El puente de Otsindundua, un arco de piedra sobre el río Belagua, es una arquitectura vulgar pero eficaz. Un panel honra la memoria de los albañiles Joanes Beltrán y Pedro Pérez, porque en 1568 no construyeron un monumento pero sí una obra resistente, imprescindible para la vida de miles.
¿Por qué abrieron este camino, si va directo a la muralla de los Pirineos, a un circo rodeado por cumbres de dos mil metros? Porque estas montañas nunca fueron tanta frontera como se cree. Pastores, arrieros y tratantes de ganado superaban la cordillera paso a paso. Entre 1880 y 1935, cientos de mujeres jóvenes del Roncal, Ansó y Hecho cruzaban las montañas a pie en otoño para bajar a Francia y trabajar en las fábricas de alpargatas de Mauleón. Volvían vestidas de negro en primavera —por eso las llamaban golondrinas—, expuestas a la niebla las tormentas y los barrancos, cargadas con vajillas, cafeteras, telas y zapatos que habían comprado con sus sueldos, temerosas de los aduaneros.
A partir del portillo de Eraize se extiende el imponente laberinto de rocas calizas de Larra. En 1973 le metieron dinamita para extender la carretera asfaltada hasta el collado de la Piedra de San Martín. La destrucción de parte de ese paisaje afecta a la sensibilidad de nuestra época, pero no me atrevería a decir a aquellas golondrinas de hace un siglo que menuda pena de obra, menudo destrozo en el Pirineo. El tiempo, con sus transformaciones sociales, levanta barreras mucho mayores entre las personas que cualquier cordillera.


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