La periodista y escritora Marta San Miguel (Santander, 1981), autora de la celebrada novela Antes del salto, regresa con Última escala (Libros del Asteroide), un libro inclasificable y hermoso que rescata la figura de Enrique Granados. A medio camino entre la biografía, la memoria, la crónica y la reflexión sobre el arte, San Miguel reconstruye la vida del músico catalán y el misterio de aquella muerte legendaria en el Canal de la Mancha junto a su esposa Amparo. El resultado es un homenaje a la música, a la memoria y a la capacidad del arte para sobrevivir al tiempo.
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—¿Qué fue lo primero que te sorprendió de Enrique Granados?
—La delicadeza. Una delicadeza contundente. Yo tenía trece o catorce años cuando escuché por primera vez una pieza suya en casa. Había crecido rodeada de música clásica, pero aquello era distinto. Levanté la cabeza. Había algo en aquel sonido que me resultaba familiar sin haberlo escuchado nunca. Como una canción que alguien te hubiera cantado en la cuna. Abrí el libreto del disco, leí la biografía de Granados y descubrí cómo había terminado su vida. Recuerdo que aquello me dolió. Entonces no entendía por qué. Ahora sí. Creo que este libro nace de aquella herida. De la necesidad de devolverle cuerpo y voz a aquel hombre que sonaba en el salón de mi casa.
—Has esperado muchos años para escribir esta historia. ¿Por qué?
—Porque no estaba preparada. Cuando conocí a Granados era una adolescente. Después fui periodista. Más tarde novelista. Necesitaba aprender a escribir para poder contar esta historia como merecía ser contada. La llevaba conmigo desde siempre, pero no era consciente de la importancia que tenía hasta muchos años después. Cuando terminé mi primera novela y mi editor, Luis Solano, me preguntó qué quería escribir a continuación, comprendí que había llegado el momento.
—La memoria tiene un papel central en el libro.
—Para mí es un territorio fundamental. En Antes del salto hablaba de la memoria familiar. Aquí me interesaba más la memoria colectiva. Qué hacemos con aquello que heredamos. Qué ha hecho España con la música de Granados. Qué hicieron sus hijos con el legado de su padre. Qué hacemos nosotros con nuestros muertos y con nuestros artistas.
—El agua aparece desde la primera página hasta la última.
—Sí. De hecho, la última palabra del libro es “agua”. Era la única condición que puse a la editorial: quería una cubierta azul. El agua está en todas partes. Aprendemos a escuchar dentro del líquido amniótico. La música son ondas. El agua también. Y Granados tenía una relación muy profunda con ella porque representaba todos sus miedos. Era un hombre lleno de temores. Hipocondríaco, inseguro, lleno de dudas. Y sin embargo, fue capaz de alcanzar la cima.
—¿Qué te fascina de esa contradicción?
—Que a pesar de todo lo consiguió. Granados tuvo una cantidad increíble de obstáculos. Problemas económicos, inseguridades, enfermedades, dificultades profesionales. Todo parecía estar en su contra. Y aun así escribió una música extraordinaria. Mi gran pregunta es siempre la misma: ¿qué habría pasado si no hubiera muerto tan pronto? ¿Hasta dónde habría llegado? ¿Qué música tendríamos hoy si aquel submarino alemán no se hubiera cruzado en su camino?
—¿Por qué apareces tú dentro del libro?
—Porque entendí que lo interesante no era solamente quién fue Granados, sino qué provocaba en mí descubrirlo. Cuando conocemos la historia de otra persona, algo se activa dentro de nosotros. Yo quería compartir esa experiencia de fascinación. El lector acompaña mi propio descubrimiento de Granados. No aparezco como personaje; aparezco como mirada.
—¿Quién era realmente Enrique Granados?
—Un hombre lleno de miedo y lleno de belleza. Era un poeta. Lo era en la música, pero también en la manera de amar, de ser padre, de mirar el mundo. Tenía algo infantil y algo profundamente adulto. Dudaba constantemente de sí mismo y, al mismo tiempo, poseía un talento inmenso. Por eso me interesa tanto. Porque detrás del genio encontramos a una persona de carne y hueso.
—En el libro tienen mucha importancia las mujeres de su vida.
—Porque fueron fundamentales. No puedo entender a Granados sin su madre, Enriqueta, que luchó para que pudiera estudiar música cuando nadie creía que aquello tuviera futuro. Y tampoco puedo entenderlo sin Amparo. Ella sostuvo económicamente la casa, organizó la familia, mantuvo el equilibrio. Fue el ancla de Granados. Sin Amparo probablemente no existiría la mitad de la obra que hoy admiramos.
—¿Crees que Granados estaba enamorado de su mujer hasta el final?
—Sin ninguna duda. Hay muchas leyendas alrededor de su vida sentimental, pero yo solo he trabajado con documentación contrastada. Y lo que muestran los documentos es que Amparo era el centro de su vida. Al final lo demostró de la forma más radical posible: cuando ella cayó al agua, él se lanzó detrás aunque no sabía nadar.
—Tu formación periodística se nota mucho en el libro.
—Absolutamente. Lo que me ha dado el periodismo es rigor. He trabajado siempre igual, fuera una rueda de prensa de barrio o una entrevista a un presidente del Gobierno. No quería inventar a Granados. Quería encontrarlo. Todo lo que aparece en el libro está documentado. Todas las escenas. Todas las fechas. Todas las cartas. Incluso los episodios que parecen inverosímiles.
—¿Cómo fue la investigación?
—Apasionante. Pasé meses en archivos, bibliotecas y hemerotecas. Trabajé en el Museo de la Música de Barcelona, en la Biblioteca de Cataluña, en la Fundación Juan March. Recorrí Barcelona siguiendo sus pasos. También viajé a París para localizar la casa donde vivió durante su estancia como estudiante. Y fui a Tenerife para reconstruir algunos episodios de su infancia. Hubo momentos en los que tenía delante miles de documentos y no sabía por dónde empezar. Ahí empezó realmente el trabajo literario.
—¿Qué te ha enseñado Granados?
—Que no dejó de creer en sí mismo. Vivimos en una época obsesionada con la mejor versión de uno mismo. Granados demuestra algo mucho más importante: que incluso cuando todo parece ir mal, el talento puede abrirse camino. Lo admirable no es que triunfara. Lo admirable es que nunca dejó de intentarlo.
—¿El artista nace o se hace?
—Las dos cosas. Creo que tiene que existir una predisposición natural, una sensibilidad especial. Pero el talento sin esfuerzo no sirve para nada. Granados trabajó muchísimo. Y por eso llegó donde llegó.
—Después de convivir tanto tiempo con él, ¿qué imagen te queda?
—La de un hombre imperfecto. Y precisamente por eso, profundamente humano. Tenía dudas, miedos, contradicciones, inseguridades. A veces podía resultar agotador. Pero también era cariñoso, generoso, juguetón con sus hijos, capaz de crear momentos de felicidad absoluta. Por eso me gusta. Porque no es una estatua. Es una persona. Y quizá por eso, más de un siglo después, sigue emocionándonos.




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