarde de febrero como cualquier otra, aunque esto no fuese estrictamente cierto. Era una tarde de febrero como ninguna antes: excepcionalmente seca y soleada, así que mi pareja y yo decidimos salir a pasear al monte por una ruta que hasta entonces no habíamos explorado. Caminábamos por un sendero plagado de mimosas en flor cerca de un riachuelo, cuando nos encontramos con nuestra vecina, acompañada por un cachorro enérgico y juguetón. Nos extrañó verla allí después de unas semanas de ausencia, y más aún no hacerlo con su perro de siempre, un pastor alemán con el que yo solía jugar. Nos explicó que, después de la última vez que lo habíamos visto, este había muerto tras el paseo, nada más llegar de vuelta a casa. Su viejo corazón se había parado y no se había despertado más.
La noticia nos llenó de tristeza, y así se lo dijimos. También le propusimos seguir caminando juntos, acompañándola de vuelta a la aldea, ya que aún quedaba un buen trecho y ella conocía muchos senderos que nosotros todavía no. No puso ninguna objeción a la propuesta, más que nada porque en El Cabo, cuando alguien propone caminar, uno dice que sí sin pensarlo demasiado. Caminamos juntos, hablamos de nada en particular, y luego cada uno volvió a su vida. Nada que registrar en un diario. Nada que anticipara lo que vino después.
Desde entonces, la vecina dejó de pasar.
No es que haya cambiado de ruta: la vemos venir por la carretera, avanzar con ese paso que ya reconocemos, y justo cuando llega a la altura del desvío del camino a nuestra casa… se da la vuelta. Como si un campo magnético la repeliera. Como si la casa hubiese desarrollado una especie de aura de incompatibilidad social. Como si nosotros, sin saberlo, hubiésemos dicho algo imperdonable.
No hay razones. No hay explicaciones. No hay siquiera un gesto de incomodidad que nos permita reconstruir el crimen. Solo ese giro brusco, casi coreográfico, que repite cada vez con la precisión de un ritual.
Aquí en El Cabo, donde las historias se cuecen a fuego lento y los silencios pesan más que las palabras, el desencuentro con una vecina puede convertirse en un misterio doméstico de proporciones épicas. Uno empieza a preguntarse si fue un comentario sobre el viento, o una broma sobre las cebollas, o ese silencio que cayó en mitad del paseo y que en su momento no pareció importante. Uno revisa mentalmente cada frase, cada gesto, como quien rebobina una película buscando el fotograma exacto donde todo se torció.
Pero la verdad es que no lo sabemos.
Y quizá nunca lo sepamos.
La vecina seguirá dándose la vuelta. Nosotros seguiremos observando desde el huerto, con esa mezcla de desconcierto y resignación que aquí se estila. Y El Cabo, que siempre tiene hambre de pequeñas historias, añadirá esta a su colección: la de una mujer que un día dejó de pasar por delante de una casa, sin motivo aparente, como si la vida fuese demasiado corta para ciertos saludos.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: