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Cartas a Mateo (XXVIII): Vamos a probar

Cartas a Mateo (XXVIII): Vamos a probar

La sabiduría de vida es un saber sin comienzo, y los hechos de la auténtica vida no son transmitidos mediante demostración: ¡quien vive y padece los atesora en sí mismo…!

Robert Musil, El hombre sin atributos

Querido Mateo,

Hace pocos días tuve que encargarme de algunos recados por el centro, aprovechando uno de esos ratos solitarios que el verano, generoso en tantas otras cosas, apenas concede. Casi al final del recorrido, me encontré frente a una librería de segunda mano que llevaba tiempo cerrada y entré casi antes de decidirlo, más por curiosidad que por necesidad real. El librero, que ya estaba recogiendo, me avisó de que cerraría en cinco minutos, y esa prisa inesperada me hizo preguntar lo primero que me vino a la cabeza: si tenían algún ejemplar de la vieja colección Gredos, la misma que ya conoces de alguna carta previa.

Y, bueno, ya te puedes imaginar que fue entonces cuando ocurrió lo que hoy quiero contarte: el librero me indicó amablemente que no tenía los ejemplares que buscaba, pero el único otro cliente que estaba en el local, quien hasta ese momento había permanecido hojeando unos libros sin intervenir en la conversación, levantó la vista y me recordó la existencia de otra librería. Una que, en teoría, llevaba tiempo cerrada para cualquiera que pasase por delante (la recuerdo, lleva así años, le dije), pero que los martes y los viernes por la mañana todavía acogía de forma regular al dueño, que se reunía en el local de siempre con algunos amigos para hablar de libros. Me aseguró que aquella otra librería todavía conservaba un buen número de volúmenes de la colección Gredos original.

"Volví a acercarme. Miré otra vez desde el bajo contiguo, recorrí con los ojos el escaparate y, en suma, traté de obtener un resultado distinto haciendo más o menos lo mismo"

El librero vino a confirmar el relato, afirmando que él mismo había estado dentro, en aquella tertulia de la librería “no del todo cerrada”. Así que, tras intercambiar algunas palabras más, salí al fin de vuelta a la calle, levemente confiado, pero aún no del todo convencido, imaginando ya cuándo podríamos poner a prueba aquella historia, quizá más propia de la ficción.

Pocos días después, sin haberlo planeado, nos encontramos en la zona. La biblioteca municipal está cerca, y habías pasado un rato recuperando algunos de tus clásicos —que, aunque parezca mentira, ya te van quedando “pequeños”— y tirando de nuevos hilos, de otros personajes que van llamando tu atención. Al terminar, te propuse acercarnos a un sitio que aún no conocías: una librería misteriosa, cerrada en apariencia, pero que todavía dejaba entrar a algunas personas, en ciertos días, sin que nadie tuviese muy claro cuándo; te lo conté con cautela, sin ocultar que yo mismo no las tenía todas conmigo.

A pesar de que conocía perfectamente el lugar donde la librería llevaba años cerrada, y así parecía seguir, cuando llegamos, me despistó la presencia de otro bajo vacío justo al lado, del que guardaba un recuerdo menos preciso. Pasé unos momentos de indecisión, tratando de descubrir en el escaparate y la parte superior de la puerta alguna luz, algo de movimiento, ruido, la típica señal de vida. Tú te movías por la zona con el habitual aire desenvuelto y prudente a un tiempo, probablemente nada conforme con mi inmovilidad. El caso es que yo seguía sin ver nada, y mi sospecha de que aquella historia resultase, sencillamente, una broma, empezaba a cobrar fuerza. Te dije que sería mejor volver otro día. Me miraste, ahora con la mezcla de serenidad y entusiasmo que va siendo cada vez más tuya, tampoco convencido por mi conclusión, que echando la vista atrás reconozco como precipitada y sostenida en muy pocas pruebas.

—Papá, vamos a probar.

Volví a acercarme. Miré otra vez desde el bajo contiguo, recorrí con los ojos el escaparate y, en suma, traté de obtener un resultado distinto haciendo más o menos lo mismo. Tú no dijiste nada más: te agachaste hasta quedar casi a ras de suelo y miraste por una pequeña rendija que ofrecía el papel pegado en la puerta acristalada. Y entonces, con la seguridad tranquila de quien acaba de resolver un misterio que los demás estaban complicando innecesariamente, anunciaste que había gente dentro. De inmediato, te vi alargar la mano hacia el pomo para girarlo, y en aquella fracción de segundo pensé que los adultos acabamos adquiriendo una extraña habilidad para imaginar todas las razones por las que algo no va a salir bien, mientras que los niños conserváis durante mucho más tiempo la sencilla costumbre de probar. Así, aunque yo había dado por hecho lo contrario sin ni siquiera pensarlo, tu gesto espontáneo y apabullantemente lógico nos permitió comprobar que la puerta estaba abierta.

"Mientras volvíamos caminando, pensé que aquella mañana no habíamos descubierto solamente una librería, sino una forma más antigua de encontrar las cosas"

Al fondo, me fijé en unos cristales que separaban lo que podría ser un despacho o similar de la zona más próxima al exterior, donde encontramos a varias personas hablando tranquilamente, entre las estanterías aún repletas de libros. No tuve la sensación de entrar en una tienda, sino más bien la de haber llegado a alguna especie de habitación de cuento, a la que la gente iba porque alguien, antes, les había hablado de ella. Nadie preguntó quiénes éramos ni pareció extrañado de vernos allí; bastó un saludo para sentir que habíamos llegado al sitio correcto. El dueño nos atendió con la misma naturalidad, nos acompañó por el local mientras resolvía mi consulta, y después de confirmar que sus reuniones tenían lugar en los días que me habían indicado, le dije que volveríamos otro día, para mirar con más calma algún libro para mí, y también para ti, si todavía conservaba títulos de literatura infantil. Hizo un mínimo gesto, que parecía pedir silencio o algo de tiempo, caminó después hasta una estantería cercana y, como si lo tuviera ya decidido de antemano, sacó un libro para ti, a modo de regalo por tu primera visita.

Mientras volvíamos caminando, pensé que aquella mañana no habíamos descubierto solamente una librería, sino una forma más antigua de encontrar las cosas: la que permite llegar a lugares que no aparecen en ningún mapa, sino que se transmiten de una persona a otra, casi en voz baja, y que solo siguen existiendo porque alguien, de vez en cuando, decide que quiere conocerlos. Ojalá conserves siempre, querido Mateo, ese gesto tuyo de agacharte a mirar por una rendija cuando otro piense ya en dar la vuelta; esa voluntad limpia y decidida que prefiere la esperanza de probar antes que la resignación de dar algo por sabido; el impulso necesario de seguir alargando la mano hacia cada puerta que se te presente, una y otra vez, aunque de mayor sepas ya que no todas van a ceder.

Muchos besos, hijo.

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