Si hay una película que merezca el calificativo de bella, esa es, sin duda alguna, Mud, de Jeff Nichols, un verdadero poema sobre el amor, la adolescencia, la pérdida, la soledad y, en definitiva, sobre aquellos eternos veranos de nuestra infancia en los que creíamos que todos nuestros anhelos debían verse materializados. La obstinada realidad, lamentablemente, acaba imponiéndose de forma implacable y nos enseña, cuando aún somos niños, que los sueños rara vez se cumplen, porque, como ya sabemos, los sueños, sueños son.
Esta historia de amor imposible le sirve a Jeff Nichols—-el director estadounidense que mejor ha sabido captar el zeitgeist de la juventud, ya presente en algunas de las más icónicas películas de Francis Ford Coppola, como The Outsiders y Rumble Fish— para hablar de temas tan complejos y profundos como el amor idealizado y el tránsito de la infancia a la adolescencia. Ellis y Mud comparten cierta visión del mundo: ambos son recalcitrantes idealistas y ambos van a experimentar una transformación vital a partir de su encuentro. Veo en esta historia cierto espíritu quijotesco. Mud bien podría ser el Alonso Quijano que se despeña dando volteretas por los abruptos roquedales de Sierra Morena, “malferido” por la ausencia de su amada, la seráfica Dulcinea. Pues bien, algo de esto hay en Mud: McConaughey es un Quijote herido que ha idealizado a Juniper, la cual, tal vez, no llega a corresponderle como él imagina.
Es fácil identificarse con Mud, arquetipo del hombre romántico por excelencia, dispuesto siempre a dar su vida por conquistar el corazón de su bienamada Juniper. Al final, estamos en el mismo terreno de la archiconocida dicotomía quijotesca: el idealismo frente al crudo realismo. Ellis no entiende cómo estos amantes, Mud y Juniper, están condenados al fracaso; no logra comprender cómo este cruel mundo puede impedir el triunfo del amor verdadero. De su fortuito encuentro con Mud, Ellis saldrá transformado, para bien o para mal. A partir de ese inolvidable momento, sabrá que, por desgracia, los cuentos de hadas no existen más que en la imaginación.
Es curioso que Nichols ambiente el grueso de su historia en una isla, en una lancha decrépita, arrumbada, clara alegoría de la obsolescencia —llamémosla así— que sufren todos los personajes: almas errabundas, espectros que vagan entre las sombras de un mundo que ya no es el suyo.
Toda la película está impregnada de un desolador aroma a mundo perdido, a época pretérita, a un inasible horizonte de felicidad que se diluye como lágrimas en la lluvia; a un sueño amoroso apenas acariciado, levemente rozado, pero nunca alcanzado. Mud es el Caballero de la Triste Figura, símbolo del amante eterno condenado a un insoslayable y estrepitoso fracaso. Aun así, habida cuenta del férreo vínculo que ha establecido con Ellis, y a pesar de que su mundo se ha desmoronado como un lábil castillo de naipes, Mud no duda en jugarse el pellejo para salvar la vida de su joven camarada. ¡Cuánta belleza contiene el acto final de este desgarrador poema, cuánta belleza envuelve a la figura del perdedor! Mud se sitúa así en la estela del Eddie Felson de Paul Newman, del Alonso Quijano de Cervantes, del Robert Kincaid de Los puentes de Madison; en definitiva, en la estela de todos los fracasados que en el mundo han sido.
Mud encierra algo de Cuenta conmigo, de Rob Reiner: un tránsito de la infancia a la adolescencia. Nos hallamos ante una suerte de rito iniciático, un peculiar viaje de no retorno, pues, cuando Ellis descubre que no todos los enamoramientos acaban triunfando, sus ingenuas quimeras infantiles se transforman, como por ensalmo, en aleccionadoras enseñanzas sobre la cruda realidad.
Ellis y Neckbone simbolizan dos interesantes figuras filosóficas, ya que el director articula la mirada de estos personajes a partir de la convicción de que, en la infancia, todos necesitamos creer en algo sin que sea necesario comprenderlo. De hecho, las diferentes apariciones de Mud siempre resultan muy enigmáticas, de manera que ninguno de los dos chavales es capaz de saber si este hombre miente o dice la verdad. Es más, podría decirse que Jeff Nichols nos plantea la siguiente pregunta: ¿necesitamos creer siempre en algo, aunque sepamos que nos estamos engañando a nosotros mismos?
A lo largo del metraje descubriremos que Mud no dice toda la verdad y que idealiza hasta lo patológico su relación con Juniper, quien lo utiliza a modo de interesado ángel custodio cuando no tiene otra alternativa y carece de escapatoria. Quizá el verdadero protagonista no sea Mud, sino el impetuoso Ellis, porque, en definitiva, el filme tal vez no sea más que una suerte de relato bildungsroman, una forja del carácter: este soñador e intrépido adolescente descubre que el amor puede llegar a ser, simultáneamente, verdadero y finito; bello y doloroso.
Estamos, pues, ante una triste pérdida de la inocencia infantil, una “desidealización” de la platónica idea del amor romántico. Concluyamos con unas reveladoras líneas de mi admirado Javier Marías: en los enamoramientos “queremos ver la mano del destino en lo que no es más que una rifa de pueblo cuando ya agoniza el verano”.




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