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Rodrigo Cortés: “Me obligo a ser plenamente libre cuando escribo”

Rodrigo Cortés: “Me obligo a ser plenamente libre cuando escribo”

Rodrigo Cortés tiene cierta afición por encerrar a la gente. A Ryan Reynolds lo metió en un ataúd en Buried y ahora, dieciséis años después, ha encerrado a una niña en una habitación sin ventanas, dentro de un lugar llamado Gabaón, que tampoco existe, y que después de leer Hija del cielo (Random House) una juraría haber visitado. Hay monjas, sacerdotes, un mar al fondo y un Hombre Guapo que quizá sea el diablo, quizá no exista o quizá sea algo bastante peor. Cortés, naturalmente, no piensa aclararlo. A él le interesan más las preguntas que las respuestas, los personajes cuando ya no tienen escapatoria y esa zona incómoda en la que la razón empieza a quedarse sin argumentos. Cortés construye la novela sobre esa incertidumbre y, sobre todo, sobre dos voces: la del narrador y la lengua silvestre, limitada y progresivamente dislocada de la niña.

De todo eso hablamos. También de libertad, de miedo, de literatura y de por qué disfruta tanto encerrando a sus criaturas. Aunque, como él mismo advierte, el problema lo tienen ellas.

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—Mientras leía Hija del cielo no podía dejar de pensar en tu película Buried (Enterrado, 2010). Han pasado dieciséis años, pero vuelves a colocar a un personaje solo, encerrado y con muy pocos recursos. ¿También tú viste ese parentesco?

"Hija del cielo no es una novela de género ni una historia de fugas"

—Es verdad que tiendo a cerrar personajes en sitios, casi sin darme cuenta. Pero aquí no hubo una decisión consciente. Hija del cielo no es una novela de género ni una historia de fugas. Nuestra niña ni siquiera tiene una voluntad particular de escapar de esa habitación. Como mucho, quiere que la pasen a otra o que le dejen ver el mar un rato y después volver. No estamos ante un thriller desbocado contra el espacio y contra el tiempo.

—Entonces el verdadero encierro no es físico.

—Estamos condenados a conocer el mundo únicamente a través de nuestra propia conciencia. O, en una novela, de la conciencia de los personajes. Y esta niña no permite respuestas cómodas porque no se siente víctima de nada. No se queja. La relación del lector con ella va cambiando: a veces siente compasión, otras veces se asusta, otras querría salvarla y la mayor parte del tiempo probablemente no querría quedarse a solas con ella. Y todas esas cosas pueden ser ciertas simultáneamente.

—Una de las grandes rarezas de la novela es precisamente su voz. Cuenta cosas espantosas con la misma naturalidad con la que podría contar qué ha desayunado. Y habla mal. Se equivoca, repite, desordena la sintaxis…

"No conoce la palabra, pero ha conseguido explicarte perfectamente qué significa"

—Porque no es una niña ilustrada ni educada, aunque percibimos una inteligencia natural muy desarrollada. Es capaz de expresar fenómenos sutiles y complejos con un vocabulario muy limitado. Como haría un niño inteligente que no conoce la palabra «decepción» pero te dice: «Eso es como cuando te hace mucha ilusión una cosa y luego no pasa». No conoce la palabra, pero ha conseguido explicarte perfectamente qué significa.

—Y esa lengua va deteriorándose.

—Para escribir a la niña tenía que darme mucha libertad. Permitir que se saliera de la vía de servicio, que regresara cuando quisiera, que fuera reiterativa, que explicara cinco veces lo mismo, como hacen los niños, o que volviera a contarte algo como si jamás te lo hubiera contado. Su sintaxis es dislocada y se va deshaciendo conforme avanza la novela y conforme ella misma se va deshaciendo. La sintaxis construye al personaje.

—Hay otra obsesión que atraviesa tu cine y tu literatura. En tu película Luces rojas (2012) nos preguntábamos si lo sobrenatural existe o si necesitamos creer que existe. En Hija del cielo vuelves a ese territorio: sacerdotes, monjas, una posible posesión, el Hombre Guapo… ¿Sigues interesado en esa frontera entre la fe, la sugestión, el engaño y aquello que no sabemos explicar?

—Lo que le sucede a la niña puede interpretarse desde muchos puntos de vista, y la novela los permite todos. No sabemos si está endemoniada, si está enferma, si es víctima de algo o si es una mentirosa. Y no vamos a saberlo. La novela no contesta.

—¿Porque contestar destruiría el misterio?

"Cuando una cosa puede significar veinte cosas y tú la reduces a una, estás matando diecinueve"

—Cuando una cosa puede significar veinte cosas y tú la reduces a una, estás matando diecinueve. Si permites que conserve su ambigüedad y abrazas el misterio, consigues que, como sucede en la poesía, las cosas resulten resonantes y ambivalentes. Probablemente la única respuesta verdadera sea la suma de todas.

—Hay dos miedos muy antiguos en Hija del cielo. Uno es el de ser enterrado vivo, que ya estaba en Buried. El otro quizá sea peor: descubrir que dentro de nosotros vive alguien que no somos nosotros. ¿Cuál te interesa más?

—El enterramiento en vida es un miedo cerebral que, afortunadamente, en términos estadísticos se produce muy pocas veces. El miedo a estar habitados por muchas voces es prácticamente una certeza humana de la que hay que partir. No somos exactamente el mismo a las diez de la mañana que a las tres de la tarde o a las ocho de la noche.

—Pero aquí hay algo más diabólico. Más Jekyll y Hyde: el miedo a que ese otro que llevamos dentro termine dominándonos.

"El hábito nos convierte en ciegos funcionales"

—Sí, aunque muchas veces la fantasía lo que hace es abordar fenómenos reales con ropajes que permiten hacerlos más perceptibles. Hija del cielo no es una novela fantástica ni una novela de género y, a la vez, está muy poco interesada en las leyes de la física. No para contradecir la verdad, sino para intentar expresarla de una manera todavía audible. El hábito nos convierte en ciegos funcionales. A veces, para conseguir que alguien escuche, es mejor decirle las cosas cantando o saltando sobre una sola pierna.

—También vuelvo a Blackwood: muchachas encerradas en una institución apartada del mundo. ¿El aislamiento te permite observar mejor al ser humano?

—Probablemente. Muchas veces elijo el cerebro de alguien, me meto dentro de él y lo aíslo del entorno, sometiéndolo a fuerzas que lo exceden. Eso lo desnuda y le obliga a reaccionar. Y a mí me permite desmenuzarlo y observar su comportamiento casi como un entomólogo.

—Pero sin juzgarlo.

—Nunca hay un juicio sobre lo observado. Pero tampoco quiero que ese despiece sea frío. Quiero que afecte física y emocionalmente, que provoque reacciones con las que después tengas que lidiar como buenamente puedas.

—En Escape sucede casi lo contrario: alguien que no quiere ser libre, sino encerrarse. Aquí tenemos una niña a la que otros deciden encerrar. Salir de una habitación, librarse de quienes deciden por nosotros, impedir que alguien entre en nuestra cabeza… ¿La libertad es, en el fondo, una obsesión de Rodrigo Cortés?

"Para mí la libertad está indisolublemente asociada a la responsabilidad"

—Para mí la libertad está indisolublemente asociada a la responsabilidad. Ser libre significa estar dispuesto a asumir las consecuencias de aquello que decides hacer libremente. Si no viene acompañada de responsabilidad, no es libertad. Es capricho o apetencia.

—¿Y escribiendo eres libre?

—Me obligo a ser plenamente libre.

—O sea, tú te sientes libre encerrando a la gente.

—El problema lo tienen ellos. (Risas)

—¿Tus personajes se te van de las manos o los tienes perfectamente controlados?

"Yo no practico la escritura automática, no entro en trance y despierto dos horas después para descubrir lo que he escrito"

—Las dos cosas son ciertas. Yo no practico la escritura automática, no entro en trance y despierto dos horas después para descubrir lo que he escrito. Que no sepa lo que voy a hacer no significa que no sepa lo que estoy haciendo. Voy descubriendo al personaje, y ese personaje adquiere particularidades psicológicas, textura humana, y por tanto ya no puede hacer cualquier cosa.

—Pero decides tú.

—Naturalmente. No voy a entrar en la mistificación de la creación. El personaje hará finalmente lo que yo decida que haga, pero dentro de una panoplia finita de posibilidades. Hay cosas que caben en él y cosas que no. A veces le permites hacer algo que tú jamás harías, o incluso algo que sabes que puede meterte en problemas como autor, y lo aceptas deportivamente porque resulta interesante ver si eres capaz de modelar esa energía contraintuitiva a la que acabas de dar permiso para existir.

—Hablemos del Hombre Guapo. Es uno de los grandes hallazgos del libro y, al mismo tiempo, quizá su personaje más incómodo. ¿Qué es?

—No tengo ni idea. Ni siquiera sé si existe. No sé si la niña se lo está inventando.

—Eso no se lo cree nadie.

—Yo sospecho que no, porque se expresa de una manera que excede las capacidades de la niña. Pero tampoco lo sé. No tengo pruebas.

—La novela, de hecho, evita cuidadosamente algunas palabras: «diablo», «exorcismo»…

—Sí. No hay identificaciones precisas. Se trabaja a través de resonancias. Hay un momento en el gran diálogo entre el padre Alén y el Hombre Guapo en que este pasa dos o tres páginas definiéndose mediante epítetos. Algunos pueden percibirse como positivos, otros como negativos, diabólicos, filosóficos o lúcidos. No te lo pone fácil.

—Porque tampoco es exactamente la encarnación del Mal.

"En todos los personajes escuchas cosas que te interesan y cosas que te asustan"

—No creo demasiado en esas fuerzas maniqueas. Si el padre Alén encarnara el Bien y todo lo que dijera fuese razonable, creador y positivo, mientras el Hombre Guapo encarnara el Mal y todo cuanto dijera fuese destructivo, sería muy poco interesante. Nunca funciona así. En todos los personajes escuchas cosas que te interesan y cosas que te asustan. Ninguno encarna un arquetipo puro. El Hombre Guapo tampoco.

—Y frente a tanta incertidumbre está Gabaón. Un territorio inventado que termina pareciendo extrañamente tangible: el colegio, los pasillos, las fragas, el cortado, la playa, el mar. ¿Necesitabas que el lector pudiera tocarlo?

—Si vas a describir un lugar, tienes que ser capaz de invocarlo. Dotarlo de sensorialidad. Amo la palabra y creo que cualquier cosa que se haga en literatura se levanta y se sostiene sobre el propio lenguaje. La tangibilidad también se construye desde el lenguaje.

—Es decir, que Gabaón no existe, pero tiene que oler.

—Exactamente. Lo que imaginas intentas dotarlo de tridimensionalidad, darle olor y tacto. Que el lector se sienta físicamente afectado por lo que lee, que sienta el peso del aire, su densidad, cómo cambia con las estaciones. Y eso se consigue mediante la evocación, la sonoridad y la musicalidad de las palabras.

—¿Por qué Gabaón? Es un nombre bíblico y parece imposible pensar que en una novela como esta esté elegido inocentemente.

—Porque suena bien. Tiene una resonancia primaria, claro, pero fundamentalmente suena bien.

—Última pregunta. Rodrigo Cortés, director de cine, ¿rodaría Hija del cielo?

"Como mínimo hay algo de ella que podría trasladarse al cine. Habría que renunciar a muchos pasajes y transformar otros"

—Me he planteado si sería posible. Como mínimo hay algo de ella que podría trasladarse al cine. Habría que renunciar a muchos pasajes y transformar otros mediante armas distintas. Pero sí imagino, por ejemplo, al padre Alén paseando por la playa con el padre Salcedo, el gran diálogo entre Alén y el Hombre Guapo, partes del rito o algunas conversaciones con la madre Adriana. Ahí hay escenas cinematográficas de mucho calado, con buenos actores.

—Entonces hay película.

—No lo sé. Tengo la sensación de que ya he contado esta historia y, si voy a dedicar dos años de mi vida a algo, quizá prefiera que sea otra cosa.

—¿Ni siquiera si aparece un millonario japonés con seis millones para adaptarla?

—Si ya está todo financiado y me dice que tengo un año… entonces a lo mejor me lo pensaría.

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