Han pasado diez años desde la trágica desaparición de Ignacio Padilla, y el tiempo ha confirmado algo que entonces apenas intuíamos: la Micropedia no constituye únicamente el centro de su universo narrativo, sino uno de los proyectos cuentísticos más ambiciosos y coherentes de la literatura en español de las últimas décadas. La distancia crítica permite hoy leerla con una perspectiva distinta y comprobar que su extraordinaria vigencia no responde a la nostalgia ni al homenaje, sino a la modernidad de una obra que sigue interpelando a los lectores contemporáneos.
La vocación cuentística de Ignacio Padilla aparece ya desde sus inicios literarios. Recordemos aquel premio obtenido en la preparatoria en 1984, que propició el encuentro con Jorge Volpi y Eloy Urroz, el episodio fundacional de la Generación del Crack, que terminaría renovando profundamente la narrativa mexicana. Pero, más allá de esa anécdota biográfica, lo verdaderamente significativo es que Padilla entendió desde muy pronto que el cuento no era un género menor ni una estación de paso hacia la novela, sino el espacio de máxima exigencia literaria. Su defensa del relato breve fue siempre explícita y estuvo sólidamente teorizada. Declaraba que el cuento le parecía el género más completo y más arriesgado. De ahí su provocadora e irónica autocalificación como físico cuéntico: «Soy un contador de historias, un físico cuéntico, escribo porque no podría no escribir, porque estoy enfermo de escribir, porque me hace muy feliz contar y leer historias».[1] No se trataba únicamente de una declaración ingeniosa. Esa imagen del «físico cuéntico» resume con bastante precisión su manera de entender la literatura: la escritura como laboratorio, el cuento como espacio de experimentación y la imaginación como una forma rigurosa de conocimiento. Esa búsqueda de la exactitud explica también otra de sus obsesiones: aquilatar hasta el último detalle de su propio universo literario.
No deja de ser revelador que la obra que más admiraba, el Quijote —que se sabía prácticamente de memoria después de escuchar el audiolibro más de un centenar de veces—, le fascinara también por la idea de que Cervantes había concebido inicialmente la novela como un cuento. Padilla veía en ello una confirmación de su propia poética: «Yo soy demasiado neurótico, soy quijotesco, no me quiero equivocar. Por eso le entro al cuento».[2]
La reivindicación del cuento atraviesa toda su trayectoria y alcanza uno de sus momentos más conmovedores en uno de sus últimos ensayos, publicado ya de manera póstuma. Resulta imposible releer hoy esas líneas sin percibir un tono casi testamentario, como si el propio Padilla estuviera dejando formulada una última defensa del género al que había dedicado su vida:
«Me queda al menos el consuelo de que, en este imperio ultramoderno de la novela como contingencia, al cuento se le concede todavía un puesto honorario. En nuestra tradición el relato sobrevive como un rey viejo, fantasmal y providente que con frecuencia estima necesario parecérsele a su vástago enloquecido para que este no olvide su alcurnia y se vengue de quienes quisieron matarlo».[3]
Leídas diez años después de su muerte, estas palabras adquieren una intensidad nueva. Más que una defensa del cuento, parecen la formulación definitiva de una ética literaria. Frente a un panorama en el que la novela había terminado ocupando una posición hegemónica, Padilla reivindicó siempre el relato como el lugar de la máxima concentración artística, el territorio donde la literatura alcanza su forma más depurada.
La idea (el plan) de la Micropedia había surgido muy pronto. Según afirma Jorge Volpi, comenzó a tomar forma durante la etapa salmantina de Padilla, mientras escribía su tesis doctoral sobre el diablo en la obra de Cervantes. Ya el propio nombre contiene las claves fundamentales del proyecto. La referencia a la Micropaedia de la Encyclopaedia Britannica no constituye un mero guiño erudito, sino una verdadera declaración estética. El neologismo creado por Mortimer J. Adler, procedente del griego antiguo —micro («muy pequeño») y paideia («educación»)—, sintetiza la vocación totalizadora de una obra que aspira a construir una enciclopedia de lo mínimo, de lo inesperado, de lo excéntrico y también de lo extrañamente necesario. Esa temprana vocación omnívora lo emparenta inevitablemente con Borges y con sus laberintos, con sus bibliotecas imaginarias y con sus alephs, pero también revela una voluntad muy personal de levantar un universo autónomo que terminaría convirtiéndose en el verdadero centro de toda su producción literaria.
El hecho cierto es que, desde sus inicios literarios, Padilla concibió la Micropedia como un proyecto completo, cerrado y autorreferencial compuesto por cuatro libros de cuentos que se pueden leer como un todo aunque cada uno de ellos tiene dos temas y cada título forma un octosílabo. Así, el resultado es: Las antípodas y el siglo (publicado originalmente en Espasa en 2001 y reeditado por Páginas de Espuma en 2018), El androide y las quimeras (Páginas de Espuma, 2008), Los reflejos y la escarcha (Páginas de Espuma, 2012) y Lo volátil y las fauces (publicada la primera parte, Las fauces del abismo, en Odisea en 2014 y la versión completa editada por Jorge Volpi en Páginas de Espuma en 2018).
La muerte de Ignacio Padilla, el 20 de agosto de 2016, interrumpió de forma trágica ese proyecto de construcción consciente de la propia obra. En ese momento, Jorge Volpi se convierte en su albacea literario (Ignacio Padilla se lo había pedido unos años atrás, de manera inesperada, en una cena en Nueva York) y junto con su editor, Juan Casamayor, emprende la tarea de reconstruir la última parte de la Micropedia, “Lo volátil” (recordemos que “Las fauces del abismo” había sido publicado en 2014), para conformar lo que sería Lo volátil y las fauces, intentando reconstruir el manuscrito ideal que Padilla habría entregado a su editor. En esta tarea detectivesca, Volpi se valió de los textos que el autor ya había enviado a Juan Casamayor y de los textos que pudo rastrear en su ordenador y de los que en algún momento Padilla le había hablado. Todo ello para consolidar ese “todo orgánico” que es la Micropedia en palabras de Volpi. En una entrevista así lo relata:
«Tras tantas y tantas conversaciones con Nacho a lo largo de más de tres décadas, siempre me quedó claro que la obra maestra de Nacho era esta Micropedia y que él sabía que lo era. Siempre quiso que los cuatro libros se publicaran juntos, como un todo orgánico al que él le concedía especial importancia (…) El mayor trabajo consistió, pues, en encontrar el manuscrito final del último volumen, en elegir el orden que él hubiese preferido y en corregir unas cuantas erratas. Para mí es un acto de amistad, pero también de justicia literaria, que la Micropedia al fin aparezca del modo más parecido a como él la imaginó».
Si la Micropedia constituye el núcleo de la narrativa de Ignacio Padilla es porque en ella confluyen todas las líneas maestras de su poética y alcanzan su expresión más acabada. Padilla compartía con los escritores del Crack una concepción de la literatura como estructura compleja, autorreferencial y profundamente ambiciosa. Sin embargo, la Micropedia lleva esa aspiración un paso más allá al convertir el cuento en el espacio privilegiado de experimentación estética. En ella se reconocen de manera constante una imaginación fabuladora extraordinaria, una concepción de lo fantástico como forma de subversión de la realidad, un dominio excepcional tanto del lenguaje contemporáneo como de los registros barrocos y clásicos, el empleo del humor como principio estructural, una mirada deliberadamente excéntrica, la convivencia de datos apócrifos y verdaderos hasta hacerlos indistinguibles, el cuestionamiento permanente de la racionalidad canónica y, finalmente, la creación de un bestiario propio y de unos espacios narrativos en los que lo extraño deja de percibirse como anomalía para convertirse en una forma natural de habitar el mundo.
Porque esa es la clave del universo creado por Padilla: la posibilidad de transitarlo con asombramiento tranquilo y extrañamiento normalizado. Esto último tiene que ver con las peculiaridades que tenía Padilla como creador pero también como individuo: en él había siempre un continuum entre realidad y ficción, entre vida y obra. Quienes lo conocimos sabemos que había en Padilla una línea difusa y voluble entre lo vivido y lo imaginado. Contaba, vivía y creaba con la misma naturalidad y con todos los planos diferentes integrados en un macroplano general e indiferenciable. Uno nunca acababa de saber qué en Padilla era realidad, ficción o era un híbrido majestuoso y brillante de ambas cosas. No es anecdótico, baladí o extraliterario señalar este aspecto fundamental de Padilla como creador porque determina absolutamente su obra y su manera de narrar.
De hecho, esa cosmovisión creadora determina sus resultados de manera drástica: ese acercamiento a lo fantástico, a lo extraño, se hace siempre desde la “normalización” y la calma, como si el plano de lo extraordinario pudiera estar absolutamente integrado en la realidad cotidiana, como para él lo estaba. Era el escritor total, el escritor verdadero. Los que lo tratábamos, no sabíamos donde empezaba el hombre y donde acababa el escritor. Lo que Jorge Volpi denomina como los célebres “datos Nachito” eran parte indisoluble de su vida y de su obra: eran los ladrillos que fueron formando esta Micropedia en la que el lector empieza buscando en el diccionario o en internet cada nuevo elemento desasosegante hasta que deja de hacerlo porque se da cuenta, entiende por fin, que lo fundamental es que todo ese universo existe porque existe en el texto y porque el texto ya ha cobrado vida. Padilla era un omnívoro coleccionista de todo lo nuevo, diferente e inquietante. Era un alquimista y un experimentador. Y también, lo sabíamos entonces y lo confirmamos ahora, Ignacio Padilla fue un adelantado. Todo aquello que construyó en la Micropedia nos resulta hoy extraordinariamente actual: ¿acaso no reconocemos como plenamente contemporáneas muchas de las características que recorren su universo narrativo?
Diez años después, la Micropedia sigue siendo una obra plenamente vigente, extraordinariamente moderna, y continúa interpelándonos como lectores. Sus cuatro libros formulan, en la teoría y en la práctica, una propuesta narrativa de una originalidad poco común, capaz de dialogar con la gran tradición literaria —Cervantes y Borges son referencias inevitables— para prolongarla, actualizarla e incluso llevarla un paso más allá.
Por eso, si tuviera que hacer una recomendación a quienes aún no conocen la obra de Ignacio Padilla, sería muy sencilla: lean la Micropedia. Léanla para expandir su mundo, para entenderlo y entenderse mejor, para aprender a imaginar la complejidad en un tiempo dominado por las ideas planas, la polarización, la intolerancia y las simplificaciones.
Y a quienes ya la han leído: vuelvan a ella. La Micropedia pertenece a esa rara clase de libros que se transforman con cada relectura. El asombro se renueva, la inteligencia se confirma y también esa carcajada privada e íntima que acompaña siempre a los grandes hallazgos literarios.
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[1] Adolfo Córdova: El físico cuéntico: Nacho Padilla, La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, octubre de 2016.
[2] David Marcial Pérez: Todos los monstruos de Ignacio Padilla, El País, 13 de diciembre de 2018.
[3] Ignacio Padilla: el accidente de la novela moderna, Revista Luvina, Universidad de Guadalajara, año 20, no. 84, otoño de 2016, pág. 22.


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