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5 de septiembre de 1936: El señor Bowers en Hendaya

5 de septiembre de 1936: El señor Bowers en Hendaya

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Sábado 5 de septiembre de 1936: El señor Bowers en Hendaya

El hotel Euskalduna, frente al mar, en la playa de Hendaya, tenía vistas desde sus ventanas a la vecina población de Irún. La villa estaba a punto de caer, tras varios días de bombardeos a los que se podía asistir desde la distancia, como si fueran fuegos artificiales.

Hacía un par de semanas que el hotel se llenaba de diplomáticos y corresponsales de guerra. Todos se cruzaban en la recepción donde sonaba día y noche el teléfono. Algunos embajadores se habían instalado cómodamente en los confortables sillones de la cafetería. Bebían cócteles sofisticados en medio de un ambiente de luz tenue. Cuando cruzaron la frontera los embajadores de Inglaterra y Francia, se llevaron tras de sí a jefes de otras misiones. Entre ellos al norteamericano Claude Bowers, a quien la sublevación pilló en Fuenterrabía. Todos se reunían por la tarde para intercambiar noticias.

—Sobre todo, las manos —exclamó Bowers—. No pueden figurarse qué efecto me hicieron las manos de Azaña cuando lo vi en palacio. ¡Tan blancas, desmayadas sobre las piernas o caídas a lo largo del cuerpo! Estaba palidísimo, la mirada rendida. Si ese es el presidente, ¿cómo estarán los demás?

—Y eso que en Madrid han caído cuatro bombas…

"Los últimos resistentes republicanos agotaban en Irún sus escasas municiones, a sabiendas de que sus familias abandonaban las casas y se dirigían a la frontera. Decenas de mujeres, niños y ancianos cargaban como podían con los enseres"

—Sí, pero está claro que no respetarán a nadie. La equivocación más garrafal de la República ha sido prescindir de los militares. La disolución de unidades del Ejército y las ejecuciones de oficiales a la mínima sospecha de los milicianos o la tropa da mala prensa al Gobierno. Es normal que muchos oficiales se unan al bando sublevado. En el caso de la Armada, las consecuencias se han visto en la inoperancia de la flota para impedir el cruce del Estrecho al Ejército de África. La mayor parte de los buques sigue bajo control gubernamental, pero sin oficiales los barcos valen poco.

—Pues yo pienso que ha mejorado la convivencia entre militares y milicianos —observó el embajador británico—. Pero a juzgar por lo visto en Irún, no diré que la situación pinte bien para la Republica. ¡Pensar que al principio nos dijeron que el golpe iba a durar unos pocos días!

Claude Bowers asintió. Él todavía recordaba su entrevista con el conde de Romanones, en Fuenterrabía, cuando el conde explicó que el Alzamiento duraría cuatro o cinco días: «Todo ha sido planeado perfectamente, se ejecutará con rapidez». Lo comentó con su habitual sonrisa pícara y los embajadores que veraneaban en las playas de San Sebastián informaron a sus gobiernos de que la guerra terminaría, como mucho, en un mes. Pero ya estaba claro que el vaticinio de Romanones estaba lejos de cumplirse. Durante días, los diplomáticos se preocuparon de que las banderas de sus países ondeasen bien visibles en sus villas y palacetes y, al empezar la batalla de Irún, cruzaron la frontera.

—En mi país preocupa la llegada del embajador soviético a Madrid —indicó Bowers—. Es la primera vez desde la caída del régimen zarista en 1917.

—¿Y qué puede hacer la República? ¿Esperar a que Francia les venda armas? Francia ha cortado el suministro. Al Gobierno de París le aterroriza la idea de una guerra con Alemania. Necesita a Inglaterra. Y en Londres no ven con malos ojos que España se debilite con el conflicto o incluso se rompa en dos. Y sobre todo no les gusta el clima revolucionario instaurado en la República. O llega de Moscú la ayuda que necesita Azaña, o no llegará. Ya puede no gustarle a Azaña Rosenberg, que es ahora mismo es su único aliado.

Mientras los embajadores discutían, sentados en cómodos sofás, los últimos resistentes republicanos agotaban en Irún sus escasas municiones, a sabiendas de que sus familias abandonaban las casas y se dirigían a la frontera. Desde las ventanas del hotel se vio cómo decenas de mujeres, niños y ancianos cargaban como podían con los enseres, cacerolas, gallinas y colchones de sus hogares destruidos.

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