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Álvaro Colomer: “Me interesaba reivindicar una cierta virilidad de la ternura”

Álvaro Colomer: “Me interesaba reivindicar una cierta virilidad de la ternura”

Foto de portada: Marta Calvo

En el pequeño ensayo In vitro: Una historia cultural de la destrucción de las mujeres (Debate) Álvaro Colomer, filósofo y escritor, parte de una experiencia profundamente íntima (el intento de concebir junto a su mujer) para acabar construyendo casi una historia cultural de la reproducción y del control sobre el cuerpo femenino.

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—¿En qué momento comprendiste que aquella vivencia personal ya no era sólo un problema privado?

—Creo que lo comprendí diez años después. Mientras lo vivía era simplemente un problema de pareja, una experiencia muy dolorosa y muy concreta. Pero hubo algo que siguió vibrando en mi cabeza. No sólo la dificultad para tener hijos, sino el descubrimiento de que el cuerpo de la mujer, dentro de todo aquel proceso, se convierte en un territorio administrado por la ciencia. Cuando atravesamos la puerta de una clínica de fertilidad entramos en algo mucho más grande que nuestra biografía. Empecé a comprender que formábamos parte de una historia larguísima sobre la reproducción, la técnica y el deseo humano de controlar la vida. Ahí dejó de ser una historia privada.

—El libro comienza en una clínica de fertilidad, pero enseguida aparecen Miguel Ángel, Pigmalión, Zeus, Descartes o Mary Shelley. ¿Por qué necesitaste acudir a los mitos y a la historia cultural para hablar de algo tan físico y contemporáneo como la fecundación in vitro?

"Cuando me enfrento a algo que me desborda emocionalmente tiendo a buscar respuestas en la cultura"

—Porque creo que era mi manera de entender lo que estaba viendo. Y también, si soy sincero, mi manera de esconderme. Yo soy licenciado en Filosofía y cuando me enfrento a algo que me desborda emocionalmente tiendo a buscar respuestas en la cultura. Veía a mi mujer sometida a procedimientos médicos muy invasivos y me preguntaba: ¿cómo se explica esto dentro de la historia de las ideas? Tiré del hilo y aparecieron Pigmalión, los autómatas, Frankenstein, Zeus pariendo por la cabeza. Descubrí que la obsesión por crear vida sin mujeres está presente en nuestra cultura desde hace milenios. Lo contemporáneo era la clínica; la pregunta era antiquísima.

Foto: Jeosm

—Planteas una idea incómoda: que los hombres llevan siglos intentando apropiarse simbólicamente de la maternidad. ¿La tecnología reproductiva moderna es un avance médico o también una nueva forma de colonización del cuerpo femenino?

—Es ambas cosas. Sería absurdo negar que la reproducción asistida ha permitido formar familias a miles de personas. Pero también sería ingenuo ignorar que existe una vieja pulsión cultural masculina que sueña con independizarse del cuerpo de la mujer. Yo creo que la dominación empieza el día en que el hombre descubre que el hijo también es suyo y decide que quiere controlar el proceso que lo produce. Desde entonces toda la historia de la técnica puede leerse, en parte, como un intento de acercarse a ese poder extraordinario que poseen las mujeres: crear vida.

—Hay algo muy poco habitual en un escritor hombre hablando de fertilidad: vulnerabilidad, impotencia, incluso desconcierto. ¿Crees que los hombres siguen sin saber narrar honestamente su relación con la paternidad y el deseo de tener hijos?

"En una clínica de fertilidad el hombre descubre algo muy incómodo: que es completamente prescindible"

—Sí, creo que seguimos teniendo dificultades. Durante siglos hemos contado la historia de Aquiles y muy pocas veces la de Héctor. Nos sentimos cómodos hablando de conquistas, de guerras, de aventuras, pero mucho menos de la fragilidad. En una clínica de fertilidad el hombre descubre algo muy incómodo: que es completamente prescindible. Todo ocurre alrededor del cuerpo de la mujer. Tú estás allí, sentado en una esquina, intentando no molestar. Y esa sensación de inutilidad, de impotencia en el sentido más literal de la palabra, apenas se ha contado.

—En el libro se mezcla la ironía con momentos muy dolorosos. ¿El humor fue una forma de defensa emocional mientras escribías?

—Sin ninguna duda. El humor es una forma de supervivencia. Hay situaciones objetivamente dolorosas que resultan también absurdas. El hombre pasa meses sintiéndose irrelevante y, de repente, toda su contribución al proceso consiste en dos donaciones de semen. Es imposible no ver ahí una dimensión cómica. El humor me permitía soportar el dolor y también evitar la autocompasión. No quería escribir un libro lacrimógeno.

Foto: Jeosm

—Durante años la literatura masculina habló de guerras, viajes, alcohol o sexo como grandes territorios épicos. ¿Es hoy la sala de espera de una clínica de fertilidad un nuevo escenario literario?

—Sí, porque creo que ahí también hay épica. Una épica distinta. Estamos acostumbrados a pensar que el heroísmo sólo existe donde hay espadas, disparos o aventuras. Pero acompañar a una persona que deseas y verla atravesar todo ese proceso también exige coraje. Me interesaba reivindicar una cierta virilidad de la ternura. El hombre que cuida, que espera, que acompaña y que acepta que no puede controlar lo que ocurre también tiene algo de héroe.

—La reproducción asistida suele presentarse como progreso científico y esperanza, pero en tu libro también aparece cierta deshumanización médica, casi industrial. ¿Hasta qué punto la maternidad contemporánea se ha tecnificado?

"La técnica funciona como una especie de escudo"

—La fecundación in vitro es un proceso extremadamente técnico. Y creo que los médicos necesitan que sea así. Si no fueran tan fríos, si no se protegieran detrás del protocolo y la maquinaria, probablemente todo sería insoportable. Yo percibía esa frialdad y al mismo tiempo la agradecía. Porque estaban trabajando precisamente en uno de los territorios más íntimos y emocionales de la existencia humana. La técnica funciona como una especie de escudo.

—¿Por qué cree que el miedo a no poder tener hijos sigue siendo, incluso hoy, uno de los grandes tabúes silenciosos de las parejas?

—Porque afecta a algo muy profundo. Curiosamente hablamos mucho de maternidad, pero hablamos muy poco de la no maternidad y de la no paternidad. Hay una enorme literatura sobre mujeres que no tienen hijos, pero muy poca sobre hombres que tampoco los tienen o que no pueden tenerlos. Parece que la sociedad acepta con naturalidad que un hombre viva sin hijos, cuando en realidad también puede existir ahí un drama enorme. Creo que es un territorio emocional que todavía está muy poco explorado.

—Se ha hablado mucho de la teatralización del oficio de escritor. ¿Con In vitro sentiste que ya no podía esconderse detrás de ningún personaje literario?

"En este libro hay más exposición personal que en ningún otro que haya escrito. Y eso me resultó bastante incómodo"

—Sí y no. Hay mucha autoficción en el libro. No soy exactamente yo, pero me parezco muchísimo. Durante gran parte de la escritura me refugié detrás de Kierkegaard, Rousseau, Hoffmann o Mary Shelley. Hasta que un día me dije: “Álvaro, deja de esconderte”. La cultura es maravillosa, pero también puede convertirse en un escondite. En este libro hay más exposición personal que en ningún otro que haya escrito. Y eso me resultó bastante incómodo.

—El libro parece hablar también de algo más amplio: el viejo deseo humano de crear vida y desafiar los límites naturales. ¿La reproducción asistida nos acerca más a la compasión o más al sueño prometeico de jugar a ser dioses?

—Creo que nos acerca al sueño prometeico. Y no lo digo necesariamente como una crítica. La historia humana consiste precisamente en eso: en desafiar límites. Pero Prometeo no nos regaló la felicidad, nos regaló el fuego. Y el fuego trae progreso, pero también problemas nuevos. Si algún día la reproducción es completamente extrauterina, si los seres humanos nacen en laboratorios, surgirán conflictos que hoy ni siquiera imaginamos. Habrá más libertad, probablemente, pero también más complejidad, más incertidumbre y más desarraigo. Esa es la condición humana: cada avance resuelve un problema y crea tres nuevos.

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