Viernes, 4 de septiembre de 1936: El hotel Florida
Ayer estuve con las tropas republicanas en Talavera —dijo Koltsov—. Fue una desbandada en toda regla. Con gente así, sin ninguna preparación militar, la guerra está perdida.
—Bueno —Koltsov los miró de reojo—. A lo mejor había algún caza de la escuadrilla Malraux apoyando a las tropas. Pero no basta. La aviación ayuda, pero es en tierra donde se ganan o pierden las plazas, y los fascistas ahora son superiores. Los milicianos tienen corazón, pero están mal entrenados. Ayer, camaradas, según me retiraba de Talavera vi a María Teresa León, la mujer de Alberti, corriendo con una pistolita de un fugitivo a otro, exhortándolos entre lágrimas a volver al frente. El propio Líster no dejaba de echar pestes de quienes escapaban del frente en autobuses. Pero ¿sabéis por qué hemos perdido Talavera?
—¿Por qué? —preguntó la Pasionaria. Era la única mujer del local.
Estaban en la barra del hotel Florida, en la plaza de Callao. Tomaban la primera copa de la noche. Aquel era el local más internacional y revolucionario de Madrid. Era donde se alojaban los corresponsales extranjeros y aviadores e ingenieros de la escuadrilla internacional de Malraux. A estos se les reconocía por sus cazadoras de cuero y las parabellums en fundas de madera colgadas al cinto. Ahora mismo ocupaban varias mesas. Cada noche había allí gentes que entraban y salían para juntarse con los extranjeros. A los aviadores profesionales se les veía poco. El resto, según sus críticos, aventureros y mercenarios, se pasaba el día en el bar, echando peste contra sus aparatos, unos cascajos, y contra el país de locos que era España. Con ellos se juntaban traficantes de alcohol y armas, fotógrafos, reporteros o espías. Muchos esperaban a que al atardecer apareciesen por la Gran Vía las primeras prostitutas.
—Porque los milicianos aún no están acostumbrados a luchar en campo abierto. Pelean al amparo de casas o resguardados detrás de unas peñas, pero en un combate en medio de la llanura se sienten indefensos y les gana el miedo. Tanto miedo había en Talavera que Líster ha tenido que hacer fusilar a dos comandantes que huían.
Ambos dirigentes comunistas asintieron. Todos respetaban a Koltsov. Sobre él planeaba esa aureola de ser hombre de Stalin. Tenía comunicación directa con Moscú y estaba al tanto de cuáles eran las directrices del Partido Comunista soviético.
—Lo peor es lo de Toledo. No se puede permitir que ese maldito Alcázar siga en pie, con toda la prensa internacional pendiente. Se ha convertido en un símbolo. Hay que demolerlo.
—Nos confirman que van para allá dinamiteros asturianos. Pretenden volar el edificio —dijo la Pasionaria—. Pero los hombres de Moscardó están como poseídos, y no se rinden.
—Malditos fascistas —masculló Koltsov. Vació de un trago su vodka. Empezaba a sentir la cabeza pesada, y decidió retirarse a su habitación. Llevaba varios días sin dormir.


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