La literatura es, ante todo, un asunto personal. Una novela no es tanto del autor como del lector, una idea que no se puede generalizar, pero que quizás resulte oportuna para hablar de un tipo de libros que en los últimos años se están multiplicando en toda Europa —en especial, en Alemania—, y cuyos autores (normalmente autoras) nos llegan del lejano Oriente.
Es lo que se ha bautizado como healing fiction, término que me chirría, y si hay que poner etiquetas, prefiero la expresión japonesa Iyashi (consuelo, quizás alivio). No son tanto novelas de autoayuda como historias de personajes comunes, que se sienten (no todos lo saben) un poco perdidos o confundidos en su monótona cotidianidad. Los autores buscan acompañar, animar, consolar, tranquilizar y fortalecer al lector, abrazarlo en sus pequeñas vidas.
Este tipo de literatura procede de Japón (y Corea), cuya cultura se ha caracterizado por la sutileza y la sensibilidad hacia el detalle y lo cotidiano. Y si ha surgido —o tiene un éxito enorme— en estos últimos años es porque la sociedad japonesa, y la sociedad, en general, se encuentra en un estado alborotado y de crisis, producido por la confusión, la fatiga y una seria falta de futuros.
La prehistoria de este fenómeno podemos situarla en el 2010, cuando Banana Yoshimota, una autora conocida y reconocida en el mundo, publicó un preocupante artículo sobre la felicidad, en donde comentaba que Japón se encontraba sumido en una atmósfera de desconcierto y desasosiego; que sus habitantes, agotados mental y emocionalmente, habían perdido la esperanza (las esperanzas), y era el momento, por lo tanto, de cuestionarse qué significa la felicidad. Porque eso es a lo que hemos venido todos, a acercarnos a nuestra pequeña porción de felicidad.
Son muchos los autores y los libros de ficción Iyashi que se han publicado en España en los últimos años: Mis días en el café Torunka, de Satoshi Yagisawa; Te regalo un gato, de Syou Ishida, Los misterios de la taberna Kamogawa, de Hisashi Kashiwi; La librería de los viernes, de Sawako Natori; La pequeña floristería en Tokio, de Yukihisa Yamamoto… En fin, sirvan estos cinco títulos como muestra de un amplio catálogo que sigue creciendo, y que se acaba de enriquecer con la publicación de Mis lunes con aroma a matcha, de Michiko Aoyama, la autora a la que vamos a dedicar esta crónica, ya que nos hemos leído con cierta perplejidad (no estamos acostumbrados a este tipo de libros) los tres títulos que Planeta ha publicado en España con éxito, y seguirá con el resto de sus obras.
Michiko Oyama (nacida en 1970), reside en Yokohama, una gran ciudad pegada a Tokio; se graduó en Sociología; vivió varios años —dato relevante— en Australia, en donde hay una gran colonia de japoneses, y trabajó como reportera en un periódico escrito en japonés. Una vez que regresó a Tokio (en 1995) fue editora de revistas, pero no perdió su contacto con Sídney, ya que en la web de una revista australiana en japonés, Jarapelia, publicó las historias que darán lugar a su primer libro: Cacao de jueves o Jueves en el café bajo los cerezos, aquí traducido como Mis tardes en el pequeño Café Tokio.
Esta es —como el resto de sus obras— una novela por cortesía, como diría Borges. En realidad son doce historias que suceden en Tokio y en Sídney, pero que todas guardan relación con ese apartado café. En ellas se nos muestra (se nos cuenta) un momento de esas pequeñas vidas en las que todo puede cambiar (o no). Aquí el personaje que más se repite es Mako, que en una mesa escribe largas cartas a una amiga australiana que aún no conoce, mientras admira la seriedad con que prepara el chocolate caliente el camarero, un joven que se enamora de ella, pero no se lo dirá.
Esta obra tuvo tanto éxito en Japón que el editor le aconsejó que hiciera una especie de continuación, como es El café matcha de los lunes, traducido como Mis lunes con aroma a matcha. Aquí también son doce historias (una por cada mes del año) que empiezan en el mismo Café Marble del libro anterior, pero ahora los lunes ya no cierra sino que se dedica a servir un té matcha; y por el lugar pasan distintos personajes, algunos de los cuales viven en Kioto, por lo que parte de ellas suceden en la antigua capital del imperio. Hay que señalar que en ambos libros los personajes hablan en primera persona (me da la impresión de que todos se expresan igual), lo que permite al lector estar más cerca de ellos y sentir mejor sus pensamientos y temores.
Este segundo libro es como una ampliación del campo de batalla, aunque hay personajes que vuelven, alguno de ellos ligeramente transformados. Porque de eso trata la vida diaria: de aspirar a una pequeña felicidad en las pequeñas cosas o, más bien, en las que tenemos a mano y podemos alcanzar: la vendedora de lencería que aprende a tratar a los clientes, la joven que aspira a tener un novio discreto como su amiga, el anticuario que se esfuerza en su trabajo… Son historias agridulces (como el cacao, como el matcha), que nos emocionan por esa vida casi entre líneas, por sus modestas ambiciones, y por la intensa luz que les producen las mínimas victorias. En estas historias planea, se asoma, el confiar en uno mismo, el valor del esfuerzo o la importancia de los demás: crear vínculos que nos ayuden a transitar por el mundo, porque “desde el momento en que llegamos a este mundo, todos estamos conectados de un modo infinito”.
Entre ambos libros, Oyama publicó en España La biblioteca de los nuevos comienzos, cuyo título original podría ser Buscando algo en la biblioteca. En otros países se ha traducido como La señora Komachi recomienda un libro. De eso tratan estas cinco historias (más largas), de cinco personajes muy distintos que se encuentran perdidos o en un momento confuso o de tránsito, y esa bibliotecaria les recomienda un libro concreto para cada caso —a veces muy sorprendente— que tendrá la cualidad de hacerlos ver su entorno o su problema de otro modo. Porque los giros inesperados de la vida pueden ser nuevas oportunidades y una ocasión para cambiar, madurar o prepararnos mejor.
Michiko Aoyama sólo se dedica a escribir, pero suele trabajar parcialmente en una biblioteca, de ahí esa bibliotecaria que apenas interviene en la novela pero conoce bien los intereses de sus lectores y sabe lo que necesitan. Por infortunio, los libros que se recomiendan (uno infantil y varios mangas) no están traducidos al español, pero deben de ser referencia en Japón.
“¿Qué busca?”. Es la pregunta que le hace a esos personajes que sabe que necesitan de un pequeño empujón para cambiar la mirada, buscarse a sí mismos o coger confianza (aceptarse). En este tiempo en el que se han debilitado los lazos familiares y crece el aislamiento social (a pesar de las redes) Oyama nos recuerda la importancia de una comunidad cohesionada, donde los libros y el arte tienen su buen protagonismo
No recomiendo estos libros a los lectores aficionados a los thrillers, a la acción, a las aventuras o a la novela negra, porque no hay una trama dinámica que mantenga la tensión y la atención, y son historias sueltas de personajes comunes a los que no les pasa nada, nada más que la vida, esa vida irrelevante que tendemos a no ver, pero es la única que tenemos. Y aquí se habla, se duda, se reflexiona (pero no son pensamientos elevados), y se nos van mostrando el envés de esos pequeños personajes. De ahí lo que decíamos al principio, que una novela —una novela de este tipo— no es tanto del autor como del lector, de lo que nosotros, como lectores, queramos o sepamos interpretar, recoger o aplicar a nuestro caso.
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PS: Así como el término “Auschwitz” se ha convertido en comodín y hay “millones de novelas” con esa palabra en su título, en España el comodín para este tipo de ficción es “nuevos comienzos”. Y así tenemos —cito de memoria— La biblioteca de los nuevos comienzos, ya comentada en esta crónica, cuyo original es —dijimos— Buscando algo en la biblioteca; La pastelería de los nuevos comienzos, de Kuang Feng, traducción de algo así como Las pastelería de pastel de sol; y El pequeño café de los nuevos comienzos, de Julie Haworth, cuyo título original se aproxima suficiente: Nuevos comienzos en el Cosy Cat Café. Aún quedan opciones para más novelas con “nuevos comienzos” en su título. Estemos atentos.




Me ha encantado la buena descripción de la autora, su obra y lo que representan, y, como siempre, escrito con el lenguaje claro y “bello” (sin querer ser cursi) de JM Plaza. Gracias!
Como siempre que le leo, dan ganan de salir a buscar los libros de los que escribe