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13 de septiembre de 1936: José Antonio en Alicante

13 de septiembre de 1936: José Antonio en Alicante

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Domingo, 13 de septiembre de 1936: José Antonio en Alicante

La última vez que pudo visitarlos, en otoño del 36, Jay Allen los describió, a José Antonio Primo de Rivera y a su hermano Miguel, en la entrevista que publicó en The Chicago Tribune, como dos hombres jóvenes, morenos, de buen aspecto, vestidos con pantalón blanco algo sucio, camisa de cuello abierto, alpargatas raídas. Esa imagen contrasta con el falangista vestido orgullosamente con mono azul brillante, cabeza erguida, manos a la espalda y mirada desafiante, tal como se había retratado a José Antonio en la cárcel Modelo. Varios meses habían pasado entre una y otra estampa, y entremedias la situación de los Primo de Rivera había cambiado ostensiblemente.

Incomunicados desde agosto, sin correspondencia ni prensa, José Antonio y Miguel comentaban las pocas noticias que les llegaban a través de los guardias o de otros presos durante la hora de ejercicio que hacían en el patio cada mañana. Allí se juntaban, a pleno sol, inquietos, indagando incesantemente sobre la marcha de la guerra.

—La cosa no puede ir mal, José Antonio. Si nos mantienen incomunicados es porque no se ha agotado la sublevación. Si no, nos habríamos enterado.

—¿Qué les oíste anoche a los presos que acaban de llegar?

"Dicen que los falangistas saben que estamos aquí. Están fraguando planes para liberarnos. Hay que estar preparados"

Las últimas personas en visitarlos habían sido Carmen Primo de Rivera, Margarita Larios y la tía «Ma», en julio. Como desde entonces no tenían otra información de lo que sucedía fuera, los hermanos aguzaban los oídos intentando escuchar a los presos que llegaban nuevos. Por uno supieron lo de la quema y fusilamientos de la Cárcel Modelo a finales de agosto. El incidente fue muy sonado. Los nombres de los fusilados, empezando por Melquíades Álvarez, Ruiz de Alda y su hermano Fernando, se habían publicado en los diarios. Sabiendo quienes eran los dos prisioneros especiales, no había sido difícil para los demás hacerles llegar la información. Aquello afectó mucho al estado de ánimo de los Primo de Rivera, quienes hacían todo tipo de cábalas sobre su futuro. Por una parte, José Antonio se preparaba para el juicio que entendía inminente, y al mismo tiempo para una posible fuga.

—Dicen que los falangistas saben que estamos aquí, José Antonio. Que Manuel Hedilla, en Valladolid, ha asumido la jefatura interina de Falange. Están fraguando planes para liberarnos. Hay que estar preparados.

—Lo estamos, no podemos hacer más de lo que hacemos, Miguel.

Verbigracia: mantenerse en forma con su hora diaria de ejercicio, corriendo, jugando al balón en el patio de la cárcel, haciendo ejercicios de gimnasia cada cual en su celda, de noche y de madrugada.

—También dicen que han caído San Sebastián y Talavera de la Reina. Que Mola está atascado en la sierra, pero que las tropas de Franco están a las puertas de Madrid y que debate entre liberar el Alcázar o hacer caer la capital.

—Tiene que rendir Madrid. Así caerá el resto.

—Si eso es así, dentro de poco podrían estar aquí y liberarnos.

—El problema, según se acerquen, es que corremos el riesgo de que nos fusilen —murmuró José Antonio, preocupado. Y calló, porque no quería que los oyera el guardia, uno de los más veteranos e inflexibles, que se les acercaba.

—¿Sabes quién está al frente de la Legión, en Extremadura? —continuó Miguel, cuando se alejó el carcelero—. Juanito Yagüe.

José Antonio asintió complacido. Yagüe era un camisa vieja, el primero de los militares que se sacó el carné de Falange. Uno de sus principales enlaces con el Ejército. A José Antonio, a diferencia de Franco, Yagüe le cayó bien desde el principio. Lo mismo que Mola, a quien consideraba, dentro de España, lo que más se parecía a un general alemán.

—Siempre me dio buena espina ese hombre, Miguel —dijo.

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