“El que elige ser diferente en un mundo homogeneizado lleva siempre consigo algo pecaminoso,
y su manera distinta de vestirse no es sino vestir el pecado”
Francisco Umbral
Introducción: breves apuntes sobre el dandismo
El diccionario de la RAE define dandi como “hombre que se distingue por su extremada elegancia y buenos modales”. La definición no está mal, aunque como toda definición se queda corta. Más inexactos, creemos, son los sinónimos que se asignan al dandi: presumido, coqueto, petimetre, figurín. Un dandi es algo mucho más complejo que la descripción superficial de su figura. Como todo fenómeno, guarda una cara interior, un quid, una latencia. En su temprano y maravilloso ensayo sobre Larra, titulado justamente Anatomía de un dandy, nuestro admirado Paco Umbral sostiene que el hombre que se fabrica una figura, cuidada o descuidada, está ejerciendo en sí mismo el magisterio de su inteligencia. Esta aseveración puede conectar directamente con el contexto epocal en que nace el dandismo, ya que sin dudas es un fenómeno decimonónico y, por tanto, el escenario vital en el cual la razón ocupa un lugar central en las coordenadas del saber. No obstante, creemos que el dandismo guarda otras razones de orden afectivo, existencial, sociológico —quizás por ello fue el sello de los escritores malditos—, y esos fundamentos son los que intentaremos auscultar en estas líneas introductorias.
En su temprano y lúcido ensayo sobre Larra, escribe Umbral:
“La elegancia masculina como fenómeno social es siempre una lección sin palabras, una anarquía sabiamente recortada por el metro y la tijera, una disconformidad, un voto en contra de la sociedad topificada, vestida en serie, ideologizada por procedimientos estándar” [2]
El dandismo es la asunción de una personalidad social, una máscara que lejos de ser la piedra de toque de la inautenticidad, es la manifestación de un yo. De la palabra “máscara” —πρόσωπον (prósopon) en griego— y que evoca la proyección amplificada de la propia voz, surge justamente el término “persona”, pues per-sonare significa “sonar a través de”. El dandi “resuena” a través de su figura, y en esa voz amplificada vehiculiza un doble juego de realización y frustración. Umbral sostiene que el núcleo de esa frustración radica en que el dandi, al ser soberano de su cabeza, al ejercer “el magisterio de su inteligencia”, cree que también puede elegir su cuerpo, y es justamente cuando éste cae en la cuenta que la carne la comparte con otros, que no se distingue la carne de un genio de la de un tonto; entonces no le queda otra opción que vestir su carne de un modo absolutamente distinto a como visten los otros la suya. Yo creo que la médula de su frustración es que el dandi, entre los ojos del mundo, aguarda un par de ojos que sean capaces de leer hondo aquello que es escándalo para la mayoría homogeneizada.
Se emparenta el dandi a la extrema elegancia, y es verdad, pero en tanto sello personal —cada uno forja su dandismo—, el descuido también puede ser una marca de distinción. Ello es así porque la esencia del dandismo no es la rigidez, sino el desafío.
Pivoteando sobre las tres figuras que hemos citado, podemos decir que el chaleco de seda de Larra, los botines blancos de piqué de Valle y las capas de Mansilla son la continuación de sus textos, es decir: un alfiler de oro en el cuello de Mariano José, un monóculo distinguido en el ojo inquisidor Lucio Victorio y hasta el brazo faltante que don Ramón María viste igual, como ninguno, son metáforas existenciales: se escribe con la pluma, se escribe con la ropa, se desafía con ambas.
Lo dijo Baudelaire, que fue el padre de todos, lo dijo en una línea que resume aquello que nos llevó la mitad de este artículo: “El dandismo es el último destello de heroísmo en las épocas de decadencia”
En los salones y en las tolderías, en la guerra y en el campo del honor: dandi siempre
Hay confluencias de sangre que son destinos. En nuestra historia nacional, por ejemplo, se dice que el general Juan Galo Lavalle —el “León de Riobamba”—, con un legajo militar de ciento cinco combates, descendía por línea materna del mismísimo Hernán Cortés. Quizás eso explique su valor aventurero y, a la par, la indomable amplitud de su ego. Su muerte y su responso de polvo y sangre adquieren dimensiones dramatúrgicas. Jorge Luis Borges, por su parte, provenía de un linaje paterno de origen inglés y literario. Ello se unía a sus ancestros maternos, criollos y guerreros, como su bisabuelo Isidoro Suárez, coronel del Ejército Argentino, que participó en las guerras de la independencia hispanoamericana. Esta confluencia alimentó su mito de origen, y quizás por eso Borges fue un escritor eclipsado por los duelos a cuchillo. Claro, como carecía del valor práctico que exige el combate, cada vez que en sus largas caminatas el suburbio real se le ponía espeso, volvía a refugiarse en la biblioteca de su padre.
Hay confluencias de sangre que son destinos, decíamos. Por ejemplo, el destino peculiar del hombre al que nos vamos a referir en estas líneas: nuestro admirado Lucio V. Mansilla. Hijo de Agustina Ortiz de Rosas, la mujer más bella de su tiempo, según las crónicas —hermana del Restaurador de las Leyes—, y de Lucio Norberto Mansilla, héroe de la gesta de Obligado, bastión histórico de nuestra soberanía. Retoño de tan noble prosapia, Lucio Victorio nació el 23 de diciembre de 1831 en una casona de 16 habitaciones, donde abundaba el aroma a espliego en los armarios y cuatro patios rebosantes de flores. Aquella casona edificada sobre los restos de lo que en tiempos de los españoles se llamó el “Presidio Viejo” hacía cruz con la Iglesia de San Juan en la intersección de las calles Tacuarí y Potosí (hoy Alsina), en el porteño barrio de Monserrat. Cuando por las noches el niño Lucio escamoteaba el sueño, el tío Tomás, un negro que se encargaba de sus cuidados, solía decirle: “Niño, ¿oyes esos gritos? Son las almas en pena de los que están en los calabozos, bajo tierra”. Lo llamaron Lucio, como su padre, y Victorio en honor a Santa Victoria, en cuyo día vio la luz. Escritor, periodista, militar, diplomático, viajero, duelista y dandi, la vida de Mansilla está jalonada de extravagantes estampas y episodios cinematográficos, desde enamorarse perdidamente de Pepita, una modista de sombreros, francesita de tan solo 16 años (él contaba con 17) e intentar fugarse a Montevideo en una ballenera, hasta viajar por Oriente y Europa un año después, subir a la pirámide de Keops, en Egipto, recorrer Calcuta y frecuentar los salones de París. Desde descubrir por hambre su vocación de escritor hasta ostentar un cargo jerárquico en la Guerra del Paraguay. Desde reunir a 18 hombres desarmados —entre ellos dos sacerdotes— e internarse pampa adentro rumbo a las tribus ranquelinas en Leubucó hasta escribir un tratado psicológico sobre su tío —don Juan Manuel de Rosas—, el hombre más importante de la política argentina del siglo XIX. Desde deslumbrar y enamorar al poeta Verlaine y tratar cercanamente a Eugenia de Montijo, cónyuge de Napoleón III, hasta batirse a duelo en varias oportunidades. En uno de esos duelos nos demoraremos unos instantes, en un duelo que no sabemos si fue el más resonante —por difamaciones a su familia Mansilla desafió a duelo a José Mármol, escritor de la novela Amalia, en el Teatro Nacional y frente a mil dosciendos varones—, pero sí el más trágico: su duelo con Pantaleón Gómez.
Pantaleón Gómez, como Mansilla, era un hombre de su tiempo. Dos años menor que Lucio, había abrazado la carrera militar, ascendiendo al grado de coronel de guardias nacionales. Participó en las batallas de Cepeda y Pavón y en las sangrientas jornadas del sitio de Curupaytí, el capítulo más cruento de la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay (que, bien mirada, podría llamarse “La Guerra de la Triple Infamia”). Presidió el Colegio de Escribanos de Buenos Aires y como periodista llegó a ostentar el cargo de director del periódico El Nacional.
Las semillas germinales del duelo Mansilla-Gómez se dieron en el marco de una polémica literaria pero que tocaba elementos personales de su peculiar dandismo. Lucio Mansilla, en sus columnas firmadas para El Pueblo Argentino, criticó irónicamente, en varias oportunidades, y quizás sin malicia, el estilo gramatical de su antiguo amigo Aristóbulo del Valle. Desde las páginas de El Nacional, periódico en que Del Valle era figura áurica, la réplica mordaz a Lucio Mansilla no se hizo esperar. La inauguración de una serie de columnas tituladas Ecos de Medio Siglo: Cosas de Lucio, se extienden desde el 13 de diciembre de 1879 hasta el 4 de febrero de 1880. El propósito de esas columnas era mostrar a Mansilla como un personaje cuya excentricidad estaba puesta al servicio de su propia frivolidad. Los ataques fueron in crescendo: su estética, su vestimenta, su infantilismo, la ligereza de sus ideas, etc. El autor de esas columnas —o al menos quien se hizo responsable de ellas— no era otro que el mismísimo Pantaleón Gómez. El detonante final fue una pregunta que El Nacional no debía formular: “Lucio, ¿qué se hizo del valor?”.
El 5 de febrero de 1880, desde su columna publicada en El Pueblo Argentino, Lucio V. Mansilla escribió: “Este deslenguado, a quien en mala hora honré alguna vez con mi amistad, es como los gatos que ensucian siempre en el mismo lugar y a los que se escarmienta refregándoles en su propia inmundicia”. No había tiempo para nada más: a los duelos escritos le sucedió el campo del honor. Aquel sábado 7 de febrero de 1880 a las 11 de la mañana Gómez y Mansilla se dieron cita en la Quinta del Doctor Méndez. El cielo estaba despejado y una suave brisa que venía del río apenas atemperaba la calurosa mañana. Los padrinos de Mansilla fueron los coroneles Uriburu y Godoy, y los de Gómez los coroneles Meyer y Lagos. Godoy midió las distancias y, espalda con espalda, Mansilla y Gómez caminaron diez pasos. Luego de dos intentos fallidos, llegó el momento de la tercera descarga, que fue simultánea. El disparo de Gómez pasó muy cerca de la oreja de Mansilla; dicen que se escuchó en ese preciso instante “yo no mato a un hombre de talento”, y fue lo último que sonó en los labios de Pantaleón Gómez. Lucio Mansilla apuntó al tercer botón de la chaqueta, y allí quedó la bala, cerca del corazón de Gómez, que murió instantáneamente. Cuentan las crónicas que Lucio lloró sobre el cuerpo yerto de su contendiente, que luego partió a Montevideo, que no hubo juicio por el hecho y que el fantasma de aquel hombre acompañó a Mansilla hasta el final de sus días, como lo cuenta Daniel Sorín en su hermosa novela El dandi argentino. Gómez fue un espectro en los sueños de Mansilla como lo fue Dorrego para Lavalle, luego de su cruento fusilamiento en los campos de Navarro y su tardío y desesperado éxodo hacia el norte.
En el revés de la seda se aloja siempre una herida en carne viva. En el rescoldo de la última braza encendida en el fogón de Leubucó, con la sombra del cacique Mariano Rosas desdibujándose en el horizonte, quedaron escritas entre las cenizas aquellas palabras que son toda una epifanía:
“Yo amo, sin embargo, el dolor y hasta el remordimiento, porque me devuelven la conciencia de mí mismo”.
Diego Chiaramoni para Zenda, agosto de 2026
[1] Los textos de Una excursión a los indios ranqueles comienzan a publicarse por entregas en el diario La Tribuna de los hermanos Varela durante los meses posteriores a la expedición, entre mayo y diciembre de 1870. Se recopilarán luego en un libro que será un clásico para la literatura argentina.
[2] F. Umbral. Larra. Anatomía de un dandy. Visor, Madrid, 1999: p. 84.


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