Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Jueves, 27 de agosto de 1936: Los jefes del PSOE
Desde que estaba en Madrid, Mijaíl Koltsov no oía más que maravillas de Largo Caballero. Se decía que todos los días subía al frente, enfundado en un mono, a animar a los combatientes, que lo adoraban. Las delegaciones de la UGT lo asediaban para invitarlo a dar charlas. Infatigable a sus sesenta y siete años, se le consideraba el auténtico líder de la revolución.
—Es un burócrata frío que hace el papel de fanático arrebatado, un liante que se finge metódico. Un hombre capaz de echarlo a perder todo porque considera que a su edad no tiene nada que perder. Es notorio que nuestras divergencias constituyen el meollo de la lucha en el Partido Socialista. Pero, pese a todo, posiblemente sea ahora mismo el único capaz de encabezar un nuevo Gobierno. Y aquí donde me ve, estoy dispuesto a formar parte de él, a sus órdenes. Siempre defendí que es al PSOE a quien corresponde dirigir la República.
Condicionado por aquella opinión, Koltsov se encontró el jueves con el propio Largo Caballero en la Casa del Pueblo de la calle Piamonte. En un pequeño despacho sindical lleno de archivos, tras una mesa, esperaba el ugetista con mono de trabajo y pistolón al cinto, curtido por viento y sol, y muy enérgico pese a la edad. Álvarez del Vayo se prestó a servir de intérprete y Caballero cargó contra el Gobierno.
—Explícale al compañero Koltsov que son una panda de ineptos que no ponen interés suficiente en aplastar la sublevación. Gente perezosa que todo lo hunde a cada paso. No escuchan nada, no tienen ni idea de la gravedad de la situación, y se esconden en sus gabinetes. Y peor: no representan a nadie. Los trabajadores se unen al margen del Gobierno en torno a los sindicatos. La milicia obrera no cree en el Gobierno ni en el Ministerio de la Guerra, donde no hay más que exgenerales monárquicos y oficiales de carrera, todos ellos traidores potenciales. Los milicianos no obedecen y, si la situación se prolonga, tomarán directamente el poder. Esto es una comedia, una vergüenza.
—¿Y por qué se demora tanto la transformación de las milicias en un Ejército regular?
—Porque el Gobierno prefiere alistar soldados y suboficiales de la reserva en vez de echar mano de los milicianos que defienden la República. Es un desdén a los sindicatos.
—Bueno. El propio Lenin prefirió en su momento un ejército en el que se mezclasen soldados, obreros y campesinos, a las caóticas milicias. La unión de mandos inferiores con los obreros hace estupendos ejércitos antifascistas. Por separado, surgen conflictos, y la experiencia en Rusia enseña que siempre conviene unificar…
—¡Bah! Es la obsesión de los comunistas. Lo queréis organizar todo, colocar jefes, poner etiquetas, números. José Díaz y la Pasionaria están en eso porque son jóvenes. Su prestigio lo deben no a su experiencia sino al éxito vuestro, el de los comunistas rusos. Pero al ayudar al Gobierno, alejan la revolución. Los partidos obreros debemos barrer a los funcionarios y pasar a formas de dirección nuevas y revolucionarias. Estamos preparados.
Koltsov prefirió callar. Le resultaba difícil entender tanto radicalismo en quien fue el delfín del reformista Pablo Iglesias, que había colaborado con la dictadura de Primo de Rivera. José Díaz y Dolores Ibárruri ya le habían prevenido de que al líder socialista era la revolución de Asturias lo que lo llevó a revisar su camino político, desengañándolo de los métodos tradicionales de la UGT. En todo caso, Koltsov percibía una frialdad creciente entre Largo Caballero y los comunistas.


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